Artículos Francisco Umbral

Ramón y Saura


Me lo dijo Carlos Saura, hace muchos años, en su casa de entonces, en María de Molina: Yo soy un esteta, Umbral, lo que soy es eso, un esteticista. Audaz confesión en quien todavía era, con su cine, bandera del antifranquismo intelectual. Pero la crítica siempre había visto en él a un manierista del cine, a un gran artista de la imagen.Venido Saura al reposo del guerrero, que es la belleza, ha hecho películas y cosas donde por fin se logra el creador absoluto, sin claves políticas o con claves meramente irónicas. Ahora no se trata de una película sino de un libro de fotografías que Saura hizo en los sesenta para ilustrar un gran texto de Ramón Gómez de la Serna: El Rastro. El mayor barroco, el mayor imaginero, el escritor más plástico de nuestro siglo XX español y americano (tuvo mucha influencia en América), Ramón había de encontrar alguna vez al artista joven que pusiera en imagen visual lo que para él fue imagen literaria. El Rastro, uno de los libros mayores de Ramón, desborda de formas y figuras, porque la inspiración de este madrileño genial eran las cosas y precisamente el libro del Rastro es el libro de las cosas, de esa multiplicidad de cosas pobres y millonarias, millonarias en su pobreza, libro donde también las personas son cosas y cuando Ramón se encuentra en el Rastro con Azorín le describe como cosa en página bellísima e imposible. Un vocacional de la belleza espontánea o prefabricada del mundo, como Carlos Saura, tenía que ser, sin duda, un buen lector de Ramón, y lo que siento es que nunca hayamos hablado de eso. El alma de las cosas que no tienen alma se la pone Ramón como se la habrá puesto Saura en su inmediato libro. Entre los animales y las personas, llega una edad en que nos quedamos con las cosas como lo dijera bellamente el gran poeta ruso: «Cómo olvidarse de ti, sagrado Egipto de las cosas». Y ya saben ustedes que estoy citando a mi admirado Ossip Mandelshtam. También le pasaba a Juan Ramón Jiménez, que acertó a decirlo en un poema: «Qué quietas se están las cosas y qué bien se está con ellas». El poema se llamaba Nada, y de ahí sacó Carmen Laforet el título de su famosa novela. Juan Ramón se lo agradeció cordialmente y aprovechó para decirle que la novela era malísima. Ese sobrante de vida, ese exceso de pelusa sentimental, ese sobredorado que le da el tiempo a las cosas, haciéndolas de un oro falso y cordial, eso es lo que amamos en ellas, más la prodigiosa creación que son por sí mismas, el expresionismo innato que provocan y la imaginación de lo inerte donde todavía palpita, como la carcoma de un corazón obstinado, el latido de la vida y el latido de la muerte, que con el tiempo vienen a ser muy parecidos. No sabe Carlos cómo le quiero por haber hecho este libro y cómo se renueva nuestra amistad en la amistad común con Ramón Gómez de la Serna y su mundo de cosas, desde la manta zamorana hasta el reloj de oro maduro, desde la Virgen pura y falsa, románica y mentida, hasta las botas de Van Gogh.

Comparte este artículo: