Artículos Francisco Umbral

Alfonso


ESTE papel ha dado algunas fotografías de Alfonso, con motivo de su muerte, y en ellas podemos ver cómo Alfonso, voluntaria o involuntariamente, fué el cronista sepia de los perdedores.

Don Pablo Iglesias habla a la multitud, en 1915. Nacía entonces un socialismo de gorras de visera, canotiers, tipografía y palabra directa, sin retórica ni demagogia. No imaginaba Pablo Iglesias que su partido socialista y obrero iba a colaborar con una dictadura, la de Primo de Rivera, a padecer un largo exilio de cuarenta años y a renovarse, finalmente, para gobernar a los españoles, pero pagando el precio histórico de pactar con el capital, eso que ahora se llama socialdemocracia. Si Pablo Iglesias se viniera una mañana desde el cementerio civil, donde está tan a gusto y siempre con flores frescas, a dar una vuelta por Madrid, y se enterase de cómo andan las cosas, ¿qué pensaría de todo esto? Si pidiese una audiencia en la Moncloa, a lo mejor se lo ponían muy largo, porque su nieto político está siempre de viaje y se trabaja la Internacional Socialista. ¿Ha sido Pablo Iglesias un vencedor o un perdedor histórico? Ha sido un instrumento de la Historia, que siempre acaba reformando a los reformadores, y no digamos su posteridad, que ya es una cosa de usar y tirar incluso para la derecha. Otra foto es ya un icono del siglo XX español. Me refiero a la de don Antonio Machado en el café de las Salesas, 1933.

Por aquellas fechas republicanas, Machado estaba muy cerca de los socialistas y era ya el gran poeta cívico de las Casas del Pueblo. Pero acabaría derrotado, exiliado y muerto en Colliure. Machado iba a aquel café a hacer versos mentalmente (casi todos los poetas trabajan así), contando las sílabas por los dedos, como le sorprendieron alguna vez. Hoy, los jóvenes poetas se remontan directamente a los metafísicos ingleses o se quedan en Luis Cernuda. No puede decirse que Machado sea un maestro de la poesía joven. Incluso don Manuel le ha ganado en el corazón de los postnovísimos (cosa que a don Antonio no le habría sorprendido nada, pues siempre creyó más en su hermano). Es otro grandioso derrotado. «La boda de los milicianos», octubre 1936. Bayonetas, gorros republicanos, adolescentes, todo un pueblo disfrazado de Ejército, un novio austero con correaje y una novia recoleta que firma el acta. La guerra civil estaba empezando y el pueblo de Madrid todavía iba a tener por mucho tiempo temperatura de héroe y luz de victoria, creyéndose a la fuerza un Ejército de verdad con sus fusiles románticos. Es casi una foto íntima arrancada del álbum familiar de España por la garra del fascismo. Y Juan Belmonte, de batín y cavilación, dejándose hacer la castañeta para ir a la plaza, 1928. El gran torero barroco, el que hubiera querido pintar Goya, el que resume en sí todo lo que de goyesco y regoyesco (de Regoyos) tienen los toros, se suicidaría de viejo por el amor (por el desamor) de una gitanilla adolescente. A su apolíneo rival, Joselito, lo mató un toro en Talavera. Belmonte estaba condenado a ser su propio toro negro y tardío.

Qué álbum derrotado y sepia nos ha brindado este periódico la otra mañana, qué galería de perpetuos y perdedores. No sé con qué criterio (muy acertado, eso sí) se han seleccionado las fotos, pero yo establezco mi propia secuencia: el socialista, el poeta, el héroe y el pueblo. Cuando Pérez de Ayala le decía a Belmonte: «Ya sólo le falta a usted que lo mate un toro», él respondía: «Se hará lo que se pueda, don Ramón». Qué gentes ha conocido el siglo. No sé si existe España, ahora que la pedantería de derecha/izquierda lo pone en duda, pero sé que han existido unos españoles atroces, perdedores y enteros. Como tituló el otro, la España que no pudo ser. (Que ya nunca podrá ser, metidos como andamos en harina de molinos neocapitalistas). O, simplemente, la España de Alfonso.

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