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EL ARTÍCULO [del día] 04-03-2002, EL MUNDO
Miguel Hernández
Esa cosa que ha hecho Televisión Española con la vida de Miguel Hernández adolece de un vicio muy actual y general, que es la novelización de cualquier cosa. Por una parte los editores, que creen más en la magia comercial de la novela (magia creada por ellos mismos), y por otra el público consumidor, que ha reducido toda la cultura a un asunto, a un argumento, a un guioncete. Si no hay trama, si no hay asuntillo no hay película ni miniserie de tv. Con la vida de Miguel Hernández podía haberse hecho un reportaje lírico, un documento histórico, una elegía literaria, todo menos una novela porque la vida del gran poeta oriolano no fue una novela ni una película ni una serie corta ni larga, sino una de las más impresionantes y respetables biografías de la izquierda española en la Guerra Civil. El documento gráfico, desde la foto a la filmación, la transparencia, todos los recursos del género podrían habernos dado una página cinematográfica de gran belleza y efecto, pero el señor Frade se ha dejado llevar por la novelización, ese vicio que tanto mal ha hecho al cine español. Así, novelizaron a Ramón y Cajal, a quien el gran Adolfo Marsillach salvó como pudo de la serie. Novelizaron a tanta gente que está muy por encima de la telenovela, y ahora anda por ahí una novelización cinematográfica de Severo Ochoa que convierte al gran hombre de ciencia en un punto fijo de todas las fiestas de todas las jets. El tercermundismo de nuestra televisión se manifiesta en la incapacidad para imaginar algo poético que se salga de los cauces realistas y narrativos, pues precisamente eso es la poesía: el convertir la prosa en otra cosa, según ya dijo Machado. Bardem hizo una gran película para la tv con la vida y muerte de García Lorca, creo recordar, pero nadie más es capaz de novelizar discretamente una vida, un viaje, una época, sin meterle un asuntillo para la cosa del morbo. Incluso los anuncios de perfumes están ya novelizados, y qué digo de perfumes: los sopipollos y el jamón llevan en su skecht unos centímetros de asuntillo. Parece que, así, las cosas le entran mejor al gentío, que no ha leído más que novelas, y generalmente malas, en las que sólo busca el asunto y nunca los contenidos éticos o estéticos de tan frondoso género. Y aquí damos con uno de los males más importantes de nuestra cultura. No es que la gente lea poco, es que sólo lee novelas, y de las facilitas. Lo narrativo es lo elemental, es el fabulador de historias toscas a la luz de las antorchas, en la noche de la tribu. Mientras tanto, los hechiceros, los sacerdotes, los sabios, entraban en relación con la luna, las estrellas y el intemporal lobo. Pero Frade ha optado previsiblemente por la novela corta de una vida que acortó el franquismo. Ni la película a lo Bardem ni el documental lírico ni el informe técnico, ni Pablo Neruda ni Sánchez Mazas ni Buero Vallejo ni Ramón Sijé ni Cossío, todos falseados no sólo físicamente, pero humanamente. No vale la pena desenterrar la vida del gran Miguel Hernández para hacer una seriecita corta donde lo único que se demuestra es que este Gobierno de Centro no siente asquito por contarnos la vida de un comunista ingenuo, puro, valiente y gran poeta. Ya no somos rojos ni azules. Lo que no sabemos es hacer cine.


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