Artículos Francisco Umbral

Museo del Prado


Parece que don Eugenio dedicó tres horas, sólo tres horas, a visitar, conocer y explicar el Museo del Prado. Yo se lo voy a resolver a ustedes en tres minutos, lo que se tarda en leer esta columna todo seguido. Se principia por Poussin, y no por ningún primitivo que nos dé un recibimiento selvático. El recibimiento propiamente dicho se lo encargamos a Claudio Lorena, que es un paisajista educado, cortesano y conocido. Todo esto con cierta prisa, antes de que venga a llevárselo Ibarretxe, que parecía con ganas de llevarse hasta las sillas de La Moncloa. Pasado el peligro Ibarretxe, ya estamos en Watteau, con lo cual queda claro que estamos iniciando el viaje por la parte más noble y civilizada, como es bueno iniciar la fiesta reverenciando a la señora de la casa y no dando la mano a las camareras que le abren el coche, como hace el citado Ibarretxe. Ahora nos encontramos con Mantegna y luego pasamos a Andrea del Sarto, como atrio para estar en Rafael. Rafael es de todos los siglos y de todos los tiempos, ese gran pintor que nos desorienta y nos ilumina. Rafael deja tras de sí la cola de los prerrafaelistas -otros dicen prerrafaelitas-, que aunque fueran muy pre se han quedado en post. Con Rafael hemos llegado al corazón de la fiesta, al centro del sarao, al pintor de pintores. Después de la orgía vendrán el Greco y Goya. El Greco, pintor maldito que se introduce en la pintura española.D'Ors habla de su actualidad, pero el Greco no es actual ni inactual, sino meteorológico, teológico, inalcanzable. Sin las libertades del Greco no habría sido posible Goya. De Goya vemos aquí Los fusilamientos. Xenius acierta delicadamente al agrupar al Greco junto a Goya. Goya es un Greco del realismo. El Greco es un Goya del celestial Toledo. Pero también hay un Goya europeo, que está en los retratos, y un Goya pensador: El sueño de la razón produce monstruos. Y Velázquez. Velázquez, el que equilibra toda la pintura clásica e introduce la pintura moderna. Velázquez o el equilibrio, aunque algunos velazqueños pretendan presentarnos un Velázquez apasionado.Entre el niño que mama y el pezón de la madre no se sabe dónde empieza lo uno y acaba lo otro. Eso no es realismo, pero tampoco es todavía impresionismo. Eso es Velázquez. Sus mitologías a veces son demasiado biológicas y a veces demasiado mitológicas.Se habla de «ventanas abiertas a la realidad». Pero Velázquez da para mucho y nosotros ya estamos de vuelta, o sea en los primitivos.El maestro estudió los primitivos de los Países Bajos. Son una selva que hay que cruzar hasta ir llegando a las boscosidades del Bosco. A Pedro Berruguete me lo encuentro como viejo paisano de Valladolid.Lo primero que sorprende en Berruguete es el escaso tamaño de sus figuras. Había un surrealista francés que trabajaba esas medidas. Le preguntaron por qué hacía gente tan pequeña. «Para que haya más aire», dijo. Berruguete, tan artesano, remediaba un fallo escultórico con una pincelada y una pincelada fallida con un abultamiento escultórico. Pero era un artesano genial de Valladolid, donde tiene un museo. Este museo lo dirigió muchos años don Paco Cossío, mi maestro local, de modo que es momento de hacer parada y fonda, porque me he pasado de museo. Dejo otros tres minutos para otro día.

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