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EL ARTÍCULO [del día] 09-11-2001, EL MUNDO
Un héroe urbano
Así le ha definido certeramente este periódico. Un héroe urbano. El espontáneo perseguidor de un comando de ETA en Madrid. Gracias a él, los etarras están detenidos. La gente ha celebrado mucho, en olor de popularidad, la hazaña del desconocido y se está rindiendo homenaje a un hombre ausente, ya que a ausencia le obliga el momento que vive y la proeza realizada. En España, todas las cosas inauditas y hazañosas o no se hacen nunca o las ha hecho siempre el pueblo. A estos efectos se suele recordar el motín de Esquilache o la más remota aventura de Padilla, Bravo y Maldonado, los comuneros de Castilla. En lo de Esquilache, el pueblo se movía contra una injusticia, contra una tiranía que se simbolizó en el vuelo de los chambergos. Nuestro héroe anónimo ha actuado contra la tiranía del terrorismo y en él pudiéramos representar el impulso general de un pueblo que quisiera moverse y no sabe en qué dirección. Nuestro héroe anónimo ha elegido la línea más corta. Los comuneros traían una revolución, una cosa demasiado grande para su época, algo que no cabía en el siglo. Pero el pueblo se hizo verdad en ellos. El pueblo tiene trasluces, vislumbres de protagonismo que de pronto atraviesan la Historia como una espada justa y limpia. Luego puede pasar otro siglo hasta que este pueblo, siempre sumido en su tarea, vuelva a manifestarse con rapidez, acierto y realismo inspirado. Es el caso de la carga de los mamelucos recreada por Goya, pues hay un Goya intemporal que ha estado siempre en todos los eventos de nuestra gente popular tomando apuntes para una historia ilustrada del protagonismo anónimo de los españoles. El héroe urbano del otro día es un signo social por el que sabemos que ese ímpetu callejero y justo no ha muerto entre nosotros, que todavía puede hacerse el milagro de un pronunciamiento de los oficios, de las armas y los aperos. Por las mismas fechas la Universidad se levanta contra el Gobierno en las calles de Madrid, pero a esta movida le han sobrado hombres ilustres y doctores con causa y ropón que le quitan lozanía y espontaneidad a la manifestación. Como ha recordado Cela por la televisión, éste ha sido un pueblo de anarquistas. El anarquismo político puede estar vivo o muerto, pero siempre hay un anarquista de bien que se levanta contra la muerte organizada de cualquier fundamentalismo. De haber sabido de qué iba el solitario perseguidor, miles de ciudadanos le habrían seguido en sus coches, a pie y en bicicleta. Somos muy sabios para organizar el desorden. Si el perseguidor hubiera sido menos sigiloso, miles de personas hubieran rodeado en seguida a la pareja etarra. A la gente la mueve menos un discurso político que un ademán decisivo y particular en el cielo de Madrid, cuando el gentío se toma la justicia por su mano. El pueblo cree en el pueblo y así es como se fragua la unanimidad milagrosamente. En este tiempo de regimentación y grisalla es hermoso que todavía haya héroes urbanos dispuestos a correr su aventura en nombre de todos. Al enemigo público siempre le va mal cuando la masa dice «basta». Esta ciudad ha vuelto a salvarse por ese solo justo que nunca le falta a Madrid.


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