Artículos Francisco Umbral

El nombre de la cosa


Ahora los que mandan han decidido que ya te puedes llamar de cualquier manera, que te puedes bautizar en extranjero y quedar como una persona mayor. Ya que no nos dan PER ni empleo (a los de por aquí, digo), nos dan la libertad de llamarnos Humphrey Bogart o Linda Lovelace, que es como quisieran llamarse algunos amigos míos de garganta profunda. Sabía yo que eso de los culebrones (ahora desplazados por el reality show y el pene de Lorena Bobbit, o sea de su marido) no podía acabar bien. Todas las niñas querrán llamarse Libertad Lamarque. Yo ya tengo una ahijada que se llama Cósima, o sea que nos hemos anticipado, pero en plan fino y culto. Terminaremos por decir «tiempísimo», como en Venezuela. «¿Cuánto tiempo hace que Felipe no va al Congreso?». «Tiempísimo». Si queremos hacer bien las cosas, hay que empezar por el rey, nuestro rey prudente, Juan Carlos I, que ahora quieren que se meta a alcaldillo, tipo Zalamea. El día que le pongan en el BOE John Charles Number One, yo me voy de este país, y espero que él también. Las Greta López y los Terence Díaz son una cosa latinoché que no hace sino explicar el lamentable imperio cultural y social de USA sobre Hispanoamérica. Aquí ya estamos alcanzando ese nivel argentino y hay mucha Merryl Pérez y mucha Scarlatta González. Es la televisión y el cine, claro. Cuando la República también se dio libertad de nomenclatura, con lo que todas las niñas se llamaban Constitucional y todas las Avenidas eran de la Ilustración. Era cursi, pero al menos no estábamos americanizados. -Constitucional, hija, no bebas más gaseosa, que da gases. Yo me llamo Alejandro Francisco de Jerónimo, y no por eso le he levantado nunca la voz a nadie que se llame simplemente Pepe. El sutilísimo Miguel García-Posada, en una cosa que está haciendo sobre mis libros, me pone Francesillo de Valladolid. El nombre hace a la cosa y ya que nuestros niños no van a tener la escolaridad ni las cazadoras de los yanquis, al menos que tengan sus nombres. Esto es lo que late en el fondo de las nuevas nomenclaturas, y algún legislado sensible se ha fijado en las apetencias del gentío. Por otra parte, esta libertad de bautismo sirve para darle un poco de vara a la Iglesia, que la teníamos muy tranquila, hombre, propiciando que los españoles se olviden del santoral y el martirologio, tan rico en Procopios y Macarias. Rompemos asimismo la tradición familiar de llamarnos como la abuela doña Electa, con lo que se jode un poco más la familia, que también es un núcleo conservador. Vamos a ser más cursis y más latinochés, pero también más modernos. A lo mejor esto de los nombres forma parte del impulso democrático de Felipe/Aznar. Es todo lo que se les ha ocurrido hasta ahora. Para mí es sintomático de que el presidente está dispuesto a hacer todas las concesiones secundarias (Ruta del Bakalao), a medida que restringe las prioritarias. Así empezó y así sigue. El nombre de la rosa. El nombre de la cosa. El nombre hace a la cosa. Escribió Joyce que la Iglesia está fundada sobre un retruécano: «Tu eres Petrus...», dijo Cristo. «Y sobre esta piedra», etc. Lo que pasa es que las actuales mocedades se han adelantado al Ejecutivo y muchas Conchitas, Maripuris y María Virtudes de diecisiete años nos han salido follatrices como si se llamasen Ingrid. Le pegan a la priva, al pastillamen, a la ingle y a la cabra como si no fueran hijas de un funcionario de Aduanas o un pasante de notario. Sólo que las Ingrid de verdad que yo he amado por el mundo eran menos choricillas.

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