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EL ARTÍCULO [del día] 08-10-1998, EL MUNDO
La papela
Los españoles contamos con la papela, tenemos una papela, o sea la Constitución, nos atenemos a la papela y la papela ha funcionado durante veinte años o así, y lo que venga. Unos hombres responsables, contradictorios, esforzados, enemigos en conjunción, adversarios en tregua, produjeron este papel que ahora algunos locoides, impacientes, cantaleches y palabrones quieren destruir. No lo permita Dios, o sea nosotros. A un pueblo, a cualquier pueblo le cuesta mucho darse sus propias leyes, objetivar su identidad, nivelar sus contradicciones, olvidar sus diferencias. Una Constitución es un presente aplazado, algo que se escribe ahora para pautar el porvenir, para irlo desarrollando en el tiempo. Históricamente sabemos que los pueblos no han nacido de una Constitución, pero gracias a ella son tales pueblos. Es como fabricarse uno sus propias medidas, inventar sus gloriosos límites. Por eso nos parece ligero, irresponsable, barullero, el que ahora se hable todos los días de reformar la Constitución o romperla o cambiarla o quitarla o hacer otra. La Constitución admite reformas. La Constitución nació para eso, para ser reformada en el tiempo y por el tiempo en que se explana, desarrolla y cumple. La Constitución es la nave Argos. En la nave Argos los argonautas iban recambiando las piezas, renovando las velas, hasta que el barco era ya otro, pero lo que no cambiaba nunca era el nombre, es decir, el espíritu. No hay ejemplo más claro de lo que debe ser una Constitución que este ejemplo nauta, clásico, marinero. A la Constitución se la puede ir contrachapeando e incluso ensanchando, quitando y poniendo. En la Constitución caben los nacionalismos, los separatismos, los segregacionismos y los foralismos, con dos únicas condiciones: que el barco siga llamándose Argos y siga navegando. Si nuestro barco se hunde o alguien se olvida de su nombre, que es su espíritu, entraremos directamente en el desconocimiento de España, que es lo que quieren algunos, o muchos, en la desespañolización del barco, en la navegación a la deriva. Encuentran esta Constitución estrecha o un poco vieja, y quizá sea verdad, pero luego quieren imponernos sus constitucioncitas pequeñas, muy monas, intolerantes, bajitas y provincianas. La Constitución es el carnet de identidad de un pueblo y España, más grande o más pequeña, existe, qué le vamos a hacer, está ahí, aquí, entera o en porciones, pero hasta me he visto obligado a hacer un discurso sobre una de las grandes expresiones de España, el barroco, en un acto oficial, para que entiendan, si es que entienden algo, que España no es un invento de Aznar, sino una realidad histórica, geográfica y cultural impresionante, y que la foralidad de España puede permitirse respetar los pequeños fueros de quienes llegaron tarde a la acuñación de Europa. Lo que quieren hacer astillas no es la Constitución, esa papela, sino España, este topos, pero España todavía no ha caducado y no es la de Aznar ni la de Felipe, sino la de usted y la mía. Es tan importante una Constitución para un pueblo que ni siquiera hay que leerla. Basta con saber que está ahí, que varias razas convivenciales han puesto su firma en ese papel. Luego, cuando llega el momento de mirar algo constitucional o inconstitucional, se mira. Pero el entusiasmo contra la papela ha crecido incluso entre los menos sospechosos de piromanía. Queda moderno, progre y macho amenazar a la Constitución, que sólo es un papel. España no está de moda, porque hasta los Alpes se ponen y se quitan de moda, unas temporadas se va más que otras. Pero la Constitución, con todos sus defectos, es el sombrajo de nuestra convivencia. Aviso.


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