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EL ARTÍCULO [del día] 20-10-1991, EL MUNDO
El realismo roto
El prodigioso realismo de Miguel Delibes tenía que romperse algún día, no por feble, que no conozco otro más fuerte, sino por imperativos de la autobiografía, que, cuando menos en laedad tardía, da sus mejores frutos o purgas del alma. El primer imperativo del realismo, según Flaubert, padre procesal de la escuela, es el distanciamiento del autor como persona, su desaparición, su objetividad, su imparcialidad cinematográfica (que tampoco en el cine se cumple nunca). Y he aquí que esta última novela de Miguel es eminente, entre otros valores, porque presenta su única narración (en novela, naturalmente) en primera persona, salvo el deliberadamente débil escamoteo de transmutarse de escritor en pintor (que, por otra parte, nunca sabemos lo que pinta ni de qué escuela o estilo es). Delibes le cuenta a su hija mayor, con sabia recurrencia a la estancia política en la cárcel de ella y el marido, la historia de su madre, o sea la mujer impar que Delibes perdió un día para siempre, y sobre todo la historia de suenfermedad y muerte. La prosa de MD es realista hasta la crueldad o autocrueldad, en este relato, pero esto no debe engañarnos. Delibes le ha dicho a Carmen Rigalt: «Es un libro que le debía a mi mujer». De modo que aquí el realismo es sólo el procedimiento, pero la objetividad y la distancia, fundamentos de la escuela realista, desaparecen para bien, y es la primera persona la que nos cuenta (sin literatura ni derrames sentimentales, por supuesto) la personalidad singular, fascinante, íntima y popular de aquella mujer que yo he conocido y también querido a mi manera. Gran retrato, realista en apariencia, el que MD hace de esta mujer, partiendo de un retrato pictórico que hay en su casa. Y digo «en apariencia» porque detrás está el narrador conmovido, confesional, lleno de sangre memorial, conteniendo su corazón con una voluntad macho que supera el estilo (transparente, inexistente) y explica al hombre, escritor o no, da igual. He aquí, pues, el libro más singular de este maestro del realismo, el libro donde al fin las esclusas de la vida se abren a la novela, no para invadir el texto de llanto o queja, sino para enseñarnos, como lectores o críticos, que el realismo no basta (aquí sus limitaciones) cuando se trata .de dibujar el eje torcido, el cigüeñal roto de una vida, la propia. Gran revancha que Delibes se toma de sí mismo, con este libro autobiográfico y seco, sentimental y duro, memorial y distanciado. Elegía escarpada, realismo roto, hagiogra fía pedernal de la mujer perdida, de la madre muerta. A los «profesionales» de Delibes nos interesa más este libro, pues, que toda su obra, ya que, sin negarla, . la interrumpe u obliga. La obliga a entrar en la caverna amarga y acogedora de la memoria, «esa fuente del dolor" (Cela). Esta novela, pues, es un salto cualitativo en la narrativa delibiana, pero no un salto caprichoso o estético, sino una imposición del recordar, «que es volver a vivir», con lo que el autor sigue fiel a su ética/estética y cumple con el libro que «le debía a su mujer». Y a nosotros. Digamos, finalmente, que este laconismo en el dolor, muy valioso literariamente, no obsta para que hubiéramos preferido o esperado una historia más larga y completa de la protagonista, historia que Delibes nos da en luminosos retazos, de acuerdo siempre con su economía de la novela. Uno piensa, en fin, en dos partes del libro, una de luz y otra de sombra, contraste que nos hubiese acercado el más completo libro del autor, incluso cuantitativamente. Pero no se le puede decir a nadie qué libro tiene que hacer, y menos a un maestro como Delibes. Quizá esto que expreso aquí, un poco al margen de la mera crítica, no sea sino el deseo personal de un conocedor afortunado/desafortunado de la historia. Pero las apetencias privadas de un lector cualquiera, como yo, cuentan poco en literatura. El libro le ha salido así a MD, directamente de la «fuente del dolor», sí, y así perdurará como el más singular, sobriamente poético, confesional y elemental, de toda la obra de nuestro gran novelista. . . .


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