Artículos Francisco Umbral

Hierro: tres generaciones


Cumple años el poeta José Hierro y El Cultural le dedica unas hermosas páginas. Por otra parte, sigue ardiendo en vano esa hoguera que dejó encendida Valente. El José Hierro que hemos aprendido tres generaciones está hecho de música, de autobiografía y de testimonio. Se dice mucho que es un gran poeta pero no se dice lo mejor: que es un poeta completo. Primero fue la música de Rubén, pero cernida ya en los cernederos puristas de Juan Ramón Jiménez. Hierro ha conseguido poner el espiritualismo de Juan Ramón en prosa, pero en verso, quiero decir en un verso más cercano, usadero, vividero y doméstico que el del moguereño universal. De ahí, de esa experiencia, nace la poesía social de JH, que no es beligerante, a la moda de entonces, sino testimonial, autobiográfica, muy sentida y nada resentida.Este poeta puede tomar un tema casi prosaico e irlo elevando, gracias a la música y la imagen, hasta ese espiritualismo civil que en Juan Ramón acabó siendo una querella religiosa, pero en Hierro no, jamás, porque es hombre de media voz y no necesita soltar el grito para que la luz grite en su poema como suele hacerlo. Luego y al mismo tiempo vienen las «alucinaciones», las famosas «alucinaciones» de todo un libro, que vuelven también en otros libros como versos sonámbulos, pero no dormidos, como poemas que echan a andar mientras el poeta duerme o sueña. Estas «alucinaciones» nos revelan que también el surrealismo ha pasado por el pecho del poeta, aunque su lenguaje no sea surrealista, porque sí lo es la libertad subconsciente y edificada en cada poesía. El poeta social y el poeta alucinado pudieran ser los dos extremos liminares de una poesía numerosa y variante, sólo que en esta poesía social siempre salta alguna alucinación, como un pájaro submarino, y en las alucinaciones siempre hay algún objeto consistente, como la pieza de un amor o de un crimen, como el rastro perdido de un día imaginario y olvidado. Es ese escombro lírico de realidad a que el poeta necesita aferrarse siempre para seguir navegando. Cuando José Hierro ha saturado su biografía, viene a él, con hermosa tardanza, la otra música, la de los músicos, que en más de una ocasión le asistiera desde el pasado. Cuaderno de Nueva York es un gran libro pero es, sobre todo, el libro que JH le debía a la gran música. Grandes poetas -recurro ahora a Guillén- han elegido espacio, para su obra sucesiva, en la Historia, el Arte, la Música, etc. JH, en sus largos poemas a la música, nos da también el músico, el hombre, lo que una sinfonía tiene o puede tener de memoria lírica. Y, por supuesto, de vuelta a ese ámbito de pura humanidad, el poeta y el músico vuelven a confundírsenos, porque Hierro está haciendo, en sus poemas a la música, la biografía del otro yo mediante intermediario sublime que se pudiera llamar Bach. Grandiosa autobiografía interior, narrada en coros y versos, que completa sin límites la imagen del autor. Claro que éste puede volver en cualquier momento en un romancillo para su nieta o en un trébol que estampa directamente en el papel. Todo lo que hace Hierro al margen de la poesía también es poesía. Lo suyo, cuando pinta, más que pintar es estampar la imagen poética directamente como una rosa de polen y de vino.

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