Artículos Francisco Umbral

Aznar


El muñeco muñido, el hombrecito duro, el juguete, nos ha demostrado que no hace falta ser genial para amargarles el postre a los genios y agriarles el vino. Basta con la insistencia, la constancia y aquello tan celiano, de Cela, de que «el que resiste gana». En España, claro. Pero las mujeres, que son más listas y que reprochan sin rencor, como madres o novias, ya se lo han advertido a Aznar en este papel: él está hoy donde está por un voto de castigo a González (apellido que engloba Rubios y Roldanes), más que por méritos propios, aunque Aznar ha sabido ser el mal menor de una derechona sin líder ni proyecto. Mi entrañable Pilar Urbano, mi bella Consuelo Alvarez de Toledo, mi niña y perdida Julia Navarro, o sea las tres sibilas cortinglés de este periódico, quizá las tres brujas del Macbeth de Moncloa, me han dicho y nos han dicho, por distintos caminos, a distintas lunas, la verdad venidera de 12/J. Pilar va de trisagio y teléfono celular, Consuelo va de bruja guapa de la Inquisición, musa de Hans Mayer, ardiendo a diario en las hogueras de la actualidad, mientras salmodia sus recetas de repostería y sentido común. Julia va de yeyé tardía y batallona, y ha dicho una de esas cosas que dice de vez en cuando: que los nombramientos, los ministros y los triunfadores no son más que el «efecto/sorpresa». Y que eso se pasa en seguida. Tenemos en este periódico, aparte mujeres líricas como Emma Cohen, mujeres sabias como las tres que digo, y el señor Aznar debiera reflexionar sobre ellas, mayormente la Urbano, que se disfraza de beata para decirles barbaridades a los santos. Aznar es un tentetieso de Donoso Cortés y Balmes, al que pudo haberse abanicado Mario Conde en un pispás, como dice María Jesús Berlanga (escuchemos siempre a las mujeres de la tribu), si él no se retira a la Moncloa a hacer aquellos ejercicios espirituales que hizo, para pedirle al jefe que interviniese Banesto. Aznar es la paciencia que puede sustituir al genio un cuarto de hora. No quieren moción de censura, no quieren generales, no quieren nada porque lo pierden. Se contentan con el bonito juego de las extrapolaciones, que es el monopol de los niños de derechas cuando salen del colegio. Aznar está jugando al juego del rol, haciendo de presidente, y me asombra desde el domingo el optimismo vicario con que se reparten carteras y agregadurías. De momento, ya hay más fascismo en la calle, Mercedes y el alcalde no tienen que arrepentirse de nada, la victoria euroeuropea, tan rara, va a dejar impunes incluso a los galanteadores mortales de Lucrecia Pérez. Aznar ha reunido unos ocho millones de derechona, la que hay, y le ha recordado a González que la izquierda también peca, aunque no se confiese, y que los bajitos y los ladrones también van a la oficina. Aznar, en Andalucía, es el partido de los caballistas, y si sumamos pueblo sale más que izquierda: sale revolución. Andalucía es nuestra Chiapas y el indigenismo andaluz quiere «comunismo precolombino», que decía Valle Inclán en Tirano Banderas. Tal que la otra noche, Celita Villalobos se ponía en jarras y pedía sus derechos, en la tele, como la roja del PP, toda de horda y minifalda. Apelaba a Ruiz-Gallardón, pero éste, de perfil cabreado, miraba el fútbol en una pantalla. Ni caso. He ahí una bronca silenciosa. He ahí los modos, modales y maneras de la derecha. (Que lean al sutil Alfonso Ussía, triunfador de los sanisidros literarios). Aznar, un bigote y cuatro ideas, una cassete y un negro, lo primero tiene que buscarse un trust de cerebros: Jiménez Losantos y sus copains. La derecha, irónicamente, va a tener un gobierno de intelectuales.

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