03-07-2007, EL MUNDO  | ver otros artículos

Piedras Rodantes

Antañazo, Madrid se volvía más provinciano con cada visita de los Rolling Stones, pero ahora lo que se vuelve es más sucursal de las multinacionales del ruido. El escenario de estos viejos chicos sigue siendo el Vicente Calderón y el público todos los barrios envejecidos de Madrid con vaqueros y bragas de los 60. A Luis María Anson no le han gustado ya estos Rolling que son como unos Beatles ennoblecidos por el tiempo. Lady Di supera en fanatismo juvenil y amor libre a todos quienes la recordamos. Hizo su carrera entre amantes y discos duros. Es y fue y será la novia de una época envilecida por la prensa, los caballos y los rockeros. Ahí estaba el otro día Morritos jugando al adolescente bajo un tornado de globos que ya no globalizan a nadie. Qué viejos nos hemos vuelto, qué viejos son los lagartos. Ya lo dijo Federico García Lorca, que es el primer rockero de España, envejecido de tiros. Los Rolling nacieron como una respuesta americana al dandismo de los Beatles. Naturalmente, una respuesta híspida, violenta, dura, urgente y apremiante. La violenta cultura norteamericana no suele ser sino la réplica elegante y culta a todo lo que se hace en Inglaterra. Lady Di era una Beatle de palacio y los Beatles fueron , ya lo he dicho, unos dandis de Picadilly. Morritos todavía se puede levantar para traer al viejo continente la hostilidad joven de estos vaqueros que están entre Jack Kerouac, la escuela de Palo Alto, las saturadas hippies de antaño y esas maduras que parecen pieles rojas. Lo cual que su concierto en Madrid renueva aquellas apoteosis y celebra el cumpleaños de una generación que se creyó renovadora en todas partes, París, Londres, Madrid, el Vicente Calderón que sigue oliendo a hule, pero al hule de entonces, al hule del tiempo. La revolución no ha pasado por aquí. Clara se quita la camisa para secarse el sudor y otras no se quitan nada porque nada llevan. El Vicente Calderón perfuma más a la vejez joven de Sabina que a la reiteración del muerto en la carretera. Cayetana dice que todo le suena cursi y consabido. Esta historia está vieja o los viejos somos nosotros. Las Piedras Rodantes han llegado al fondo de la epopeya, al fondo del tiempo. Esto no tiene arreglo ni haciéndole la dermoestética a Morritos. Parece una frivolidad volver periódicamente con el mismo mal rollo de la juventud, pero es la manera más eficaz y elocuente de recordarnos que la vida se repite bajo esa cosecha de globos en la monotonía del cielo. La juventud actual ha sacado entradas para el rock de la vejez, pero lo que pasa es que ellos ya no son viejos, aquella vejez de los primeros conciertos era juventud que había vivido deprisa. No nos conocen ni nos reconocemos. Este encuentro estaba equivocado. Ir a ver a los Rolling es ya como ir a la ópera. Lo cual que estos chicos cada vez gustan menos en Madrid, o bien no nos gustamos nosotros. Somos una vieja juventud que acabará en el Calderón y en el otro ganando copas y ligas. Las Piedras Rodantes reúnen su cementerio en el valle de la vida, pero no creen ya en nada y eso les hace más viejos que su música.

Fdo. Francisco Umbral

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