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EL ARTÍCULO [del día] 27-09-1997, EL MUNDO
Cristina en cursillo
Algún obispo o curato ha tenido la graciosa idea de que la infanta Cristina y su novio hagan un cursillo prematrimonial. Aquello de los cursillos prematrimoniales nos quedaba como los retiros espirituales y otros píos inventos del Opus Dei, el nacionalcatolicismo y el cura de la parroquia. Pero ahora vuelve todo eso y la Iglesia se lo impone a una infanta, para dar ejemplo o para decirle una palabra más alta que otra a esta alta criatura, por si acaso, que están saliendo ahora por el mundo muchos pecados heráldicos, no digamos los Windsor contra los Spencer, que eso es como los Caballeros de la Tabla Redonda. Examinemos el disparate eclesiástico. Lo primero, yo creo que se trata de juntar el Trono y el Altar, una vez más, según la fórmula tradicional que tanto daño ha hecho a España. Por otra parte, yo pienso que una infanta, desde que nace, vive en continuo cursillo prematrimonial, pues ha nacido para enlazar con otras familias reales -o no- y continuar la especie de la sangre azul. Y luego, viniendo al común de las cosas, ocurre que el noviazgo en sí es ya un cursillo prematrimonial sobre la marcha y por experiencia. ¿Por qué las parejas no se casan el primer día y hale, a holgar? Precisamente porque se imponen unos plazos de conocimiento, acercamiento, contraste de caracteres, etc. (aparte inconvenientes materiales que no son del caso). Lo peor de los cursillos prematrimoniales es que son obvios, como casi todo lo que se le ocurre a la Iglesia postconciliar. Obvios porque para eso ya está el noviazgo. Y, viniendo a lo que nos ocupa y preocupa directamente, la boda de la infanta, parece que ella ha tenido un largo noviazgo con el vasco, parece, asimismo, que es chica de mucho salir y que ha conversado con los hombres y las mujeres de su entorno, en Barcelona, como una particular, con lo que no puede considerársela una novicia que tenga que aprender de un célibe gordo los cuatro rudimentos que él ignora y que ella conoce bien, sin duda, para sacar adelante los primeros tiempos -los más difíciles, dicen las madres- de un matrimonio que se anticipa como afortunado sólo con ver a la pareja. Entra como la risa nerviosa cuando se le impone a la infanta Cristina, una infanta de la gente, la disciplina de un cursillo prematrimonial, ciudadana como es de una capital cosmopolita como Barcelona, e inserta como está en su generación y en su tiempo. Esta infanta se escapa del museo, como las de Manuel Hidalgo, y supongo que hasta baja al Metro. De los hombres sabrá lo que cualquier chica/telva y de su novio en particular aquello que dijo Ramón: «Novia es la que mira al novio». Las novias, en efecto, nos miraban mucho, ay, y creíamos que era amor, pero era un cursillo prematrimonial que estaban haciendo. A la Iglesia no le basta con casar infantas, sino que además quiere comerles el tarro con una catequesis tardía, cuando la catequesis se la podría dar Cristina a ellos, seguramente. Lo que no saben los archiarzobispales es que esta infanta baila, como en las novelas, y que la juventud ha cambiado mucho, incluso la juventud palaciega. Lo que digo, el Trono y el Altar, ya tienen la Almudena junto a Palacio, como me decía Tierno Galván, y quieren seguir estrechando lazos. A lo mejor quieren explicarle pudendamente a Cristina que los niños no vienen de París ni te los encuentras en un canastillo, a la deriva de cualquier río, hoy Confederación Hidrográfica o Trasvase Tajo/Segura. ¿Por qué no dejan en paz a la infanta, que parece chica despierta y actual? El clérigo en cuestión -qué cuestión- que se limite a fumar un puro en el banquete de boda, como toda la vida.


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