04-05-2007, EL MUNDO  | ver otros artículos

Sartorius

Recuerdo a Nicolás Sartorius, años 70, en el café de Oriente, explicando al grupo de Triunfo el proyecto venidero de su gran obra política, que según supimos luego, era el sindicalismo renovado, superador de los sindicatos de los años últimos y caducos del XIX. Entre la prosa escueta, impersonal y casi cruel, de tan exigente, se le escapó una frase más humanizada: «Ésta es y será la obra de mi vida». Efectivamente, el intelectual Sartorius, el aristócrata Sartorius, sustentaba su manera de estar y de ser en una elegancia adusta y en una propuesta política que iba a cambiar la Historia de un país proletarizado como España. Ahora, tanto tiempo más tarde, sabemos que Sartorius no se había desvanecido en un elegante retiro. La obra de que nos habló había estado siempre en marcha haciendo la crónica de su otra obra: el moderno sindicalismo de una democracia avanzada y pobre, sí, pero más pobre de apariencia y método que de realidades en el mundo del trabajo. El final de la dictadura es quizá lo más ambicioso y logrado que se ha escrito en todos estos años como levantando acta de lo que pasaba en la calle, pero también dejando fe del mayor ímpetu social aportado por estos dos maestros: Nicolás Sartorius y Alberto Sabio. Por aquellos finales del siglo XX era muy europeo, quiero decir muy audaz, el empeño de intelectuales y aristócratas, como los que cito, mayormente franceses e italianos. Aquí tuvimos, casi en una selecta clandestinidad, a Sartorius, a Sabio, a Tamames y otros. Este libro que comento recién llegado es el más literario de todos y de todo, como lo son sus autores. Recuerdo el gran retrato de Carlos Marx que tenía Tamames en su estudio, pero también recuerdo los zapatos de Carmen, las charlas de Sartorius, etcétera. Esta aparición de cerebros notables era menos difundida que otras de futbolistas o actores, pero en ella estaba el germen de una revolución obrera que nunca dejó de obrar. La peripecia fundamental de Sartorius fue la nomenclatura y articulado de un sindicalismo puramente obrero, Comisiones Obreras, que tenía al aristócrata en el café y a los capitanes de empresa en la cárcel, Marcelino Camacho, Nicolás Redondo y otros. Pero entre el café y la celda, entre la prosa y el mitin nunca se perdió la comunicación, que llegaría a tomar otros matices, siempre crecederos y superadores del sindicalismo de gestión, que ahora, en este mayo en que escribimos, está volviendo lamentablemente para envejecer las estructuras de un trabajo racionalizado. Pero un día, en una verbena intelectual y periodística, el realizador cinematográfico, Carlos Saura, proponía a Camacho y señora la clásica foto del revés, que consistía en cambiarse la ropa dentro del matrimonio. Y el matrimonio lo pensó y no se hicieron la foto porque no le veían contenido matrimonial ni político. Evidentemente, con aquel sindicalismo no se podía contar. Pero se contó y han llegado hasta ahora, cuando Méndez y Fidalgo no tienen inconveniente en cambiarse entre ellos. Lo único que nos queda, en este mayo de aniversario, es un sindicalismo gestor que sólo trabaja para resolver conflictos, pero no para tocarlos creativamente. También esto lo había entendido y explicado Sartorius, como consta en su libro monumental y sapientísimo.

Fdo. Francisco Umbral

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