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EL ARTÍCULO [del día] 14-04-2005, EL MUNDO
Los teólogos
Con la muerte de Juan Pablo II y la elección de un nuevo Papa se han puesto en marcha los teólogos, que son los barones de Dios, han acudido a la panoplia de su teología y han desenfundado los Cristos para pertrechar de nuevo a la Iglesia de munición fundamentalista, verdades macizas y recursos bélicos. Se ha iniciado una guerra santa dentro del Vaticano. Con la movida de la teología vuelven los nombres prestigiosos y dominicales que imperaron hasta los años 50. Vuelve a citarse mucho a Teilhard de Chardin y todos aquellos nombres y autores que leíamos entonces, alternándolos con Sartre y Camus, pues el estudioso tiene una adolescencia erudita en la que busca la verdad por las cuatro esquinas o en el esquinazo impaciente de sus compañeros. El adolescente no ha tenido tiempo de leerlo todo y se anticipa a los libros venideros con el libro casual que, como dijera Juan Ramón Jiménez, es el que se lee en las copas de los árboles con mayor provecho. La juventud es adivinación y tiene el don de adivinar los libros antes de leerlos. Luego supimos que el teólogo es un falso filósofo con final previsto, o sea, el encuentro con Dios y sus coros de niños cantores y sabios. El filósofo, por el contrario, es el protagonista de la intemperie, el que piensa a todo riesgo y no busca una solución final al mundo sino la clave de su continuidad para nada. Dice Heidegger que vivimos atravesados por el lenguaje. Heidegger es el teólogo sin Dios, el que se sustenta de sí mismo, como tenemos que acostumbrarnos a hacerlo todos. La filosofía moderna ha quemado todas sus etapas, ha pasado como un ventarrón mental por Descartes, por el pensamiento absoluto, por Hegel, por la razón pura, por el pensamiento existencial, hasta conquistar el presente despojado en el que la filosofía se reduce a política, la teología se reduce a ceremonia y Dios está de viaje. Roland Barthes o Baudrillard, de vuelta de absolutos, prefieren quedarse en ensayistas vertiginosos de lo que pasa, y ahí sí que está la verdad, la humilde verdad rumiante de cada día, la incógnita de cada hombre. Los grandes teólogos absolutistas se van extinguiendo como los grandes paquidermos, por inútiles, por difícilmente manejables y por transportar demasiado despacio las magnitudes del cielo y la tierra para luego dejarnos, solamente, un Cristo de marfil que han tallado toda la vida en su colmillo. Hoy necesitamos más pensadores concretos, como José Antonio Marina, y menos teólogos abstractos como los que van a elegir al sucesor de Wojtyla. La religión vaticana es un círculo cerrado, un juego de ida y vuelta donde todos se intercambian bolas blancas y negras, también marfileñas, para resumirlo todo, a veces, en un favorito que dura unos días. La Iglesia camina hacia el cementerio de elefantes y todos los viajes del Papa muerto no sirvieron de gran cosa sino a quienes practican el comercio del marfil. El teólogo trabaja con una maquinaria fría y duradera que siempre arroja la misma suma. En el Vaticano no ha entrado nunca la democracia.Tampoco ha entrado en el cielo. Si el catolicismo es un humanismo lo será a pesar de los teólogos, esos falsos profesionales de la duda ya resuelta a quienes el Espíritu Santo les come en la mano como una paloma.


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