Los fieles difuntos
Hoy es su día y están de fiesta, su triste fiesta con ramilletes de lluvia, pero es precisamente el resto del año, todos los días menos éste, cuando los fieles difuntos andan entre nosotros, y no es que sean como de la familia, sino que son nuestra familia, no tenemos otra, las mujeres y los niños cuya vida se prolonga entre nosotros (no somos más que eso, una prolongación), los hombres recios que picaban su tabaco en silencio. Ahora, los muertos están todos en la sección de no fumadores. Para mucha gente, morirse es dejar de fumar, sólo eso. Los fieles difuntos. A lo mejor nos fueron infieles cuando vivos, pero eso no importa. Ahora nos son fieles como difuntos. En Manuel Becerra se formaba, y supongo que se forma, la callada verbena de los muertos, que se han citado en esa plaza con los vivos para entregarles su ramo de crisantemos, que es lo que han cultivado todo un año en el huertecillo breve de la fosa. La gente se vuelve a casa con las manos vacías, en el autobús, pero es que ha habido un equívoco, con las prisas, el equívoco de todos los años. Las flores eran para nosotros y las oraciones para ellos. Manuel Becerra, plaza popular y vasta, con mucho ladrillo vecinal y consagrado, a dos pasos de ese otro cementerio redondo que es la plaza de toros de las Ventas. Los muertos andan todos los días cazueleando en nuestras cosas, entrando y saliendo de la cocina, como la abuela que ya de vieja se robaba azúcar a sí misma. Muertos de la familia, muertos amigos, fieles difuntos, distantes o cercanos, siempre como fondo de los recuerdos vivos, inmediatos, hasta que uno de ellos se adelanta, se nos pone delante, y no queremos mirar por la ventana porque allí está el niño, en la calle, jugando a la pelota, o allí está la abuela, mucho más muerta que de muerta, mucho más viva que de viva, volviendo del mercado con su merluza bien elegida y su ramillete en la mano para otro muerto anterior, para otra generación de muertos, que fue la suya. Los muertos, antaño, fisgaban nuestras cartas con sobre de luto, que eran las que más les interesaban. Ahora se han dejado de llevar los sobres de luto, el papel de luto, con aquel finísimo vero negro, como también han desaparecido los brazaletes de luto y las corbatas de luto en los hombres. Pero eso no quiere decir que los muertos se hayan ido, sino que se han interiorizado, los llevamos más dentro precisamente porque hemos abolido sus signos de la vida diaria. Se aburren con nuestras conversaciones, los fieles difuntos, y se les nota que están deseando volverse al cementerio, a sus nichos, tan ricamente. Quedan como parientes muy lejanos, por ese distanciamiento, y aquí es cuando viene lo más doloroso, lo más lloroso, cuando comprendemos que el muerto nos importa ya un poco menos, es un muerto en cuarto menguante. Porque la muerte tiene sus cuartos, como la Luna -la Luna es el panteón familiar del que la mira triste-, y hoy es el día en que la Luna, la Muerte, entra en cuarto creciente. Luego, echaremos de menos a los muertos, que es una forma de empezar a olvidarlos.

