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EL ARTÍCULO [del día] 23-10-2002, EL MUNDO
El amor o Garci
Nunca hemos reparado, porque aquí no se repara en estas cosas, en que la carrera cinematográfica de José Luis Garci, desde Asignatura pendiente, ha sido una heliomaquia o lucha por la luz, por el bien, por la paz. José Luis Garci, con Oscar y todo, comprende que lo que tiene más porvenir en el mundo venidero, que ya es el nuestro, es plantarle cara o volverle la espalda a la revolución, a la violencia, al amor libre y a la libertad libre. Esos son los temas que ya hace todo el mundo desde Hollywood a la madrileña Ciudad de la Imagen. Garci, sin quererlo, es el antialmodóvar de nuestro cine. Trabaja no para la perpetua movida juvenil y litronera, sino para unas clases medias, una burguesía media, un centro derecha o centro izquierda que también tiene derecho a recibir su mensaje de toda la vida, que no está muerto ni mucho menos. Y esto no sólo por razones comerciales sino ante todo por razones personales: Garci debió ser un niño feliz, allá en su calle de Narváez, y cultiva la nostalgia y la riqueza de unos años pobres con codicia que puedo comprender muy bien, pues que es asimismo la mía. Se empieza propugnando la reconciliación de unos y otros y se acaba estrenando las pelis con el presidente del Gobierno sentado a tu derecha. No queremos decir en absoluto que Garci sea un oportunista que viene a coincidir con la Historia, sino que la Historia se ha esforzado por coincidir con Garci, y hoy, superados progresismos imposibles y españismos bifrontes, es el centro derecha/izquierda el que le da más de diez millones de votos a José María Aznar, con lo que este cine esteticista y de amplio espectro que hace Garci refleja la realidad española tanto o más que el satanismo genialoide de Almodóvar. Heliomaquia, sí, es lo de José Luis Garci, y esa lucha por la luz, tras películas anteriores, llega a su éxtasis de estética cinematográfica y bella tardanza (demasiada para algunos espectadores) en Historia de un beso, película que vimos la otra noche y que no es sino recuperación y superación de la anterior, ya que la cámara vuelve a los viejos escenarios cántabros que tanta vibración personal tienen en Garci. A partir de una gloria local, que bien pudiera ser Leopoldo Alas, Garci monta en derredor una sosegada saturnal de belleza que le permite incluso prescindir de argumento alguno o dejarlos todos truncados. Uno de los pocos españoles que tiene un Oscar se atreve a hacer un cine anti Hollywood, sin argumento, sin tiempo narrativo, sin final feliz. Un poco fatigados de nihilismo y acracia, el cine de Garci lo valoramos como un armonioso y urgente amor a la vida, una fe todavía adolescente en las cosas, en las costumbres, en el cine mismo. Hay que ver a Garci los lunes por la noche predicando cine con incesante sabiduría para comprender que se trata de un glorioso fanático que se lo juega todo por un encuadre. La izquierda que queda dirá que es un autor de derechas, pero es demasiado fácil de decir frente a un fenómeno mucho más complejo.Por ejemplo, se le reprocha la lentitud, pero es que el paisaje manda sobre la historia y a veces ni siquiera hay historia. Garci tiene todo el cine del mundo en la cabeza, pero lo grave es que todo le gusta, aunque a la hora de filmar se decanta por la tardanza poética de Kurosawa, el minimalismo de la nouvelle vague e incluso el decadentismo de Alain Resnais.


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