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EL ARTÍCULO [del día] 20-12-2000, EL MUNDO
El niño, pastor del abecedario
«El hombre es pastor del Ser», dijo Heidegger, naturalmente. Pero el niño sólo es pastor del abecedario, sobrino de una tilde como de tía Matilde, y ahora nos dicen que los niños españoles no se saben las letras, en un 70%, que la enseñanza primaria está yendo mal desde hace mucho, y eso que lleva nombres de grandes poetas: «Escuela Federico García Lorca», «Escuela Miguel Hernández». A nuestros niños se les han escapado los rebaños de haches, de esbeltas eles, de bes y uves. Los niños españoles, pastorcillos, confunden las churras o vocales con las merinas o consonantes. Equivocan «la pe de larga espada», ya no aprenden gramática como antes, son huérfanos de los nobles diptongos, que eran la aristocracia del Catón. Los niños pierden por el camino los acentos. Pulgarcito era más listo -sin duda, un niño mejor escolarizado, como los de antaño- y dejaba migas de pan por el sendero para luego volver a casa con señales. Siempre he pensado que no eran migas lo que dejaba Pulgarcito en su reguero, sino comas y puntos, haches difíciles, eñes coquetas, eñes como guiños, eñes engañosas, eñes sin legañas. Por eso, y contra lo que dice el cuento, los pájaros, que no comen letras, no le picoteaban el camino a Pulgarcito. Pero un día vinieron los pájaros negros de la enseñanza religiosa y se llevaron en sus picos todo el abecedario, y Pulgarcito tuvo que buscar aquellos colegios en cruz, la llamada enseñanza religiosa, para encontrar su colección y su alfabeto, y aquello ya no era la casa común de las palabras, sin Federico ni Miguel ni Pablo ni Rubén, ya no era la sonriente casa de la escuela, las letras ya no olían a flor sin nombre ni se las daban gratis a los niños, que no volvían a encontrarse consigo mismos, sino con un pesaroso monaguillo sin latines. Lo que sale de este cuento es que España necesita ante todo un Ministerio de Ortografía, dada la ignorancia de los contables, dados los palotes de algunos periodistas, la confusión de los que sólo hablan por móvil, el analfabetismo de los nobles, la viva quiebra que se ha producido entre el país y la gramática, entre los españoles y el español, entre el pimentonero y su lenguaje. Ha sido cosa de pocos años, ha sido el terrorismo de los números y las pesetas, esa superstición de «lo práctico», como si hablar o escribir no fuese práctico, y hablar un idioma que ya entendía hasta nuestro perro. Ahora es cuando sabemos claro que el idioma no lo cuidaban los escritores ni los académicos, sino los niños, que eran pastorcillos del ser de las cosas, que es su nombre. Todas las máquinas trituradoras de la inteligencia -Internet, televisión, transistores, videojuegos- han dejado al pequeño pastor sin rebaño, sin pensamiento, sin discurso infantil, ah la magia del discurso infantil. Los grandes sistemas políticos, filosóficos, estéticos, científicos, principian por la ortografía. Lo que necesita España con urgencia es un Ministerio de Ortografía.


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