El pupitre
Parece que el presidente Aznar se niega a reconocer, ante los periodistas, el haber sido compañero de pupitre de Juan Villalonga. No le niega la amistad sino la memoria incestuosa del pupitre. Aznar utiliza complicadas explicaciones técnicas para contar que en su colegio, que era muy bueno, nadie compartía pupitre con nadie, o sólo durante unas horas. Aznar, que no ha abjurado de Villalonga, se resiste a lo del pupitre, como si le dijeran que había compartido cama con el niño financiero, con el párvulo telefónico. Y uno le comprende muy bien. Yo sí compartía pupitre durante todo el curso con un chico de San Juan o de la Magdalena, o de la Rondilla de Santa Teresa, y aquel chico me traía aires y maldades de su barrio, palabras y pecados de su vecindad, cosas que en su calle eran de uso común, pero que a mí me escandalizaban, como yo pude escandalizar a otros. Las escuelas pobres eran mejores porque siempre te tocaba pupitre con otro, y de quien más se aprende en la escuela es del compañero de pupitre. El profesor te enseña los Reyes Godos y la raíz cuadrada, pero el compañero de pupitre, con su relente de extranjero de otro barrio, nos enseñaba la gayola o gallarda, según se dijera en su plazuela, y a mí uno me enseñó, muy castamente, a limpiarme y lavarme el esmegma del surco balano/prepucial. ¿Qué maestro, en aquellos años, se hubiera ocupado de mi esmegma balano/prepucial? El pueblo lo decía bien y limpio: - Aquí cada perro se lame su cipote. Efectivamente, éramos castos, lo que quiere decir que cada uno se lamía su cipote, su amargura, su pena, su ignorancia, su miedo, su asco. El señor Aznar, alumno modelo de colegio bien, es como el protagonista de Corazón y no quiere haber compartido pupitre con ningún otro chico, ni siquiera con el poderoso Villalonga, que tiene toda la pinta de ser el malo del curso. Aznar venía de los aznares y algún ama o aya le enseñaría a lavarse el surco balano/prepucial, que en casa llamaban sencillamente pilila o violín. Pero tampoco está bien ahora que le haga a su condiscípulo el feo de negar que fueran alguna vez compañeros de pupitre. ¿Qué hay de malo en ello? Estudiaron la misma aritmética, pero Juan le ha sacado más provecho a la cosa que Jose Mari. Ahora, Juan vive tranquilo mirando cómo el oro mea con polla de oro en todas sus fuentes de oro. Yo, por un breve azar, tuve de compañero de pupitre a Máximo, el gran Máximo, y me turbaba su olor a limpio, la disciplina de sus palilleros, la gracia de sus plumillas de pico de ave, todo lo que entonces estaba dibujando para luego, y le recuerdo en la pizarra los hombres/hormiga que después ha sacado en los chistes. No hay que renegar, señor presidente, del compañero de pupitre. Al mío más asiduo le supuraba un oído. Usted ha sido escolando después y en mejores colegios. De los buenos colegios es de donde salen los Villalonga y los Mario Conde. Por cierto que Isidorín, mi compañero más frecuente y supurante, se fue al cielo por un oído.

