Pina Bausch
Conocí en Alemania los espectáculos de Pina Bausch y desde entonces la vengo siguiendo casi puntualmente. En Madrid ha actuado varias veces y nunca olvidaremos el espectáculo que dedicó a nuestra ciudad. Ahora, la Bausch se presenta en el Real con una ópera de Gluck, Ifigenia en Táuride, de la que ha hecho, como de cualquier cosa, una creación suya, perfecta, que quizá no satisfizo mucho a los monográficos de la ópera clásica. Desaparecido el polaco Kantor, descaecido el inglés Lindsay Kemp, quizá sea Pina Bausch quien presenta hoy en el mundo entero -sus giras son mundiales- el hecho más acendradamente teatral que pueda todavía salvar los desolados escenarios en este fin de siglo. En Café Müller, otra de sus grandes creaciones, nos va dando episodios de café que son como relatos cortos de Carver, por lo violentos y por lo actuales. Porque la Bausch siempre toma de la vida en torno y de las creaciones de vanguardia. Así, los dos semidesnudos masculinos de Ifigenia tienen, evidentemente, mucho de los boxeadores de Bacon, ese juego de músculos como un barro imaginativo, componiendo esculturas deshumanas de gran sugestión. Y podrían seguir los ejemplos. Pina Bausch, creadora de un género propio, narra mediante el ballet, con poca música y casi ninguna palabra (en alemán), la desolación, la brutalidad, la espaciosidad final del siglo XX. Es una narradora mental que logra original plasticidad con los cuerpos de los bailarines/as. Digamos que los hombres y mujeres de su compañía, los cuerpos aleatorios del ballet, son el alfabeto de PB, la materia que va convirtiendo en letras irreconocibles o en monolitos ignotos, pero que poco a poco vamos identificando como metáforas expresionistas de una narrativa actualísima. El expresionismo alemán, sí, es el lenguaje permanente de la Bausch, a veces llevado al paroxismo, hasta el susto del espectador, y otras veces más atenuado y lírico, como en esta Ifigenia, por sedación natural de la música y el argumento, dado con la vaguedad y hasta gratuidad de la mitología griega. Un escenario tan grande como el del Teatro Real, Pina consigue hacerlo aún mayor, aunque luego dice que le gusta trabajar en teatros pequeños, íntimos. Aquí sobredimensiona el espacio, lirifica las distancias, consigue que la plástica anule casi la música. En una palabra, que ha utilizado a Gluck para hacer siempre lo suyo, lo de siempre. Después de Picasso, nadie en nuestro siglo ha trabajado y metamorfoseado el cuerpo humano como esta gran creadora. Sus espectáculos, aunque no tengan palabras, son muy literarios, ya que la narratividad de la autora expresa directamente, o complejamente, historias largas o cortas que suenan a crueldad, a crimen y a la belleza fría de nuestra época posindustrial, populosa de solitarios y solitarias. PB prefiere trabajar con bailarines mejor que con actores, pues ya hemos dicho que utiliza el cuerpo humano, el hombre y la mujer, infinitamente maleable, para crear otra cosa. Pina está muy lejos de imitar todavía la muerte del cisne y esos primores del ballet tradicional. El teatro no es imitación de la vida, sino la máscara y coturno de los griegos. El teatro debe exasperar su teatralidad hasta revelar mundos que están en él, pero hay autores que siguen en la rutina cacofónica de la imitación (superficial) de la vida. El mayor teatro del mundo nos visita hoy en Madrid, pero igual Madrid no se entera.

