Artículos Francisco Umbral

Jugar a los muertos


Ahora que, de momento, hemos acabado con la política grande, dejándoles a todos bien situados, en su trono o en su nicho, vengamos a la política pequeña o municipal, que tampoco es tan menor, mayormente cuando el concejal comunista de Madrid, Paco Herrera, dice que «la privatización de la funeraria es el gran pelotazo del alcalde». ¿Qué ha pasado aquí? Ya saben, que el Ayuntamiento de derechas juega a los muertos como otros juegan a los chinos. Se vendió el 49% de la funeraria a Funespaña por cien pesetas, 100 ptas. Dicen que la derecha, o sea el alcalde, o sea no sé, hizo un lote con todos los muertos de Madrid y se lo vendió desinteresadamente a una compañía privada, lo cual que lo privatizó. En política, las cosas que se hacen desinteresadamente siempre son muy sospechosas. En política no existe el desinterés. Cuando ganaron los nacionales, y no me refiero al 39, yo ya avisé que iban a privatizar hasta las palomas de Correos. Lo que no podía uno imaginar es que ellos, tan católicos de una religión que se basa en la muerte, iban a subastar los muertos. Este alcalde, a quien Paco Herrera llama López del Hierro (me parece que son sus segundos, terceros o cuartos apellidos), se quitó de encima el tema del más allá, él que es de misa diaria, y hasta hay quien dice que se llevó una comisión. Yo esto de la comisión lo niego, porque niego todo lo que no he visto, y además me da igual. Pero si la corrupción ha entrado en la Casa de la Villa no sé qué hace mi querido Juan Barranco que no asiste a las sesiones con cimitarra y empieza a cortar por arriba o por abajo, lo que prefiera el cliente. IU y el PSOE -quizá porque tampoco en lo municipal están de acuerdo, qué pesados-, vienen dejando hacer a una derechona que yo no digo que haga cosas pecaminosas, pero sí equivocadas. Cada calle de Madrid es ya una equivocación, un socavón, una obra a destiempo, un jaleo. De Valdemingómez a la Plaza de Oriente, Madrid es una protesta, una incomodidad, un cachondeo, porque este alcalde ha confundido la eficacia con el barullo y piensa que haciendo obras de muchos años durará él otros tantos en el cargo. Ha confundido, asimismo, los túneles con la modernidad y Cea Bermúdez con la batalla del Ebro o la toma de Madrid, que duró tres años, no pasarán. La privatización de los muertos, para que una sociedad anónima explote al difunto hasta el Eclesiastés, no es propia de unos ediles que se rigen por la Iglesia Católica. Aquí resulta que no te ponen en valor hasta después de muerto. El que en vida no había sido nada, nadie, un pobre hombre, menos que un vicesecretario general del PSOE, en cuanto se muere empieza a generar dividendos y se lo disputan las empresas públicas y privadas, las multinacionales de la muerte y los deudos, que piensan en llevar el occiso al Rastro, un domingo, a ver cuánto dan por él, en plan antiquité. - Si con mi marido, que nunca pegó un sello -me dice una viuda de Chapinería-, resulta que va a hacer negocio el alcalde, mejor lo hago yo, que para eso lo aguanté toda una vida con cuernos y todo, que hay que ver lo que le pesaban los cuernos. De Valdemingómez a la Plaza de Oriente, ya digo, Madrid es un clamor, una llaga, un dolor, un gañido. Y por si fuera poco, con la soñarrera de estas calores, se levantan los muertos de la Almudena, lujosos de gusanos, clamando contra Funespaña y el señor López del Hierro, que los compravendieron por 20 duros. Morirse son 30 grados a la sombra de un ciprés por toda la eternidad.

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