Artículos Francisco Umbral

Sociología del puente


Este puente primaveral y garrido nos ha dividido a los españoles en dos baremos mejor que cualquier estadística o información política. Miles y miles de nacionales se han ido al encuentro de la naturaleza y su olvidado ocio. Unos cientos de nacionales se han manifestado por el centro de Madrid con sus verdades políticas y sus palabras de siempre. Quiere decirse que hoy el socialcapitalismo, en España como en toda Europa, ha conseguido llevar a la gente por el camino manso de la felicidad semanal y la despolitización alegrilla, mientras los líderes de las ideologías rampantes o gobernantes cada vez tienen menos feligresía. Tenía razón el difunto y fascistizado don Gonzalo Fernández de la Mora: hemos entrado en el crepúsculo de las ideologías como en una segunda versión de la decadencia de Occidente. ¿Por qué las ideologías han perdido su fuerza explosiva, su luz y su dinamismo? Quizá, porque las ideologías dejaron de ser conductas para quedarse en programas políticos siempre repetitivos, utópicos por parte de la izquierda y retóricos por parte de la derecha. Son las consecuencias de no haber hecho la revolución sino, antes bien, haberse quedado en la socialdemocracia, que era un como si y se resolvió en un no. El liberalcapitalismo, abriendo sus sombrillas primaverales que reparten sol y sombra entre el gentío de los puentes, entre el vagabundaje de los obreros y los funcionarios, ha improvisado una sociedad sin clases que es mentira, pero donde todo el mundo parece sentirse a gusto dentro de su clase. Ya no nos gobiernan los ideólogos sino los técnicos. Ya no se trata de alcanzar ningún ideal razonable de vida en común, sino que la globalización del gentío la dan las marcas antes que las ideas, las modas antes que las actitudes y la televisión antes que la tertulia literaria. Los políticos de izquierda/derecha han ido pactando un bienestar que ofrecer a las masas, y que más que un bienestar es un no estar, porque con el pueblo ya no se cuenta para nada salvo para el colosal esfuerzo muscular de meter una papeleta en una urna cada cuatro años. La democracia se ha reducido a un gesto tan mecánico como meter los dedos en la pila de agua bendita al entrar en misa. He aquí dos rituales mínimos que ya no significan nada, y así es posible que se produzcan los mayores sinsentidos, como los obreros votando a Le Pen y los intelectuales votando a Chirac. Aquí en España, los socialistas han estado a punto de votar a ETA a través del PNV. Todo esto supone que no se hacen elecciones para ganar adictos sino para sumar votos que luego se solidifican como poder. En una sociología del puente laboral y festivo se aprecia que el sistema prefiere regalar días feriados a capricho mejor que firmar papeles justos y comprometedores como algunos de los que exhibe Cándido Méndez. La libertad que se nos otorga es casual, azarosa, calculada y limosnera. Se niegan a las 35 horas semanales, pero nos otorgan estos puentes de sobresalto, con su nómina de muertos. Nuestra conmovedora felicidad del fin de semana y lo que cuelga no es una conquista de los ideólogos, que nunca han conquistado nada, sino una concesión, un cálculo de los empresarios y una limosna de los políticos alegrillos.

Comparte este artículo: