Artículos Francisco Umbral

Pablo, Pablo


Se nos ha casado Pablo Sebastián, el periodista más palabrón de este periódico. Se nos ha casado, ya entradito, con la bella Isabel, pero Pablo tenía la furia del soltero, la valentía de la libertad, el cornalón del buey suelto, y ahora a ver qué. Me alegro por vosotros, Pablo, Isabel, aunque no habéis tenido un detalle, os veo jóvenes y guapos en el ABC, que a los monárquicos les gustan mucho estas cosas, pero temo, ay, por la libertad de expresión de Pablo, por la alegre y justa desvergüenza de sus columnas. Con su nombre o con el de Aurora Pavón, Pablo viene siendo, desde El Independiente y desde que se lo abordaron en plan filibustero, el más enterado y descarado columnista de este periódico (no quiero hablar de los otros, que no me gusta la querella corporativa: es poco elegante). Tú no tienes esta experiencia, Pablo, porque te has casado tarde y bien, pero lo cierto es que el matrimonio aburguesa siempre, aunque sea tan leve como el tuyo, hace cobardón al hombre, que quedará ya «trenzado en múltiples lazos» por su esposa, y más si es tan bella y rubia como Isabel. Tu valentía, Pablo, tu manera fresca de soltar frescas, te venía de la condición de «cuerpo soltero» (Pedro Salinas). Y lo mismo tu prodigiosa información, consecuencia de la soltería, o sea, de un hombre que come y cena todos los días con un ministro o un banquero, porque nadie le espera en casa con los rulos y el avecrem. Isabel es un cielo, pero los columnistas debiéramos ser siempre solteros, Pablo, como los curas, y pasarnos el día en la calle, y la noche de putas, pero con las putas de la aristocracia y la política, con los putones de la Banca, por ver de sacarles una gacetilla. Con tu libertad esbelta de señorito andaluz, con tu gracia un poco antigua, y tan matinal, con tu descapotable rojo de ligón de los 80, con esas frases de antaño que en ti adquieren frescura («prenda», «vaya un par», «se cosca»: tengo todo un diccionario de tu jerga), has dado y seguirás dando mucho juego en el periodismo político, donde muchos no te quieren porque te temen, donde otros te queremos como yo quiero siempre a los frívolos, a los leves, a los alacres, a quienes andan por el mundo ligeros de equipaje, pero sin dar el coñazo con el dolor lumbar de España, como don Antonio. En este momento de transición, libre de cargos que no te han dado o que no has pedido, eres el único que lo cuenta todo y lo cuenta al día, nos traes carne cruda y fresca de ministro todas las mañanas, en tanto que muchos otros venden vacas locas, mercancía periodística averiada. Cuidado con la rubia, Pablo, que es calladita y mona, pero ya no serás el mismo de antes, una familia es una responsabilidad, oyes, y tendrás que mirar por la tranquilidad de tu chica, que no le salgan arrugas. Esto es un sacerdocio, Pablo, no hay que casarse ni por lo civil, que también es cruz. «La vida del columnista está llena de renunciaciones», me dijo una vez Manuel Alcántara. La primera es la renuncia al matrimonio y la paz. Se aprende más política en camas promiscuas, con las concuñadas de los vicesecretarios y subdirectores. Me gustabas más de Aurora Pavón, sacando del baúl todos los tirantes franquistas y todas las bragas porno de la aristocracia filipoaznarista. Sé que seguirás con tu marchón total a tope, pero te has casado cuando más falta nos hacías, porque esto se está poniendo intransitable de dóberman, apendicitis, talibanes y catalanes. Ahí va este ramo de palabras «con intención de flores».

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