13-03-2010, EL MUNDO  | ver otros artículos

«La provincia ayuda al novelista»

Está simpático, embarnecido, vallisoletanísimo. Uno diría que Delibes, en Valladolid, se aburre cubierto de gloria. Y de nietos. Cuando le dan un homenaje no va. Tiene los ojos cansados (sin gafas), enterados y bondadosos. Hay un cansancio óptico que se cura yendo al oculista. Pero hay un cansancio de la mirada que no es cuestión de dioptrías, y es el que veo yo en los ojos de Miguel. El cansancio de vivir y ver volver, que sólo se aclara hasta lo azul con una buena noticia, con una gracia oportuna, con una risa o una idea. De tanto andar con perros tiene una mirada de perro nobilísimo, de perro godo nunca perro judío, una mirada que se descuelga y como desfallece, pero que luego vuelve llena de ponientes castellanos, biografía y lucidez. No fuma ni caza, de modo que, perdidos sus hábitos más personales, se nos pierde un poco él mismo.Consistimos en lo que hacemos. Miguel era más Delibes con una escopeta y un cigarrillo. Ahora se ha quedado en un señor correcto, alto (Delibes ha crecido), siempre como de gabardina o cazadora de lo mismo, cordial, liberal, desconcertante de tan sencillo. El único escritor sin pose de escritor que he conocido en mi vida.- Manda cosas al Norte, Paco, que tú escribes bien.- Pero es que pagáis poco, Miguel.- Somos pobres, Paco. Somos un periódico pobre.Y me daban veinte duros por artículo (al principio gratis).- A Ruano, en Madrid, le dan 10.000 por artículo.- No digo que tú no seas Ruano, Pacorris, pero nosotros somos pobres.Corrían mediados los 50. Valladolid era una ciudad de tedio y plateresco. Una ciudad que adoro, que ha sido mi Macondo, mi Balbec, mi Rouan, y me ha dado algunos de mis libros más presentables o «que no me deshonran», como diría Borges. Sólo que Valladolid no existe. Lo han llenado de fábricas y semáforos, de un estilo Arizona, todo, que se cruza incoherente con el viejo estilo castellano, plateresco, barroco, gótico bajo o alto, románico. Por eso Miguel ya pasea poco su ciudad y se va al pueblo con los nietos, o se va al campo a ver cómo cazan y fuman los demás, o se viene a Madrid a la Academia.- Mira, Paco, en esto de la escritura hay dos niveles, el periodístico y el literario.Me estaba queriendo decir finamente que yo era demasiado literario para el periódico, o sea, pedante. Un gran consejo con el que hice lo que con sus primeros veinte duros: lo acepté pero lo malversé. Lleva uno 35 años llenando los periódicos de literatura y parece que no me ha ido mal.Miguel Delibes desnoventayochiza Castilla. El 98, Unamuno, Azorín y Machado mayormente, habían inventado una Castilla literaria, mística, pura y sola, triste y grande, clara y madre. Delibes, un realista sin flecos, nos libró de toda esa literatura y en sus libros está la Castilla real, con sus hombres, sus pasiones y su paisaje. Eso no es sólo una denuncia. Esto es una revolución literaria, una subversión. Un éxito.1947. Más o menos. Le dan a Miguel el premio Nadal por una primera novela que no era muy suya, naturalmente, pero prometía. A mí me gusta más la primera parte, algo proustiana:- Los críticos dijeron que eras un proustiano, Miguel.- Por entonces no había leído a Marcel Proust. Y todavía no lo domino.Le hice una biografía de 100 páginas y se escandalizó de que diera en ella nuestro epistolario (yo ya vivía en Madrid). «Me has dejado en calzoncillos». Siempre ha sido así: sencillo y nada exhibicionista. La biografía se la dediqué a su mujer, Ángeles, que, según él ha contado en algún libro, siempre me defendía cuando discutían de mí (tampoco creo que él me atacase mucho: quizá mis novias). Tiene una prosa castellana aprendida en el campo más que en los libros, tomada al oído, llena de olores y sabores y retamas de los caminos. Yo a veces lo leo por la prosa más que por la novela en sí.Fatigadas las vanguardias, cansados de sí los ismos, la joven novela española vuelve a los relatos a la manera tradicional, y aquí es cuando Miguel Delibes recupera su nunca perdido magisterio de hacedor de novelas. Tras sus primeros intentos, clasicismo malogrado o narrativismo lírico de El camino, Delibes se plantea la novela como un sistema de correspondencias