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EL ARTÍCULO [del día] 18-04-1996, EL MUNDO
Un cristiano
Lo tuve junto a mí, el verano pasado, en El Escorial, donde accedió a participar en nuestro curso «Hombre clínico/hombre lírico» justamente como hombre lírico (místico). No sólo dio su conferencia, informal y conmovida, «improvisada» y profunda, sino que me pidió quedarse todo el curso, pues que le interesaba mucho la intersección entre la barbarie científico/técnica y el hombre lírico/místico/humanista: dos mundos que se ignoran y hasta repelen. Ya Ortega, en su «Libro de las misiones», denunciaba al científico como «hombre inculto». Aranguren veía en nuestro curso una posibilidad de humanizar la ciencia, la técnica, la medicina incluso. Aranguren auspiciaba en la barbarie técnica una nueva idolatría, certificada esta vez por las ciencias exactas y los brillantes resultados. Contra la idolatría de la máquina, Aranguren fue uno de los últimos en levantar una forma de humanismo, en su caso el cristiano. Ya Cela (debe ser una cosa generacional) dice en uno de sus libros de viajes que los autos, las máquinas y los bidés le parecen «cosa de masones». Descontada la ironía cachonda de Cela, viene a ser lo mismo de Aranguren. Quizá el común horror generacional, ya digo, de unos hombres que nacieron bajo el patronazgo de Unamuno y van a morir por computadora. Bergamín tuvo la gallardía de negarse a ser hospitalizado y consiguió morirse en casa, realizar «su propia muerte» rilkeana. Aranguren, en el curso que digo, también manifestó su voluntad de morirse en su cama (no sé todavía dónde ni cómo ha muerto, mientras escribo), y no por rechazo irracional de la medicina, naturalmente, sino por rechazo político de la muerte serializada que nos imponen estas democracias cibernéticas. Era, en agosto del año pasado, un hombre acabado, una hilacha del Aranguren dandy, ácrata y cristiano primitivo que a todos nos fascinó durante muchos años. Le dejaron finalista del Premio Nacional de las Artes y las Letras (una de esas formidables y espantosas máquinas ministeriales), para premiar a un remoto discípulo suyo. Me lo comentaba una tarde merendando en Lhardy, y terminó lleno de bondad (éste sí que sin acritud): - A mí siempre me dejan finalista en todo. Espero que ahora los plurales autores del disparate escribirán, como los beneficiarios de aquella injusticia, temulentos artículos sobre la «irreparable pérdida», pues que son inevitables asiduos del tópico. Aranguren, aquel gran finalista de la vida, una trayectoria que va de Eugenio d'Ors a los nuevos teólogos antivaticanos, Hans Kung y todo eso, muere como tal finalista, pues que España nunca le dio reconocimientos reales, y sólo algunos oficiales, que no sirven para nada, salvo para salir en los periódicos, y él no quería salir en los periódicos porque se creía feo. Feo, cristiano y poco sentimental, sino más bien intelectual hasta la raya de luz o sombra de la fe, he sentido muchas veces cómo apoyaba en mi brazo su esquelatura sin peso, hecha de balbuceo y teología. Era como llevar del brazo a un levísimo ciego lleno de lucidez y clariver. Hasta le hice un soneto en el homenaje final que le dedicamos, y, como no había flores a mano, mandé cortar un árbol de la montaña para él. El árbol no llegó, pero hubiera sido su merecida cruz.


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