¿CÓMO CONOCISTE A UMBRAL


La Fundación Francisco Umbral junto con la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Majadahonda, lanzarón esta iniciativa durante el primer confinamiento que sufrió toda España por causa del Covid 19.

Entre los meses de Marzo-Junio 2019 y experimentando este encierro, fueron muchas las personas que nos enviaron su historia. Todos ellas, valiosas, originales y emotivas. Unas de talla más literaria, otras, simplemente recogen una vivencia en tono coloquial y algunas acompañadas de fotografías que inmortalizan el momento o el sentimiento. Las iremos publicando mes a mes en nuestra web. Esperamos que disfrutéis de estas historias como nosotros lo hemos hecho. ¡Muchas gracias por participar y hacernos revivir a Umbral! .


Pablo Luque Pinilla

Pablo Luque Pinilla,¿Cómo conociste a Umbral?

Me llamo Pablo Luque Pinilla. Soy poeta de Majadahonda, donde resido. De ello dan fe algunos libros que he escrito y publicado, y que doné a la Biblioteca Francisco Umbral, con un estremecimiento casi infantil. Llegué a Majadahonda prácticamente a la vez que Umbral, solo que con cuarenta años menos. Descubrí su escritura cuando se prodigaba como columnista en las páginas del diario El Mundo, mediados los noventa. Pronto leerlo se convirtió en una droga que consumía casi en secreto. En un faro para mi forma de entender la poesía. Él fue, lo sabemos, uno de los mejores líricos que han pisado nuestras letras, solo que en prosa. Sus columnas, decíamos, eran una adicción que me llevaba a comprar el periódico a diario, sin importarme otra cosa que no fueran aquellos «Los placeres y los días» que allí publicaba. Con frecuencia, no estaba de acuerdo con lo que argumentaba, pero casi siempre eso era lo de menos. O lo demás. Porque de aquella experiencia singular aprendí que la literatura es tanto los detalles del contar como el reverso de lo dicho; tanto la flor de lo por decir, como la magia del ser de lejanías heideggeriano en que se convierte el escritor cuando deja que aflore ese doble fondo, en palabras suyas, nunca revelado. Y me hice poeta de este modo. Para que emergiera el entramado común de la vida a fuerza de contar lo que me pasa. Lo que me pasa a mí. Esa era su libertad y, de esta forma, la de los que le buscábamos casi en cualquier sitio. Así, a los artículos, muchos políticos (que yo devoraba sin haberme interesado jamás la política, salvo cuando la escribía Umbral), le siguieron las novelas, que por aquellos años publicaba sin parar, los libros de memorias (qué impacto Los cuadernos de Luis Vives), sus recopilaciones sobre casi cualquier cosa. También algunas de sus obras ya clásicas de sobra conocidas. Y hasta lo que escribía para los dominicales, como aquellos «Animales sagrados» que guardo como un mapa del tesoro. Cuando falleció me sentí huérfano. Lamenté no haber hecho algo por conocerlo en persona, tantos años viviendo tan cerca. Quizás recelaba de que lanzara mis libros a su tan temida piscina (gracias, maestro, por aquellos piscinazos purificadores). Quizás pensaba que la mejor forma de visitarlo era leerlo y dejarlo tranquilo. Ser de lejanías para estar más cerca que ninguno.

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