Artículos Francisco Umbral

Las moscas


La Comunidad Económica Europea, que está en un grito, Tel Aviv, que está en una llaga, los arúspices de Bush en el despacho oval y los horoscopistas de Sadam Husein en el búnker, más la guerra de los carritos pryca, que los familiones, al grito de más madera, han caído como «paracaidistas testimoniales», que dice nuestro Ejército, sobre la acelga tempranica, el buey hibernado, las coles en oferta, el yogur/frambuesa y la naranja mecánica, en plena psicosis de sobreabastecimiento béllico. El mundo entero, de los carros de combate a los carritos pryca, en la espiral del espanto, en torno de unas moscas que tiene el árabe.

Si Sadam suelta su bomba de moscas, una mosca puede morder a un eurodiputado, tipo el señor Barón, a un judío en sus oraciones, a un general del Pentágono, como esos intelectuales de cabeza cuadrada y camuflaje en el alma que saca la tele, o a una mamá/pryca cuando vuelve con su tonelada de pescadillas melancólicamente congeladas. Todos andamos con el miedo a la mosca, más que al misil, porque de misiles no sabemos nada y sólo se teme lo que se conoce. Tras XXV siglos de ciencia de la guerra, de tecnología guerrera, desde la logística de piedra y los elefantes de Aníbal hasta las V2 de Von Braun, ocurre que lo que más teme la humanidad, la gran superstición universal y letal son las moscas, porque a quién no le ha picado alguna vez una mosca, y la mosca islámica y fanatizada parece especialmente activa y de buen apetito.

Moscas y sangre. La Historia gira en el torbellino cruel y festival de sus guerras, pero no hemos dado un paso desde Taras Bulba. La CEE, con su seguidismo mansueto de USA, está dando una imagen de tendero asustadizo tras sus legumbres y ha perdido el prestigio para siempre. No sólo no tiene iniciativas para una emergencia como ésta, sino que su dependencia de Estados Unidos ha quedado clara definitivamente.En este sentido le decía yo a Aranguren ayer que toda guerra es una catarsis: ayuda a clarificar el paisaje. Israel, porque se siente fuerte y seguro, hace como si aún no le hubiera picado la mosca. Bush, contra una posible guerra bacteriológica, aconseja al mundo que se pongan máscaras catalanas. ¿No sabe Bush que la contaminación bacteriológica puede durar más que Hiroshima? Moscas y sangre. Y Husein, como un Hitler con boina, para mayor avilantez, está reunido. Reunido en un búnker confuso de televisores, más boinas, fanatismos, fes, supersticiones, y todavía cree, por lo que le ha dicho a Bush, que quien incendió Roma fue Nerón. Como descendiente del hijo del yerno del profeta, se cree (o utiliza esa creencia) protegido por Alá contra los misiles aire/aire. Quizá sea la Tercera y definitiva Guerra Mundial, pero también está resultando la más folklórica y amena de todas. Y, mayormente, explica mejor que nada la situación real del mundo: un Sur de moscas y sangre, un Norte de triunfalismo y petróleo, una humanidad antibelicista y acollonada y, en medio de todo, unas Naciones Unidas al servicio doméstico de Bush y una Comunidad Europea sin autoridad, presencia ni vigencia como punta de lanza del Viejo Mundo.

Es lo bueno que tiene la guerra de las moscas, que está poniendo a todo el mundo en su sitio. Toda una lección de geografía política mundial. Ya lo dijo De Gaulle: «Gracias a las guerras, los franceses aprenden geografía». Las guerras al final son instructivas, no sólo por la geografía, sino porque suponen el Eterno Retorno y el Tiempo Circular en acto, la vuelta de Heráclito con sus cuatro elementos y de Mircea Eliade con su negación del tiempo lineal. Cuando la perestroika y otros eventos nos situaban en un 2000 posthistórico y feliz, las moscas nos devuelven a la indigencia de la Historia. En pryca han subido hasta los ganchitos.

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