Artículos Francisco Umbral

Los alcaldillos


Ahora hay por España una movida de alcaldillos que supera lo municipal y llega hasta lo inmobiliario. Los alcaldes, en España, siempre han tenido algo de señores feudales. Vienen del señor feudal y así los ha consagrado nuestro teatro clásico, aunque al mismo tiempo sean un poco socialistones. En otros tiempos y otros sitios el alcalde lo era para siempre, como el párroco, pero aquí el pedáneo se va en seguida a la capital a hacer política fuerte y ya sigue ascendiendo indefinidamente o bien para en el trullo, que no sería el primer caso. A punto ha estado Gil y Gil, un suponer. Durante la infancia, yo tenía en mi ciudad un alcalde grande, poderoso, ostentoso, ostentóreo e importante. Como venía del tronco franquista, duró mucho, todo lo que yo tardé en aprenderme los quebrados, o más bien en no aprenderlos nunca. Entonces los alcaldes escribían muchos bandos de su puño y letra. Ahora sólo firman contratos inmobiliarios que son algo así como la repartición del suelo con un hacha de ejecutar vecinos en el árbol del ahorcado.Alguien le llamó a eso «la España de Puerto Urraco». En esa España seguimos amarrados. Dijo Jean Cocteau que España es una guitarra que recibe telegramas. Hoy hubiera añadido que los telegramas son de Bush. En aquellas infancias yo tuve un amigo que hizo carrera y llegó hasta chófer del alcalde. También era locutor de fútbol de Tercera.Aquel alcalde, que además era coronel, me echó de la ciudad cuando yo estaba deseando irme. Aquel señor era de la raza de los alcaldes militares, variante franquista. Cuando me decidí a hacer vida de pueblo, siempre me han tocado unos alcaldes honestos, antiguos, y no como el que saco en mi novela El socialista sentimental, que era un pájaro piparro. Hoy por hoy, en plena ordalía democrática (o fiesta de la verdad), algunos alcaldes se vienen a Madrid de políticos totales y suelen ganar mucho dinero y ser líderes de cosas, siempre en el estilo inmobiliario del que partieron, o sea con muchas letras muertas en el Banco y mucha demagogia de camisa abierta, todo entre un falangismo de izquierdas y un socialismo de derechas. En el PP, antes Fraga, siguen los notarios con voluntad de cambiar la Historia suprimiendo aquellos chóferes golfos y políticos, como mi amigo, para sustituirlos por escoltas con la pistola más visible que un wonderbra. Un día le di mi columna a un escolta para que se la pasase al director y la tuvo todo el día recalentándose en la cartuchera, junto al arma. Cuando llegó, por la noche, a manos del director, el folio olía a crimen. Quiere decirse que estamos en una democracia armada y los alcaldillos que llegan a ministros se dedican a recalificar terrenos por la Castilla ancha y ajena. Así es como ahora hemos tenido las elecciones más sucias de cualquier democracia y esta autonomía se ha convertido en una conjura de pedáneos que vinieron a Madrid recomendados por una inmobiliaria, como el Alcántara de la tele, y están ya firmando todos los papeles sucios y timbrados que no quiere firmar el líder carismático. Resulta que esto no era una gloriosa Transición ni una transformación política y moral de España. Esto más bien era una recalificación de la patria a fondo perdido o desconocido.Buscábamos un alcalde y han salido mil trincones.

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