Los triunfitos
Operación triunfo nos da muchos triunfitos y triunfitas, pero no da cantautores. El cantautor pertenecía a una época en que cada hombre sabía luchar por su propia democracia y los que tenían una guitarra nos decían con música y palabra doliente la tiranía del mundo y su sueño de libertad. El cantautor era el Carlos Gardel de la democracia, el Frank Sinatra de la libertad individual.Como aquí lo fueron Serrat, Bob Dylan y por ahí seguido. La invasión de los triunfitos y la ausencia de los cantautores supone algo más que un fenómeno musical. Los triunfitos están fabricados en serie como los detergentes de oferta, mientras que un cantautor era un hombre solo que tenía detrás una filosofía, una cultura, una actitud, una política, una conducta y un carisma callejero. Nada de eso se le inocula al triunfito, que sólo está muñido con unas camisetas monas, unos rizos de niño Jesús o, en las chicas, un maquillaje de vampi adolescente y un ombligo que dibuja el signo de la paz, cuando ellas vienen a hacer la guerra, o por lo menos a darnos un poco de guerra. El cantautor, después del filósofo deconstructivista, era el último personaje del tiempo moderno, un Baudelaire menor que había aprendido en Gabriel Celaya que la poesía es un arma cargada de futuro. En cuanto a estos triunfitos, ni poesía, ni arma, ni carga, ni futuro, ni leches.Ligan con una triunfita, a efectos comerciales y discográficos, y a última hora se han afiliado al «no a la guerra», que va siendo ya un grito de derechas por lo que supone de entreguismo de la democracia en unas manos de uñas negras. La democracia es hoy nuestro verdadero tema. El ápice de la democracia lo alcanzamos después de derrotar a la OTAN, que tuvo que imponerse por cojones, y lo alcanzamos sobre todo en estas almenas humanas que fueron los cantautores citados, más Paco Ibáñez y en este plan. Un suponer, Ana Belén, que habla muy mal de mí con Querejeta, cuando tanto he admirado y cantado a los dos. El cantautor era el último bardo de una dama de honor, la democracia. El triunfito es el desecho comercial de un montaje discográfico que me recuerda la frase genial de Jean Cocteau: «En Francia, cuando no tenemos un genio nos inventamos una escuela». Aquí y ahora, como no tenemos un cantautor como los de los 80 y 90, nos inventamos una escuela, una Operación triunfo, un panal de triunfitos que entre todos no dicen nada, pero vemos a las ingencias juveniles aclamarles sin motivo, cuando nosotros teníamos tantos motivos para aclamar al hombre/almena que se erigía en mensajero de la democracia global, de la libertad y de la paz. No hay nadie que diga nada contra la completa ausencia de democracia en Iraq (gracias, Campmany). Me pregunta Ramón Tamames por qué amo tanto a Aznar. Yo no amo a Aznar, pero no soy un triunfito con pancarta y estas manifestaciones globales me parecen la negación de la democracia. Gallardón ha invitado a los chicos que le gritaban a exponer sus razones y ninguno tenía nada que decir. Estamos en la guerra como en una romería. Baudrillard explicaba ayer en EL MUNDO la fantasmagoría de esta guerra. Es el éxito de los triunfitos frente a los cantautores con mensaje.

