Entrega del Premio Francisco Umbral al Libro del Año 2014

Don Narciso de Foxá alcalde de Majadahonda y Doña España Suárez presidenta del la Fundación Francisco Umbral Tienen el placer de invitarle a la entrega del Premio Francisco Umbral al Libro del Año 2014 que ha sido otorgado a Réquiem habanero por Fidel de J.J. Armas Marcelo, editado por Alfaguara. El acto tendrá lugar el martes 17 de marzo a las 19.30 horas en la Biblioteca Francisco Umbral de Majadahonda ...
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EL ARTÍCULO [del día] 04-09-2004, EL MUNDO
UNA TERTULIA DE ANTAÑO
En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía un hidalgo cuyo nombre sí recordaré, por grato y provechoso para mí: Alonso Quijano llamábase el caballero, que en este momento, como todas las tardes, les da portazgo a sus jocundos libros para dedicarse a recibir a sus amigos de Madrid, puntuales y variados cada tarde. Don Manuel Azaña suele ser el último que llega por obligaciones de su alto cargo, que le cogemos en el año de presidente del Gobierno Español. Le ha traído el automóvil oficial, uno de esos automóviles negros y brillantes como los zapatos de la gran escalada del poder. Este coche trae hasta los interiores de La Mancha un olor lento, pesado, casi religioso, que es el olor del poder, el aroma suntuario y a veces masónico de la gloria. Don Alonso Quijano y Don Manuel Azaña renuevan casi todas las tardes el abrazo distanciado y catedralicio de su buena amistad, que Azaña se perpetuó en la conquista del poder y Don Alonso se retiró a sus dominios, alrededores de Alcalá, a escribir su memorable libro, memorable hoy, esta tarde, cuando se espera la salida de la segunda edición, tras el éxito de la primera y el escándalo de un tal Avellaneda, que estos escándalos plagiarios ensanchan la gloria del verdadero autor. -Querido Don Alonso... -Querido presidente... Los pájaros vuelan bajo, con demasiado peso de luz en las alas.Los molinos acarrean cangilones de sol hacia más sombra, a medida que el día muere. -Ayer, a esta hora, había mucha más luz y esa tropa de resoles que tanto le gustan a mi esposa y hasta la ponen sentimental. Se sientan ambos caballeros. Ya están allí algunos ministros de Azaña, algunos republicanos de la vieja guardia y los demócratas de rigor y última hora, que visten de tales y son la vanguardia de esta tertulia de antaño y la vanguardia de la vida española de este momento. La salida del segundo Quijote ha puesto como una pausa de sensatez en el transcurrir nacional. En la calle de Atocha, Madrid, las máquinas arrean como cuádrigas con todo el papelote del nuevo libro, que huele como olía Gutenberg el día en que no se había bañado por exceso de trabajo. Lope de Vega, el Lopillo de todos, extiende una simpatía a distancia, una sonrisa pícara, desde su coche de un solo caballo, pues él galantea de hombre solo y sonriente, siempre dispuesto a lo que venga. El penúltimo coche que se ve allí es la vieja y pesada carroza de Góngora, densa de terciopelos, curial de púrpuras y como recién llegada de Córdoba, por la patria molida de las ruedas y el juego de resoles que ha puesto su estrella pueril en toda España. Los que faltaban. La señora de Rivas Sherif, marfileña de caminos y morenaza a la moda. Cipriano Rivas Sherif, cuñado y amigo íntimo de Don Manuel, naturalmente. Incluso se había hablado de amores entre ellos, pero Azaña cuando estuvo en Francia estudiando un sistema militar para gobernar a los españoles, aprendió mucho, aparte de ese militar sistema, del amor de las francesas, el desamor de las parisinas y concretamente de las dos amantes que tuvo en París con piso puesto a la española. Por cierto que a ambas las llamó Consuelo, lo que no deja de ser un punto de melancolía sexual para el ateneísta madrileño que andaba perdido por París. Con ellos viene la Bibesco, embajadora de Rumanía y seductora insistente e infrecuente de Azaña, que se limitaba a ensayar con ella el juego erótico verbal. Eran los años 20 del redundante siglo y todo el mundo tonteaba amores con todo el mundo, pero el fondón e irónico Don Manuel nunca se dio por vencido ante la diplomacia de Bucarest. Azaña no solía llevar consigo socialistas ni comunistas, ni siquiera comunistas desteñidos, pero en la tertulia de Don Alonso había de todo y las Españas se serenaban bajo un cielo de estrellas agrarias y giratorias que era el verdadero arranque del Quijote antes de las prosas de don Alonso, largas, elegantes como una pincelada de Velázquez, arañadas de vida e ilustradas de cárceles. Don Alonso tomaba asiento y probaba sin ganas el rosolí italiano, al que se había aficionado en aquellas tierras, como metiéndole un dulce látigo sentimental a su esquelatura seca y polvorienta de caminos españoles. Don Manuel Azaña se asegundaba en el tema de Avellaneda, que para él tenía mucho resabor judicial, o sea de origen: -¿Y el caso Avellaneda lo va a dejar usted así? -El plagio o el robo ensanchan nuestras posesiones. Tenemos lo que nos quitan. Y pienso así porque nunca he tenido nada. -Se harán comedias de ese asunto -dijo Lope-. Era un tema que había movido a España. El triunfo y novedad del Quijote eran completos. Y esto se aseveraba en aquella España con la facilidad con que aquí corren los plagios. Lo dijo Azaña: -En Madrid proliferan las estafas con la misma facilidad que las acacias. Don Alonso no parecía apasionado por el asunto sino que su gran triunfo le había dado una seguridad, incluso una paz, que era la de su gran madurez, o sea 50 años. El español que no ha estrenado una comedia o un cargo político después de los 50 era o es un español frustrado. Don Alonso había cogido el éxito al vuelo entrando en la gloria literaria como quien entra en religión.Todas las tardes se atusaba el bigote para recibir a los otros cartujos, mayormente el paisano Azaña. Sólo había un beneficio comparable al de leer el Quijote, que era conversar con el autor del Quijote. El viento se dormía en los altos de La Mancha, el mundo era un horizonte vertical y aquellos hombres -lo mejor de España- tenían entre sus manos la clave y sustancia de lo español, asistidos por mujeres bellas y convenientes. Qué hora de España. Criados, bachilleres, curas, bibliotecarios, barberos, mozas, escuderos, todo el servicio de Don Alonso trapaceaba por la casa en un tiempo fuera del tiempo, que era el atardecer todavía con sol en las bardas y con hombres enteros en la España. -En Madrid moveré todos mis poderes para volver a la Justicia del siglo XVII -dijo don Manuel hablándole sonámbulo a la noche. Entraba en la alamedilla, trayendo su propia noche de equipaje, el carretón de Quevedo, siempre precedido, como decía él, del «pálido rebaño de sus enfermedades». Quevedo abrazó a Don Alonso, ignoró a Lope, peseteó con Azaña, nuevo cargo en la Corte, como Góngora. Y en su estancia se arrancó las botas y tiró las espuelas de oro. Se preguntó para qué había ido allí. El no tenía un libro como El Quijote ni iba a tenerlo ya. Le obviaban los grandes y le canturreaba el pueblo. Se echó vestido en la cama y apagó la vela con un soplido poderoso. Dejó de haber Quevedo.


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