Artículos Francisco Umbral

'El Gafe'


Hay muchos españoles que vienen a Madrid a ganarse una fortuna, un cargo o un título de las misteriosas masonerías de la calle. Rodríguez Zapatero vino a ser presidente de un Gobierno y príncipe de una jerarquía, la de gafe. En Madrid, ciudad de mala educación, en cuanto frecuentas cafés, tertulias o catástrofes te llaman gafe, te adjudican el título de gafe en papel pergamino con aureola de veterinario o cosa así. En la nueva temporada política se le conoce ya por El Gafe, aparte de títulos más nobles. La gafancia de ZP empezó en Atocha, ya saben a qué me refiero, y ahora ha reverdecido como aquellas rosas de otoño que decía don Jacinto Benavente que en el ocaso de la vida, cuando se aquietan las pasiones, surge a veces una segunda floración de amor que todavía puede perfumar una existencia. ZP, con su título y su diploma ha triunfado mucho en Alemania, que es país mental, tierra de filósofos, músicos, científicos y otros memoriones. O sea que la cosa tiene su mérito, siendo Zapatero puro irracionalismo. ZP, cuando llegó de León con su cargo y su carga, se cuidó mucho de no frecuentar cafés mentideros y mentirosos, pensiones inmediaciones Gran Vía y tertulias ingeniosas. Gracias a eso ha podido aguantar hasta ahora sin el apodo de Gafe, defendiéndose muy bien con sus iniciales, con su Sonsoles y con su sonrisa congelada. Pero así y todo, no ha podido librarse del peso de su cargo y el peso de su apodo. ¿Por qué precisamente El Gafe? Tiene uno escrito que Madrid es un género literario y de eso sí que no te libras en cuanto tienes un par de flores naturales y una ministra a la que viste Vogue. Yo he convivido muchos años, en las añoradas pensiones de la Gran Vía, con unos cuantos gafes que me han perseguido de pensión en pensión. Así, un gafe del que no sabía nada desde otra flor natural, me llamó una tarde para comunicarme nuevas flores naturales, pues yo iba a todas, y me llamó, como buen gafe, equivocándose de pensión, de premio y hasta de amigo. Hay otro que sigue pensionado y sólo nos comunicamos cuando cae otra flor natural, pues las persigue por toda la prensa de España y me llama en cuanto lee que me han dado otra, aunque sea la rústica flor del vino que dan en Tomelloso. Naturalmente, también se equivoca de flor, gafándome el premio y la chica que sale siempre en estos casos. Mi viejo amigo Zunzunegui, el novelista, era más famoso por sus gafancias que por sus novelas. Una vez me regaló una, se me cayó en la calle, me agaché a cogerla y me pilló un tranvía. Claro que por entonces el príncipe de los gafes era Arias Navarro, también conocido por La Llorandera, alcalde de Madrid que gafó a Franco o se gafaron mutuamente. La gafancia de ZP ya hemos dicho que procede de Atocha y es una gafancia ferroviaria, falsa como todas. Pero a este presidente no le importa tanto la Presidencia de los gafes como la Presidencia del Gobierno, de modo que tiene parada la cosa y ganará las elecciones no por culpable de nada sino por gafe. Sonsoles llora y reza en León por desfacer la gafancia de su aplicado marido. Quizá probando con otra flor natural.

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