Artículos Francisco Umbral

Elogio del detalle


Leo en una revista de modas -los antiguos figurines- varios artículos sobre el tema del detalle. Por otro lado, una señora madura ha proclamado públicamente que lo único que exige a su marido es «que sea más detallista». Esta palabra, «detallista», se ha extendido por la calle en unos pocos años y suena mal, suena a carpintero, aunque los detalles que se le exigen al marido o la mujer son más bien de cristal, de porcelana de Sèvres o, a la inversa, unas braguitas de esparto. Esta palabra es una invención torpe de las clases medias, que son quienes la usan cotidianamente como un lujo del idioma o, a veces, un alarde equivocado. Nuestro idioma, nuestros idiomas, tan indiferentes para la literatura, a la hora de inventar algo siempre fallan. Quieren llenar el país de maridos detallistas que estén a toda hora sobrecargados de ramos de flores plastificadas, ceniceros de roca y miniaturas del Nacimiento, que ya viene otro. Pero, más allá de estas señoras está el lanzamiento de millones de piezas de adorno, piedras falsas en el sombrero, oro cansino y barato en el escote (nada que ver con los grandiosos y extendidos escotes de las locutoras de TV, un suponer), o las medias que el poeta llamó «devoradoras», las sandalias híbridas de zapato Gilda, con su tacón que vuelve, ahora que Fraga no sale de su pueblo, etcétera. Quiere decirse que los mercaderes de la nueva abundancia han agotado sus modelos y recurren a las sobras para seguir vendiendo algo. Así, hay apliques en el cuerpo de la mujer que no responden a nada porque son mera trencilla del vacío en el vacío o mera medalla pagana sobre la piel que también empieza a paganizarse. A uno mismo le acusan de ser poco detallista porque se me pasan los santos y cumpleaños de la familia y amistades. Pero el solo hecho de que una mujer me exigiera más detallismo sería suficiente para alejarla mediante el detalle o detallazo o detallito de partirle el alma y luego regalarle un tanga de cocinera. También las cocineras han pasado a ser un lujo del detallismo en auge. Las cocineras de Bilbao recuerdo que siempre llevaban mucho tacón, las andaluzas mucho faralae y las madrileñas un plato de callos en la cabeza, cuando los callos, que son muy caros, se han inventado para los pies, que también los callistas tienen que ser detallistas del callo, como Benvenuto Cellini. El señor Zapatero es gran detallista cuando compara la belleza de los vientos con el cadáver de las víctimas. El detallismo es el último capricho de la mujer, que antes se adornaba con flores de otoño y ahora aguanta con un otoño sin flores. En cualquier caso, la manipulación de la abundancia redunda en cultura, como les explicaba yo ayer a unos periodistas argentinos que vinieron a casa para conocer la dacha. Antaño el detalle era una finca con reses. Luego hemos sabido que ellas, las mujeres, las reses se las comen y la finca la meten en la economía del ladrillo y la parcela. Hoy es difícil ser detallista, palabra que, a más de cursi, sale carísima como un racimo de espuma plastiqué que te venden en la milla de oro de Juan Bravo como flor del detallismo que tantos matrimonios salva. Y uno sin enterarse.

Comparte este artículo: