Artículos Francisco Umbral

Los viejos


Vienen con pies lentísimos, con pata de elefante, se les hinchan las piernas, o ya no les sostienen, los vemos por las calles de la ciudad, por los parques, hombres y mujeres solitarios, clochards de sí mismos, traídos por el calor de julio, como en un rebaño de siestas, tratando de sobrevivir hasta agosto, mendigos no de calderilla, aunque también, sino de tiempo, mendigos de sol o de sombra, de un pedazo del día, caminando hacia esa silla sola que en algún parque quemado, en alguna terraza sin Dios, les espera. Hay en Madrid 80.000 ancianos que viven solos y miserables. De vez en cuando se muere un viejo, una vieja, en el pasillo de su casa desahuciada, cuando iba del dormitorio a la cocina, o volvía, de su nada a su nada, y están unos días muertos contra el paragüero, contra el perchero, hasta que sube la portera a levantar el cadáver, entre la indiferencia de las cacerolas. Los periódicos traen eso de la justicia social, la libertad de Amedo, Pujol y el socialismo, los últimos o primeros incendios forestales de la política, todo eso en lo que ya no creemos, porque hemos ido perdiendo la fe en Dios a lo largo de la última temporada, del pasado invierno, que ha sido un thriller incesante de muertos y mentiras, de Bancos y de putas, que ha sido un lóbrego ajuste de cuentas entre el Gobierno quinquillero y el gangsterismo de misa de una. Pero nada de eso es España, nada de eso es un país. Sólo es la vieja contienda, negra y gentil, entre cuatro chicos con iniciativas y revólveres, con Ministerios, con ideíllas y pesetas. En los papeles hablamos demasiado de esas guerras intestinas, de esas mafias patrióticas y viciosas, y hasta llegamos a creernos que eso es la actualidad y la verdad, que tenemos España en las manos, que estamos en la pomada, que controlamos. España, ay, está en otra parte, la España real, que se decía hace pocos años, se reparte en parques, entre la tercera edad de las estatuas, en sacos de basura, en contenedores, ese hombre largo y misterioso durmiendo en un banco de Profesor Waskman. Es el revés del capitalismo en todas partes, es el forro de un socialismo bancario que nunca llegó a decir su nombre porque, antes ya de llegar, el dinero le tapaba la boca con su beso negro. Los viejos, los viejos, y también los niños sin Marbella, deshidratados en el calor de los pobres, que no está acondicionado en la pequeña y múltiple Ruanda de la miseria madrileña. ¿Por qué no mandan ayudas aquí mismo? Ahora han decidido esterilizar a los subnormales, mejorar la raza ¿a qué les suena eso? Ya de paso, que esterilicen a los pobres, a los parados, que todos se reproducen demasiado, a los mendigos de cartela, a los lumpen de clínex y semáforo. Será la única forma de acabar con todos ellos, de cortarle los flecos sucios a este socialismo que nos ha salido mal, a este capitalismo tercermundista, a esta democracia que ahora amenaza a los viejos con seguir rebajándoles la pensión. Los que la tengan, claro, que los viejos de julio, lentísimos viajeros hacia agosto, sólo tienen su bolsa del Corte Inglés, o su bolsero de señora, sudado de cien calores, con una aspirina suelta, dentro, unas monedas que ya no valen y un atijo de pañuelos, medicinas y mortadela. Es el saldo de España, el barateo, la resaca de los mares de piedra de Madrid. La noticia es la mierda, la pobreza, no el idilio de Amedo con Felipe, tan sobado. Lo que resta de España son los viejos, viejos de pobreza, pobres de vejez, más patéticos porque ni siquiera parecen profesionales de la mendicidad, sino la extinción lentísima de alguna clase media estilizada en miseria en quince o veinte años. Miro a la vieja y lo que más me mueve es que no sabe ni ser pobre.

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