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EL ARTÍCULO [del día] 01-04-1992, EL MUNDO
La cultura
Hay una relación directa entre el V Centenario y ETA. Hace cinco siglos se fraguaba una nacionalidad, la española, que incluía América y los mares. A esta forma expansiva y monstruizada de nacionalismo es a lo que se llama Imperio. Todos hemos sido educados en la mística del nacionalismo, de modo que el nacionalismo vasco, violento o no, no es sino un mimetismo del otro, del nacionalismo grande, imperial. La idea de Euskal Herria es una respuesta simétrica a la idea de España. Nace de la misma cultura nacionalista. Pero si la cultura recibida ha sido funesta en este sentido, la cultura que viene, en cambio, la de la aldea global y el mundo intercomunicado, contribuye en gran medida a desfanatizar los Estados, los países, las naciones, las etnias y las lenguas. Y esta cultura venidera -ya está aquí- se corporaliza naturalmente en los jóvenes. Así como ayer decíamos aquí que ETA puede seguir generando nuevos combatientes y dirigentes, otras levas de hombres jóvenes, hoy quisiéramos matizar (y es un dato sociológico del País Vasco) que el internacionalismo cultural de nuestra hora es algo a lo que no escapa nadie y en el cual se hacen solubles todos los localismos, costumbrismos y atavismos. Caso monumental de esto ha sido el de las mocedades de la inmensa URSS y la Alemania Este, mimetizando la universalidad de la cultura occidental, de los tejanos a la acracia europea que viene desde el 68. Lo que ha pasado con las mocedades sovietizadas, su integración inmediata en la música occidental, en la hamburguer y en Foucault, es lo que acaba pasando hoy con todo hombre joven, que tiene por patria el mundo e incluso los otros mundos (pasión por la épica del espacio). A mayor cultura, menos nacionalismo, podría ser el esquema. Y a la inversa. Ahí están los apodos, por ejemplo. Los apodos con que se llaman entre sí los etarras, los apodos que hoy se hacen famosos: «Potros», «Gorda», «Ternera». Son burdos, toscos, rudos, elementales, faltos de ingenio, y manifiestan una cultura rural de la que hablábamos ayer. No hay en ellos sino la baja impregnación campesina. Incultura. De modo que, frente a la educación nacionalista y nefasta que nos dieron a todos, se levanta hoy la cultura real, natural, general, universal, que tanto han favorecido los medios de comunicación, y que tiende a desdramatizar la convivencia en todo el planeta. Ya sólo hay tensión en el Oriente Medio y en Gadafi, en los últimos reductos de la cultura vieja y de los fundamentalismos. Digamos que «educación» es la cultura burocratizada, estatalizada, que recibimos, y «cultura» es la educación que nos hacemos en nuestro comercio con el mundo. El problema de ETA, en último extremo, sería un problema de mala educación nacionalista, que nos aflige a todos. Pero la nueva cultura planetaria llega ya hasta el Bidasoa, y los más sensibles a ella son los jóvenes. No ya la nación o la región se hacen hoy solubles en el concepto de actualidad, pero incluso el individuo. Los surrealistas fomentaron el sueño de una obra sin autor, colectiva, y el citado Foucault, como asimismo Proust, soñaba con borrar la propia biografía, e incluso la identidad de los libros. Esto es la modernidad y lo otro, el nacionalismo vasco, español o judío, no es sino un éxtasis de la Historia, una superfetación, la arqueología de algo que una vez fue verdad. Si cualquier nacionalismo/límite (y hoy nos preocupa el vasco) llega a hacerse soluble en la totalidad de lo humano, será sólo mediante la cultura, o mejor las culturas: la pluralidad del nuevo humanismo que hoy hace a los jóvenes hermanos en el viaje, la aventura y el sueño: múltiples.


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