Rigoberta Menchú
Rigoberta Menchú, nieta de dioses, el Nobel de la Paz te ha señalado, india precolombina, mujer buena, madre eterna de América, Menchú, qué son quinientos años, el Quinto Centenario de los blancos, ante tu eternidad guatemalteca, ante tu majestad de india quiché. Ya pasaron los pálidos verdugos, el español de las celebraciones, y tú sigues ahí, adonde siempre, icono de los pobres, Buda de la miseria, extensa madre.
La paz, la libertad de toda América, vive en tu biografía y tu sonrisa, pero el doce de octubre, pertinaz, te ha encontrado muy triste entre calderos. El corazón indígena de América no sigue el calendario de los blancos, España vende fierros y fusiles para que os maten dulces y desnudos. Ah la paz armada del Norte contra el Sur, no es ése el pacifismo que tu cantas. Rigoberta Menchú, patria y mujer, entre tus batas, entre tus collares, un corazón de luz, precolombino, late con la verdad, conoce al indio. Los blancos dicen «etnias», dicen cosas, los blancos os explotan, nos explotan, blanco es el que está arriba, el que recibe la luz de lo robado en pleno rostro. No llores en San Marcos, Rigoberta, no digas tu palabra de dulzura, espera que los blancos y los yanquis, españoles de trémolo y levita, hayan pasado al fin, hacia sus cosas, para volver de nuevo con tu lucha, para volver de nuevo con tus muertos y repartir arroz por Guatemala. Princesa y voz de las comunidades, dile a Jorge Serrano, presidente, que la patria eres tú, que eres la tierra, frente a su rostro verde de enemigo.
Y a Gonzalo Menéndez, canciller, mírale con tu risa guerrillera hasta que se le caigan las pupilas. Centroamérica, América, la tierra, cinco siglos de sangre difundida. Escucha las campanas, Rigoberta, las iglesias que vuelan como aves, la madrugada indígena y valiente, mientras los blancos duermen sobre un rifle. Palacios y arzobispos te saludan, Rigoberta Menchú, mujer de cobre, mientras pasan los siglos, desde entonces, y tú no estabas entre los ministros, entre los españoles con corbata, de ti nadie se acuerda, nada saben, porque han montado un barco tierra adentro para sentirse grandes navegantes, porque han montado un cóctel de asesinos, un baile de ladrones, una fiesta, sobre la sangre seca del pasado.
Rigoberta Menchú, treinta y tres años, tú lo que tienes son ya cinco siglos. Cinco siglos de susto y latigazo, cinco siglos de robo y de latines, cinco siglos que cantan en tu cuerpo como cinco sentidos terrenales. Con los cinco sentidos, con los siglos, has vivido el gran crimen, madre América, tú la madre coraje de los indios. Mas ya pasó la fiesta de los blancos, de los piratas y los misioneros, pasaron bucaneros ominosos, vestidos de levita y cortesía, y de Estocolmo llega un telegrama, desplegable paloma justiciera, a decir la verdad de lo que pasa, a posar en tu hombro un ave alegre.
Triste octubre de crímenes y fastos, que hoy se resuelve, gran madre quiché, gracias a la justicia vieja y noble de unos hombres remotos y avizores.
Violaciones, violencias, represiones, eso hemos celebradocon champaña, pero vuelve el paisaje sin historia, pero vuelven iconos y mendigos, y en Estados Unidos, crudamente, anuncia Bush que ha libertado al mundo. Indígenas y negros leen hoy sueco por entender el nombre de la paz, y a Vicente Menchú, ya legendario, le despiertan su muerte las campanas.
Vuelve la paz armada, y humillante, las Naciones Unidas mienten, mienten. Rigoberta Menchú, sigue tu marcha, vive tu nativismo, canta y lucha, ignora el calendario de los Papas, que América perdure, madre atlántida, la realidad poblada de las razas, que el blanco fatigado, hecho de leyes, ve avanzar hacia sí, bosque de Macbeth, cordilleras humanas, tierra alzada, con pendientes y lanzas y venganza.

