02-05-2007, EL MUNDO  | ver otros artículos

Monarquías

Nos contaba cierto escritor con alardes monárquicos, César González-Ruano, que, estando él en el exilio durante la Guerra, coincidió en el mismo hotel de Roma que ocupaba don Alfonso XIII. Y procuraba este escritor, aristocratizante y monarquizante, forzar tan milagrosa coincidencia para hablarle al rey una vez más y recordarle sus derechos de ciudadano con escudo que España le negaba a distancia: - Mire usted, el problema no reside en que usted no sea marqués. El problema reside en que yo no soy rey de España. Con esta respuesta original, rauda y decisiva, Alfonso XIII roboraba su fama de ingenioso, de buen conversador y su soltura de clave madrileña. Entre los Borbones abunda ese ingenio, que en el caso de Don Juan Carlos, digamos, ha madurado la técnica de la frase y hoy domina una fraseología incesante y siempre viva. Así, la Corona hace buenas parejas con la clase media, o sea los Rocasolano, es decir, la familia de la Princesa Letizia. Su boda con la bella reportera era algo que se veía venir porque sólo un cheli podía asimilar el casticismo ilustrado de una reportera tan hermosa. Y sólo una reina griega podía entender que Doña Sofía se enamorase de un casta chamberilero. Porque por debajo de las ojivas de la nobleza corre agua de las bodegas rebajadas con vino tinto. Estos contactos furtivos de la compradora castiza se completan con una bastardía que llevaba Alfonso XIII como si hubiese inventado una monarquía para él solo, monarquía que pensaba hacer democracia desde el bar romano y el escritor que se ha dicho. Una de cal y otra de arena, como dirían los propios Borbones. Todo lo cronificaba Agustín de Foxá, conde de lo mismo, mientras el rey en huida cogía su último tranvía madrileño. - Esta tarde Alfonso ha hecho muy buenos pájaros- se decían entre sí los cortesanos. En efecto, la voz que hacía cerrar el Parlamento, se había crecido cantando sus tantos y sus pájaros. Un general, Primo de Rivera, era el hacedor de aquella paz en la que nadie creía. En el cine del barrio ponían Dónde vas Alfonso XII. El romance de la reina Mercedes saturaba la tarde de melancolías, Alfonso XII volvía de los toros, Julián Gayarre cantaba en el Real y la revolución oscurecía la soledad de la reina Mercedes. Ahora, a la vista de unas elecciones que son las más reñidas, pajareras y feas de una España asustada, Alfonso XIII, ya lo hemos dicho, busca el ilustrado refugio de Italia para llevarse la democracia de España, lo cual que se lleva España consigo. Se lo había dicho a González-Ruano: «Lo malo, César, es que yo no soy rey de España». Han teni- do que pasar muchas películas, muchos artículos de Foxá, muchos pájaros ya heridos, muchas tranviarias, muchos generales, para que reencontremos la clave de España y el Rey nos dé la mano sabiendo a quién se la da. Esto de ahora se resuelve en cuatro palabras, pero no diremos que Franco lo resolvió en cuatro tiros. Efectivamente, se llevaba la monarquía consigo, pero nada más. Era una manera gentil de no llevarse nada.

Fdo. Francisco Umbral

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