Artículos Francisco Umbral

Almodóvar


LA gloria y ventaja de Almodóvar las ve uno, tras su último estreno, en dos claves fundamentales. La riqueza de los gags y su calidad de cronista cinematográfico de la movida, que su cine ha contribuído a hacer realidad. Los punkis y «modernos» del público son los mismos de la película que estamos viendo, como los espectadores burgueses de Benavente eran los mismos de la comedia.

Almodóvar salva una situación por un gag, o la explica, o coloca el gag suelto donde le conviene, dando así al discurso una muy lograda lozanía de improvisación, que era la de sus primeros tiempos. En aquellos primeros tiempos, el gag primaba sobre el argumento, como en los hermanos Marx, y esto daba alacridad y restaba consistencia a sus películas. Hacer una película mediante una sucesión de gags es como hacer una alfombra de nudos. A partir de «¿Qué he hecho yo para merecer esto?» (para mí su mejor película), Almodóvar nos da ya unos argumentos muy escritos, muy hechos, y unos personajes reales, algo más que arquetipos pasotas. Reales en el costumbrismo o neocostumbrismo y reales en la realidad. Costumbrismo, sí, y realismo social, pero redimido todo por una sintaxis inspirada, respingona, actualísima y sorpresiva. El maestro Berlanga, que estaba en el estreno, no es ajeno, naturalmente, al cine de Almodóvar, e incluso en Atame, tan personal y maduro filme, las secuencias del plató son berlanguianas.

Por otra parte, curiosamente, y como anotación liminar, diremos que el fetichismo, el sadomasoquismo (siquiera estético o teórico) son pecados comunes a estos dos creadores. La historia sadomasoca de Atame es tópica, muy repetida, y todavía está cerca el recuerdo de «9 semanas y media», novela y película. Por lo consabido del tema y por un punto de reiteración, aquí es donde la cinta se olvida un poco de su ritmo: en el encierro de los dos protagonistas. Claro que también le ocurre a Proust con La prisionera, el libro más lastrado de su saga, porque enclaustrar a dos personajes indefinidamente puede llevar a la exasperación ordálica o simplemente tediosa. Para uno, la gran victoria de Almodóvar en Atame es precisamente haber triunfado sobre el argumento (y no sé si esto es un «reto», como se dice ahora, que él se había planteado a sí mismo). La obra gana temperatura con el sólo hecho de que Loles se asome a la calle para pegarle la bronca a un conductor. Almodóvar se ha convertido en el gran cronista cinematográfico del Madrid de ahora mismo, y su ambición (muy entendible) de irse a Hollywood puede no funcionar en la realidad, porque es uno de esos creadores que se nutren de su orteguiana «circunstancia». Para hacer algo parecido con Manhattan ya está Woody Allen. Cronista, sí, Almodóvar, pero la crónica es nada menos que la narración y el sentimiento del tiempo. El realizador manchego siente y vive y expresa su tiempo con unaalegría urgente que equivale a la desesperación.

«Cuenta» su tiempo en los dos sentidos de la palabra: quiero dcir que también lo mide.

Lo mide y toma conciencia de que lo fugitivo permanece y dura sólo gracias al amor o al arte, y de esto estántransidas sus últimas realizaciones. Pensamos que la mayoría de su público (esos espectadores/réplica de, la pantalla: en el estreno había hasta minifaldas masculinas) ha tomado a Almodóvar como un espejo alegre que les favorece, les explica y les justifica. Así es en gran medida, pero lo que profundamente hace el director es contarse a sí mismo, como todo creador que realmente lo es, y esto da la dimensión última y austera a su vistoso cine. En la tarea de narrar la juventud actual se está dejando su propia juventud. El sonido directo, que en otros no supone más que un avance técnico, en Almodóvar es calidad y perfume de su narrativa. No entendemos por eso cómo se puede hacer un Almodóvar en inglés.

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