Artículos Francisco Umbral

Castellanos


Castellanos se llama el obispo de Palencia, que ha decidido dejar la Iglesia convencional, o sea el Vaticano, como el que se separa de la santa de toda la vida, para entregar su juventud, su fe, su energía y su gracia a la Iglesia real, que no es sino la del Tercer Mundo y la Teología de la Liberación, reiteradamente negada por Juan Pablo II, faltaría más, en sus pintorescas y amenas visitas a los cristianos de Nicaragua, Guatemala y por ahí, que son una subsistencia milagrosa, emocionante y pura (lo he vivido personalmente), del primer cristianismo catacumbal y testimonial.

Por aquí, mientras tanto, los obispos convencionales inauguran la rentrée con una pastoral ya glosada en esta columna, y que han deslizado en hoja parroquial (y cuánto sabe la vieja Iglesia romana, vieja y diabla) por quitarle y quitarse importancia o gravedad.

Esa hoja parroquial tiende a halagar el catalanismo pequeñoburgués de los fabricantes de hilaturas y los traficantes de productos químicos, pero no tiene nada que ver con el catalanismo grande de la izquierda y Vázquez Montalbán. A Cristo no se le sirve, señores obispales, en figura de fabricante de paños de Tarrasa o fenicio manchesteriano del puerto de Barcelona. A Cristo se le sirve en la figura desvencijada y heroica, desgonzada y guerrillera, de los Ellacurría y el pueblo que les sigue.

El obispo palentino, señor Castellanos, estaba hasta la mitra, no hay duda, de la farsa de lo que vengo llamando la Iglesia convencional, y que Vojtyla ha llevado a situaciones de delirio, hasta hacernos creer que el comunismo, el Muro y la URSS se lo han cargado solos entre él y Walesa, dos cabalgan juntos, a golpe de orapronobis, a cien oropronobis por hora.

Rafael Torres ha escrito en este papel un inmejorable artículo sobre el tema, donde dice que si a Suquía (quien con tan distinta envergadura ha ido a Cuba) se le quita todo el atalaje ritual, se queda desnudo. Yo creo más bien que si a Suquía le quitas las gafas, la sonrisa látex, las togas, mitras, capelos, túnicas y cosas, Suquía desaparece, ya que él sólo es su representación. El señor Castellanos, obispo de Palencia, renunciando a toda representación, renunciando al Vaticano, a Roma y a Palencia, ha resuelto irse adonde el cristianismo aún está vivo, como lo está una llaga, es decir, a ese Tercer Mundo que ha dejado la fe que llevaron allá los españoles de Hernán Cortés y de Yáñez en su mera esquelatura revolucionaria (Cristo es un revolucionario o no es), rebelde, progresista y justiciera.

Qué ejemplo, qué lección, qué verdad para los obispazos catalanes (aunque no era eso lo que se proponía el inocente Castellanos, claro), qué respuesta muda a un culto y clero que vive de intercambiar halagos con una burguesía industrial y con buena cocina. Los monses se han vendido por unas butifarras, pero Palencia es capital castellana ascética y donde aún no se ha inventado la tentación de la butifarra, de modo que Castellanos se va a ser el obispo de los pobres, los hambrientos, los humillados y ofendidos, los guerrilleros que han confundido (intuitivamente) a Marx con Cristo.

En Roma prefieren seguir cultivando eso que Anthony Burgess, católico irlandés, enfatizó críticamente como «poderes terrenales». Patricia Higsmith tiene un cuento sobre este Papa (con otro nombre, claro) en el Tercer Mundo, al que ya me he referido otras veces, y que es lo mejor que se ha escrito sobre el tema: el Papa tiene un grano en el pulgar de un pie y en plena alocución se lo revienta con un golpe de báculo. La zapatilla ensangrentada y tercermundista es exhibida como la sangre de Cristo y se multiplican las zapatillas. El Vaticano, en el Tercer Mundo, sigue vendiendo zapatillas sagradas en serie.

Comparte este artículo: