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EL ARTÍCULO [del día] 08-05-1993, EL MUNDO
La vida en verso
Dionisio Ridruejo, como todos los poetas de la Falange o generación del 36, cultivó a Garcilaso, a los clásicos, e hizo mejor que nadie el soneto normativo y frío. También dominaba las otras formas tradicionales. Este volumen, de carácter casi familiar, no contiene tantos inéditos como anuncia, ya que un buen lector de Ridruejo -yo mismo- recuerda muchos de los poemas ahora antologizados. En cuanto a los dibujos casuales que ilustran el volumen, obra de Ridruejo, son directamente malos, y andan entre el surrealismo y Jean Cocteau, pero en aficionado. Se descubre en estos dibujos, pues, que DR, atento a la cultura del mundo, vivía en contradicción no sólo con la ética franquista, sino con su estética. De esta contradicción acabaría haciendo DR el eje de su vida, que, siendo tan singular, no ha trascendido hoy a los jóvenes, como podría esperarse. Yo creo que no ha trascendido porque su poesía se encofra en un neoclasicismo que la esteriliza. Ridruejo es hombre de pasiones, pero el imperativo clasicista de su momento -como a Pedro de Lorenzo en la prosa le impide desgarrarse, abrirse, llegar a emocionarnos, salvo en los poemas a su hija recién nacida, que él mismo reivindica entre lo mejor de su producción. Recuerdo una presentación que le hizo Cela en «El Brocense»: «Este mozo desmedrado que aquí véis no ha hecho otra cosa en la vida que equivocarse». O los versos de Gabriel Celaya: Al llegar al soneto tres mil trece/ la máquina Ridruejo se detiene. Efectivamente, había algo de maquinismo y mecanismo en esta facilidad para el soneto que tiene toda la generación falangista del 36, como luego sus sucesores garcilasistas. Les faltó enterarse (y esto es extraño en persona tan lúcida como Ridruejo) de que su maestría no servía para nada. Confundieron maestría con inspiración, lo cual está muy en la estética falangista. Ridruejo, de biografía mucho más rica y habitada que sus compañeros, pudo haber vitalizado su verso con poemas más directos, emocionales y emocionantes, pero el mito generacional del clasicismo lo dejó todo marmóreo y frío. Había un poeta y había una biografía, pero nunca se encontraron. Esto es culpa de la Historia, aunque no participo en absoluto de la coartada del contexto para explicar a un escritor. Quizá soy el mejor lector que Ridruejo ha tenido en España, verso y prosa, y uno de sus mayores oyentes (le visitaba en su casa de la calle Ibiza, entre estufas, suéters, calefacciones y papeles dispersos por el suelo de su traducción de Josep Pla, «El cuaderno gris"). Quizá por eso pude hacer un buen retrato de él en mi Leyenda del César Visionario. Hasta me prometió un prólogo para un libro mío, que la muerte frustró. En nuestras conversaciones del tardofranquismo pude recoger su odio a Tierno Galván, que él imaginaba su gran rival en la democracia venidera. Yo me callaba, pero estaba por Tierno. Siendo gran poeta clasicista, yo de Ridruejo prefiero la prosa, donde se manifiesta por libre, disperso, ameno y lúcido, sin la fajadura del soneto y las medidas clásicas. Aunque nunca es un prosista barroco ni desmadrado, que eso no estaba en él. Me decía que lo que más le había costado era hacerse una prosa, y no estaba muy seguro de la suya, que no era un alarde de estilo, pero sí de precisión y moderación. El gran inédito de este libro es cuando él y César González-Ruano, en Sitges, años cuarenta, juegan a plagiarse el uno al otro: he aquí el soneto apócrifo de Ridruejo escrito por Ruano: Habita el labio apenas presentido, / volumen de tu voz y rendimiento, / la sangre de mi oscuro entendimiento / en bosques que tu amor ha prometido. Puebla tu sombra el ámbito perdido, / oh voz y sangre de mi grandimiento, / edificio de luz y monumento / alzado en la ordenanza de mi oído. Mi vida se reclina mansamente/ en la orilla del orbe taciturno de/ tu presencia muda y dolorosa. Colma mi nervio inevitablemente / el orbe que convoca tu ancho mundo / geometría perfecta de la rosa. De donde sale que César lo podía hacer todo y que tenía bien sujetos los dulces tópicos de Ridruejo (todo poeta los tiene). También hay, como en todo plagio, una ironía respecto de lo plagiado, una respetuosa caricatura y una denuncia. Ridruejo, a su vez, correspondía a Ruano con un soneto que dice: Criaturas de sombra, dientes desabrigados,/ dinastías de cal muriéndose en tinieblas... DR, tan vehemente en la palabra política, parece como que le tiene miedo al verso y a la prosa. Procura ser siempre muy razonable. Demasiado. No se concibe un poeta «razonable». La frigidez innata a la poesía de DR, víctima de la perfección formal, como en tantos otros de su generación y subsiguientes, trata de compensarse en este libro con un precalentamiento de notas biográficas, apuntes y cosas que nos dan la grande y contradictoria dimensión humana de Ridruejo, pero que no llegan a desmentir lo que hay de mecanismo en su poesía. Había muchas cosas que en el franquismo y la Falange no se podían decir, entre ellas el sexo, claro, y aquí la autocensura se alía con la interesada moda clasicista para no decir nada. Todavía cuando se va a la División Azul, a Rusia, Ridruejo es un fascista convencido, como lo muestran sus apuntes sobre los judíos alemanes, ya marcados para la muerte, y a quienes se prohibía caminar por las aceras: en la calzada, los coches los mataban sin ninguna culpa ni denuncia. Ridruejo reacciona ante esto negativamente, diciendo que los judíos en masa nos producen rechazo. ¿Por qué? Y estaba a punto de cumplir los treinta años. A lo más que llegó como poeta fue a darnos una gran lección de clasicismo. A lo más que llegó como político fue a soñar una democracia cristiana, como cuento en mi novela inédita Madrid 1940. Lo que se salva, en fin, es el personaje, el enemigo dialéctico de Franco, el sabio de buena voluntad. El hombre.


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