donde unas cosas están en función de las otras y la novela/objeto, completa en sí misma, cerrada, se erige como modelo del escritor vallisoletano, al margen de planteamientos éticos ajenos a nuestro urgente análisis.En La hoja roja, la relación jubilado/criada es de un geometrismo impecable que sólo se quiebra, no sé si oportunamente, por un suceso de periódico. Dos seres de distinta escala social, señor y criada, dialogan y dialogan. Esta dialéctica de clases es lo más iluminador y conseguido de la novela.El burgués y la chica del pueblo son dos perdedores, él por la edad y el abandono, ella por el origen. Y se entienden muy bien. Quiere decirse que el diálogo burguesía/pueblo es artificial, producto de la cultura, un diálogo desigual donde siempre sale perdiendo el pueblo. Sólo en las postrimerías de una vida, cuando el señor declina, ambas clases sociales llegan a entenderse, porque el traje social ha caído y ya se trata sólo de dos seres humanos desnudos de futuro: la edad en él, la miseria en ella.La simetría que consigue Delibes en esta novela, simetría entre los opuestos, supone una estructura dialéctica y argumental grave, de la que viene la solidez y tensión de todo el libro. Ésa es la viga maestra de la novela, antes que la crónica costumbrista de los últimos días de un jubilado.Quiero decir que esta simetría no hubiera sido posible sin el poder delibiano de los lenguajes. El viejo maneja un culturalismo antiguo y resabiado, el de su clase, mientras que ella aporta la lozanía de su giro popular. Delibes principia enfrentando ambos argots de clase y acaba armonizándolos sabiamente. A eso es a lo que yo llamo estilo. Un escritor sin estilo no es un escritor.Delibes es un novelista absoluto porque tiene una voz propia, lo cual supone tener muchas voces, la de cada uno de los personajes, más la del narrador. No he visto nunca subrayado este carácter de diálogo entre dos que es el cigüeñal imprescindible de toda obra de Delibes. Así, Cinco horas con Mario, donde el escritor, al fin, hace expreso el carácter dialogante/monologante de sus novelas (ya Diario de un cazador era un enhechizante monólogo). De Delibes se han dicho muchas cosas buenas, pero nunca se ha dicho, a mi entender, que sus mejores novelas están concebidas como un largo diálogo entre contrarios.En Cinco horas con Mario la esposa dialoga con el difunto. Se equivocan todos los que han visto esta novela como un genial monólogo. Es un genial diálogo. Lo sabemos quienes hemos estado casados muchos años, como Delibes y yo. Si alguna virtud tiene el matrimonio (al que le veo pocas), es que transforma el monólogo del solitario en diálogo, y da igual que el esposo esté vivo o muerto, o la esposa. Así, Cinco horas con Mario es un diálogo asombroso y madrugador y tardío entre dos esposos, sin que importe demasiado el que uno de ellos esté muerto, lo cual no hace sino añadir teatralidad al asunto, que inevitablemente terminaría en el teatro.Otro largo diálogo como el de La hoja roja. Aquí la diferencia no es de clase, sino de postura existencial. Ella está viva y él está muerto. A través de esa mujer, cuyo nombre no recuerdo, ni creo que importe, habla la vida, la ansiedad, el afán, la hermosa urgencia de vivir. A través del muerto, en flashback, habla ya la muerte, habló siempre, en las palabras austeras, tristes y puritanas de Mario. El propio Delibes me confesó una vez que al cabo de los años había comprendido que quien tenía razón era ella, la voz de la vida y no la voz pálida de la muerte. Si aquí hay explicaciones autobiográficas es cosa que no interesa al analista.Y vamos con el último y grandioso diálogo de Miguel Delibes: el de Los santos inocentes. Se trata del diálogo entre el señorito y el criado. Aquí no hay, como en La hoja roja, un encuentro terminal del burgués con la criada popular, sino un encuentro/desencuentro del señor feudalfascista con el criado servil. Es una relación de crueldad, dominio, explotación y desprecio que el humillado sostiene como herencia de la estructura paleocapitalista que es España. Pero otro humillado desvía sus inevitables sueños poéticos (el hombre no puede vivir sin lirismo, y esto no lo ha entendido ningún sociólogo) hacia