Artículos Francisco Umbral

Amado siglo XX


El siglo XX llegó ya con su mural a cuestas, porque lo traía Pablo Picasso y tiene un olor de sobaco de garajista. Recién inventado el automóvil, el garajista resulta una figura espectacular con sus pantalones a cuadros, pantalones que alborotan en seguida las noches del Moulin Rouge. Allí estaba Toulouse Lautrec, maestro y mito de Picasso, autor incluso del primer Picasso vivo, que era su estatura, su falta de estatura. Y allí estaba el poeta que escribió «cuando el farol calvo le quita sus medias a la noche». Como el poeta era ruso -Maiakowski- y Rusia era la revolución puritana, al poeta le costó caro aquel hermoso poema. Así, entre enanos, gigantones y mujeres de gran sobaco, sobaco que olía a Barcelona más que a París, nació el picassismo de Pablo Picasso, que empezó a hacerse famoso, mayormente entre los fascistas, que en seguida le encontraron veintitantos apellidos (los últimos eran Ruiz Picasso) para malograr su escueta genealogía, que a pesar de todo siguió multiplicándose por la cola. Pero el cuadrado y el rombo son geometría circense y Picasso había ido al circo con Nonell y desde entonces fue ya un pintor romboidal, el artista que había de romboizar todo el arte del siglo y sobre todo el arte rectangular, porque Picasso trabaja contra los alemanes de la Gropius, sacando palmeras de los rascacielos o tallando un rascacielos en una palmera. Un crítico sin imaginación a aquello lo llamó «cubismo», pero los cubos también se multiplicaron, se le fueron de la mano a Braque, y así volvería a empezar el mundo con un Adán y una Eva menesterosos y sin nada que darle ni pedirle a la serpiente, que es una hermosa mujer perfileña de nudo apretado y bebé entre los pechos. Las Celestinas de París eran todas tuertas del ojo izquierdo y a través de ese ojo encristalado de ceguera verá siempre Francia esa oleada perdurable que sube de España entronizando reyes borrachos y relojes dalinianos. Los equilibristas del circo han crecido como atletas, se han quitado los pantalones de garajistas y, escapando del automóvil en un automóvil, vuelven al circo primigenio y aleccionan a los niños sobre cómo caminar por encima de una gran bola, porque lo otro, lo difícil es caminar sobre una línea recta, que no se sabe nunca adónde va, hasta que termina enredándose en un damero ciego. Picasso es ya el muerto más vivo del cementerio al que no dejan morir las mujeres con mandolinas, guitarras y otras orquestas esquineras. Mujeres que abandonan al inestable Picasso para irse a Nueva York, adonde llevan la buena nueva de que en Europa hay pintores insólitos que hacen el amor con sillas muertas y otros muebles de rejilla. Picasso tiene una cultura de periódico pues, como lector, un libro se le acaba en seguida. Por eso sus cuadros están llenos de libros, aunque él no lea. Los libros los escondía detrás de las estatuillas del arte negro, que luego recreó prodigiosamente, arrinconando los originales entre violines, copas, pipas y tinteros y asegurando con mentira malagueña que jamás había visto el arte negro. Poco a poco, el cuerpo humano va invadiendo su cuerpo y quienes más le plagian en el mundo, ah blasfemia, son los caricaturistas y los humoristas. Su mayor publicitario en el siglo es Salvador Dalí.

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