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EL ARTÍCULO [del día] 25-09-2000, EL MUNDO
Arzalluz
Carmen Gurruchaga e Isabel San Sebastián, dos buenas amigas y dos grandes profesionales, han escrito un libro fundamental sobre el tema de ETA y concretamente sobre la política del señor Arzalluz, política o políticas, pues ha quedado claro en dicho libro que el jefe del PNV viene jugando a varias bandas y tiene un uniforme de demócrata, otro de terrorista, otro de vasco de orfeón, y otro de jesuita. Este libro abunda en documentación secreta, que ya ha dejado de serlo, y, pese a sus múltiples enfoques, viene a resumirse para el lector en la conclusión de que Arzalluz nunca ha sido neutral en sus relaciones con el Gobierno de Madrid, con ETA y con los partidos y público en general. Las revelaciones de Carmen e Isabel son muy contrastadas y convincentes, pero no hacen sino venir a documentar lo que todos o casi todos ya sabíamos: que el señor Arzalluz (otros lo llaman padre) ha jugado su juego hábilmente, disfrazando de neutralidad democrática lo que no era sino política confusa al servicio siempre de los terroristas. En el democratismo de Arzalluz han podido creer los más ingenuos, los tontos, los nacionalistas de buena fe y algunos periodistas inerciales. Pero todo lo que ahora se nos revela lo sabíamos ya, por intuición nada milagrosa, quienes venimos prestando especial atención al melodrama de este jefe político y al escenario vasco en general. Primero, porque las actitudes y declaraciones de Arzalluz han sido siempre alarmantemente parciales. Segundo, porque Arzalluz miente muy mal y se le nota todo, lo que quiere decir que miente barroco, que usa demasiadas palabras y que se contradice dentro del más breve discurso. En el democratismo de Arzalluz han creído quienes querían creer, o sea el Gobierno de Madrid, los partidos españoles de Vasconia y los periodistas que han encontrado tema en rebatir a Arzalluz, lo cual es tanto como ratificarlo, es decir, tomarlo en serio. No hay más remedio que dejar clara una cosa: entre los buenos políticos profesionales, llegando hasta los presidentes González y Aznar, se ha vivido la comedia de que Arzalluz era un demócrata afanado en conseguir diálogo entre los violentos, como él dice, y los madrileños. Y esto ha sido así porque el diálogo con Arzalluz daba apresto político, fingía una situación de intercambio ideológico, protagonizaba a unos y otros y, sobre todo, mantenía la esperanza del gentío en que se iba avanzando poco a poco hacia la paz. El libro El árbol y las nueces no es un libro/revelación sino un libro/confirmación, que viene a afirmar a cualquiera en la piadosa sospecha de que Arzalluz estaba representando un papel y que ha sido el más brillante traidor a España y el más saduceo servidor de ETA. Aquí todos son culpables porque todos han hecho como que creían en la gestión del jesuita, algo así como si Arzalluz fuera el Pujol vasco. Arzalluz tiene cabeza de cura viejo, boca en forma de mentira, nariz poco vasca, ojos intensos y voz sermoneadora que le convierten en el predicador más adecuado para la burguesía vasca que se ha obstinado en situar en él los restos de un nacionalismo político que alimenta más la nostalgia que la evidencia. Porque todo lo que dice Arzalluz parece que va a misa, pero yo sospecho que quien nunca más ha vuelto a misa es el propio Arzalluz.


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