una milana fascinadora que en definitiva no es sino un pájaro feo y fiel.Este criado mata al señor no por las muchas humillaciones de las que no es consciente (inercia histórica), sino por un impulso lírico: el señor ha matado a la milana. Así se cierra la más grandiosa dialéctica poder/humillación de la narrativa de Miguel Delibes. Debemos evitar la emoción sentimental y acogernos a la emoción estética, literaria, de una dialéctica simétrica, racional y absolutamente sostenida.Me ha dado muchas lecciones literarias en esta vida, así como al caer, sin magisterio ni docencia:- Mira, Paco, en la provincia se ven las vidas redondas. Se ve a una persona nacer y morir. Esto ayuda mucho al novelista para redondear sus ciclos.Tiempo más tarde he comprendido que tenía razón. Los libros sobre la provincia siempre salen más completos, más cerrados, más cuadrados, más circulares. El escritor tiene que echar raíces en algún sitio. El escritor tiene que ser «el andarín de su órbita», por decirlo con Juan Ramón Jiménez. Se acota un espacio y se recorre interminablemente. Se profundiza en él. Es el Jefferson de Faulkner, el Saint-Germain de Proust, La Mancha de Cervantes, la Italia de Stendhal, el Macondo de García Márquez, como ya hemos dicho. Lo contrario, el escritor cosmopolita, como Hemingway o Paul Morand, que de un viaje hace una novela, acaba fabricando una literatura turística, que se llevó mucho en los años 20, pero que se ha quedado en literatura de época.Hay actualmente en la literatura española, verso y prosa, un neoprovincianismo del que yo espero mucho, y que parece perfectamente compatible con el cosmopolitismo de Mañas y otros modernos.Delibes, fiel a sí mismo, no ha ensayado modos ni modas, salvo una novela de vanguardia que era una burla de la vanguardia. Delibes se diferencia de los realistas al uso en que escribe muy bien.Y construye, coño, construye. Durante un año que estuve entero en la cama, con vértigos y muerte, riberas del Manzanares, siempre me llegó el pequeño sueldo de colaborador de su periódico. El día que le envié el primer artículo, después de más de 12 meses largos, me mandó un telegrama: «Qué bien y pronto has reconstruido tu cabeza. Stop. Abrazos Miguel».Es un godo duro, germánico, de una elegancia involuntaria, a lo Gary Cooper. Una vez me contó que en su pueblo de adopción tardía, Sedano, Burgos, en invierno tenía que ir a comprar el pan con tractor, por la nieve. Cuando lo vio escrito, le asustó haber dicho una cosa tan literaria y aseguró que él no había dicho eso, que no era para tanto (lo de la nieve). Le inquieta que hagan literatura con su persona y personaje. Tuvo unos años de histeria aviónica, que es como llamo yo al miedo al avión, al miedo a volar (en el sentido de Erika Jong y en todos). Entre el valium y Ángeles se le iba pasando.También tuvo mucho miedo, después del primer gran éxito/Nadal, a no saber continuar, y de hecho tiene una segunda novela que me parece sigue sin gustarle. A mí es la que más me gusta.Cuando escribí el libro de mi madre:- Quién supiera escribir cosas tan bellas sobre la propia madre, Paco.En alguna novela me saca con pseudónimo. Es un socarrón de pueblo, un socarrado de burla agraria, y cuando se fue a Nueva York a escribir un libro sobre la gran ciudad, me preguntaba qué tono debiera adoptar él en ese libro. Claro, no es lo mismo escribir de Manhattan que de Medina de Rioseco.- Tú eres el paleto que llega a USA, Miguel. Adopta la visión del paleto.Así lo hizo y me dedicó el libro en letra impresa. La clave de un castellano rural ante USA tiene que ser el pasmo. Yo es que no veía a Miguel haciendo metáforas de los rascacielos como Paul Morand. El otro día he estado un rato con él en Valladolid, en la media tarde cereal y soleada, samainiana. Hace un año también estuve. Valladolid en primavera todavía tiene una luz de trigo y Samain, unos atardeceres llenos de eso que Jorge Guillén, el poeta local/universal, llamaba «tardanza». La tardanza del cielo o del paisaje. En esa tardanza vive Miguel, en ese tiempo natural, dormido, empozado de crepúsculos.- Otra novela, Miguel.- Me he jubilado, Pacorris.

Fdo. Francisco Umbral

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