11-03-2010, EL MUNDO  | ver otros artículos

La Gran Vía

La Comunidad de Madrid, ese chico triste y avizor que es Gallardón, se propone «blindar» la Gran Vía, es decir, darle un cierto carácter sagrado y confortable a lo que fue la calle de la modernidad de Madrid, eje internacional sobre el que giran cuatro millones de habitantes, paseo universal del sari y la adolescencia pelona, del turismo y la prostitución, todo bajo el beneficio de unas fachadas con balconcillos, muy años 20, y pérgolas del cielo donde parece que van a bailar Ginger Rogers y Fred Astaire de un momento a otro, porque debajo hay un cine. En la Gran Vía, Madrid pegó el estirón cuando los twenties, con Palacios de la Prensa y de la Música donde efectivamente se hacía prensa y música, más aquellos escenarios perfumados y bizantinos de los grandes estrenos, Broadway madrileño donde todavía gusta Almodóvar de presentar sus películas. En las terrazas del Palacio de la Prensa tenían estudio Pancho Cossío, Zataraín, etc. Y en un piso estaba La Codorniz, redacción apretada donde Álvaro de Laiglesia, en tarde de sol fuera y luz eléctrica dentro, me devolvió dos originales «porque yo no valía». Con los años pagó la falta de ojo, cuando quiso que le salvase La Codorniz, que se le había quedado vieja de franquismo y antifranquismo, que vienen a ser la misma cosa con el tiempo. Edificios de un esbeltismo razonable, la girándula peligrosa de Callao y los chaperos que allí, al atardecer, se abrevan de crepúsculo cinematográfico mientras van llegando los viejos lamerones y todas aquellas carrozonas que ya se han muerto (incluso la palabra). Metro de Callao, Gran Vía en blanco y negro, grito subterráneo de la ciudad, otra humanidad a pie de página, y un colgado inmóvil, pordiosero, con un gato en el hombro, también esculturizado, y que es el que se lleva las propinas. Siempre que paso me tienta la idea de comprar ese gato. Aquel arranque que pintó Antonio López es ahora, más arriba, la Red de San Luis que rebrota, el minué fluvial de los automóviles, un cruce de saloon y medio siglo, con estatuas cubistas en el cielo, y una mitología de siglas y de Bancos que es como volver al siglo XX, el arroz a la cubana, la conquista de Madrid, los caballos locos de Pasapoga y la cerveza caliente del negro zumbón, más aquel olor a plátano frito que le diera náusea a nuestra hambre. Gallardón, que es joven, ve como monumental y alejandrina esta Gran Vía que quiere salvar, Pompeya torrefacta del siglo XX, jamás calle peatonal por el empuje de su cauce, la urgencia de su trazado y la flor difunta de sus putas. Enhorabuena al muchacho que mira ya el siglo XX con la grandiosidad modesta y creciente que le da el tiempo. Allí están poniendo su estudio Campano y otros artistas. Para llegar a algo en Madrid hay que empezar en la Gran Vía, y he aquí que de pronto la gran calle, airón de cines y rascacielos, es ya clásica e intocable, sucesión de templos como casinos agrarios. Lo más sensible del político debe ser el sentido del tiempo. No se puede mandar en nombre de la historia sin una cierta sensibilidad para la Historia. Gallardón parece que la tiene. Esta columna de Francisco Umbral se publicó en EL MUNDO en la sección Los placeres y los días el 14 de febrero de 2001.

Fdo. Francisco Umbral

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