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EL ARTÍCULO [del día] 30-10-1992, EL MUNDO
La caseta del perro
El «Hola» trae esta semana un gran reportaje sobre la nueva y ya famosa casa de los Preysler, habitación por habitación. A mí lo que más me ha gustado es la caseta del perro. Amo a los animales, soy ecologista, soy verde, soy de la desaparecida Petra Kelly y agradezco a don Miguel Boyer que nos enseñe a los españoles a tener un perro como hay que tenerlo. Ahora comprendo que la brillante carrera política y financiera de este señor 'tenía un noble fin: dignificar al perro. Y digo al perro porque doña Isabel Preysler estaba ya muy dignificada por sus sucesivos maridos, anuncios, exclusivas, porcelanosas y cosas. En cuanto a los hijos, han ido siendo dignificados por sus padres plurales con generosas pensiones para vigilancia y guardias privados (pensiones que, según los biógrafos de doña Isabel, ésta invertía en comprarse colorete, mucho colorete). El propio señor Preysler está ya en la Historia de España y en la Prensa del Corazón, para siempre, de modo que lo que quedaba por dignificar y redimir de esta familia era el perro. Por los perros conoce uno a su dueño y este perro es de buena raza. He aquí la familia modelo de España, la familia ideal, la familia de diseño con que sueñan todas las manijas, maripuris y horteras del Presupuesto o de la iniciativa privada. Y una caseta de perro en la que viviría muy feliz una familia chabolista de Entrevías. O sea lo que se merece un perro fiel. La Ecología es la ideología que nos autoriza a tratar a un perro mejor que a un parado, porque un perro guardián no está parado. Claro que también podían haber puesto un parado en la caseta, de perro guardián, y así teníamos un parado menos y Boyer le echaba una mano en este problema a su viejo amigo Felipe. Lo que tienen que hacer los parados es aprender a ladrar y no andar por ahí de camastrones, cobrando el subsidio. Ahora se comprende, asimismo, que Boyer nacionalizó a Ruiz Mateos porque lo que quería era vivir como Ruiz Mateos o mejor. Tuvo la honestidad de comerse el carnet del PSOE con grapa y todo y meterse en la empresa privada, que es donde se cultiva «la cultura del pelotazo», como dice mi admirado señorito Juan Luis Cebrián. Su obligación era tener a su dama como una reina, y para eso no da el sueldo de un ministrillo. De modo que entró de botones con las Koplowitz. La casa a mí me parece de plastiqué, una tienda de muebles, una casa no vivida, el decorado de una comedia que no se va a representar nunca (la comedia la representan fuera, en la calle, en la vida). En el mismo número del «Hola» viene la casa de Mia Farrow, que es un poema a la cotidianidad, un grato y lírico desorden de jardines, niños, ajedrez, gente sentada por el suelo, cuadros interesantes, y de todo ello emana como un perfume íntimo y literario, con la elocuencia de las cosas vividas y el aura del uso hermoseando cada objeto. Al lado de esto, en páginas paredañas, lo de los Preysler es el panteón de un hombre ilustre. Como que ella es una extranjera que no se ha aclimatado y que realiza el modelo Ymelda Marcos, la que fue su jefa, y él es un economista pequeñoburgués escapado de un matrimonio de tedio y grisalla. No saben ser ricos. Pero son hoy la pareja emblemática de ese ideal hortera que ha creado el socialfelipismo, y Boyer ha realizado a tope el sueño de miles de sociatas con cargo, que confunden el triunfo político con el alterne. Uno de los hombres más significativos de la década, Boyer, marca bien la cultura parvenu y consumista que ha creado el PSOE y difundido la televisión. Esta casa es lo que resta tras la pasada por el socialismo. Todo es bonito en las fotos, ya digo, pero a mí me flipa la caseta del perro, con cortinillas como un cabaret o una peluquería. Cuando se muera el perro, siempre pueden poner ahí un parado de raza que no desmerezca. Los libros aparecen tan intocados e ilectos, en la mansión, como los de la Pantoja. Yo, cuando Corcuera me eche del periodismo, quiero ser el perro de los Boyer.


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