14-04-2007, EL MUNDO  | ver otros artículos

'Los toros' de Cossío

Lo cual que iba yo algunas tardes, algunas noches, a la Ballena Alegre del Lyon para alternar un poco con aquellos señores de condición plural, porque entonces uno vivía de curiosear cafés y famosos. Allí es donde salían las amistades y las entrevistas. Allí conocí personalmente a don José María de Cossío, que venía del magisterio de Ortega y Marañón a través de Espasa Calpe. Don José María aún no había arrancado con la idea de Los toros. Era un escritor que no escribía sino que andaba buscando la idea genial para llenar su vida y vivir de la literatura. Mi noción de la familia Cossío venía de don Paco Cossío, que escribía él solo por toda la familia, artículos incesantes, conferencias en Valladolid y provincias que eran muy escuchadas, pues don Paco tenía el toque esencial de la conferencia improvisada, inventada, dicha en una voz acariciante e irónica que está en sus novelas, en sus memorias, en sus artículos, en sus críticas de teatro y en su biografía temblorosa, Manolo, del hijo que la guerra le mató en seguida, creo recordar que en Quijorna y para siempre. José María vivió sustentado por dos ángeles sabios -él, que era el ángel gordo- Ortega y Marañón, como ya hemos dicho. Es como si su gran libro, su diccionario taurino, se lo hubieran escrito los dos grandes maestros. En el mundo del Lyon alterné mayormente con Melchor Fernández Almagro, con Díaz-Cañabate, con jóvenes poetas que ya son viejos y con otros que se quedaban en la barra diciéndose sus poemas unos a otros como en una confesión laica. José María de Cossío tenía la tertulia del almuerzo en Valentín, casi a diario, y por allí caía yo con susto de mí mismo, como si yo fuera un caballero andante ataviado con el hierro forjado de la escalera. Entre plato y plato, a Cossío le gustaba cantar zarzuela: «Agua que no has de beber, déjala correr, déjala, déjala». Algunas noches también coincidíamos en Valentín porque el solterón Cossío vivía en la calle y alguna vez le oí lo que luego oiría también a un cómico: «Hay que reconocer que como fuera de casa no se está en ninguna parte». Pero Cossío iba ya ganando páginas de su obra inmortal y españolísima. En este sempiterno y admirable diccionario, Cossío se encontraba de pronto con Miguel Hernández y otros que sabían de toros, como Valle-Inclán, que veía la fiesta como un teatro insólito, griego y heroico. A mí me repescó don José María en el Ateneo, cuando le hicieron presidente de la Casa. Me encerró en la Cacharrería a escribir la primera página de mi Giocondo, y allí estuve toda una tarde. Merendamos juntos en la Cacharrería y yo me sentía un torerillo incipiente cruzado de poeta taurino. Me contó muchas cosas de Los toros, que era su gran libro en marcha, histórico y vividero. Así sale ahora, siempre inédito y original. Coleccionista nato, Cossío condenaba a una página a todo autor nuevo que le interesase. Yo apostaría a que el último fue Cela o uno mismo. Los Cossío son una saga. José María hizo de la saga la gran muralla china con alamares.

Fdo. Francisco Umbral

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