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EL ARTÍCULO [del día] 03-03-2007, EL MUNDO
Massiel
Massiel me envía su esperado e inesperado disco con música que se erige sobre las letras de Bertolt Brecht, letras mayormente guerreras y revolucionarias. O sea, el disco histórico de su obra teatral A los hombres futuros, yo, Bertolt Brecht, que incluye los temas Balada de María Sanders, Jenny la de los piratas, Bárbara Song, Canción de la mujer del soldado y Balada de la comodidad. Recuerdo el estreno de esta obra en Madrid, Bellas Artes, ahora, 1998, con Fernando Fernán-Gómez y Massiel. Era el éxito teatral de Europa. Efectivamente, aquel original invento pasaba de un teatro a otro y creo recordar que todo esto lo vimos tomado de Italia. Aquí en Madrid el protagonista fue Fernando Fernán-Gómez, que eligió como pareja femenina a Massiel, una Massiel de cabello violentamente negro, boca dulce y dura, ojos oscuros, grandes, agresivos. Había en el teatro quien pensaba que Fernán-Gómez se había equivocado eligiendo a la cantante de Eurovisión, pero Massiel triunfó con su voz de lluvia áspera y su aclimatación duramente resuelta mediante la audacia y sus recursos de actriz. En 1998 la querencia comunista todavía tenía un prestigio entre nosotros. Y así Massiel, volando en su leyenda de «comunista» existencial al servicio del franquismo, fue aquella noche María Sanders, Jenny la de los piratas y la mujer del soldado. Brecht, poeta alemán y dramaturgo, fue considerado como «la extraña pareja» para quienes se asomaban a ese mundo germánico sin saber bien cómo había ocurrido todo y quién era esa pareja. Esa pareja la llevaba en la cabeza Fernando Fernán-Gómez, que tuvo uno de sus grandes aciertos españoles metiendo a interpretar musicalmente a Brecht no a una alemana operística sino a una madrileña barriobajera, hija de un sastre de piso y madre de la música de festival en la España peninsular. Todo este tinglado teatral y político llegó a exasperar al marido de Massiel, que acabó presentándole a ella este ultimátum: - O Brecht o yo. Aute era contertulio nuestro en la Bodeguilla de Felipe González, cuando todos recalábamos allí bajo la astronomía de los billares del presidente, y Massiel era la novia pirata porque les había quitado un autor como Brecht a todas las cantantes consagradas de España. Así es como se instauran en Madrid «los miércoles de Bertolt Brecht», que fue el día oficiosamente comunista. La arboleda perdida de la prensa madrileña estuvo pendiente del gran actor, hoy académico, y de la violenta ninfa descubierta en segundo plano por el maestro. Por entonces había en Madrid muchos más periódicos que ahora, porque la política es lo que tiene y en la política de antaño intervenía otra gente y con otros modales más socialistas que los de hoy, digamos. Hasta los curas del Ya y los fascistas de El Alcázar anduvieron a massielazo durante un tiempo. Era más divertido vivir aquello y Brecht resultó no un comunista infiltrado sino un chuleta madrileño que iba a traer una república coronada y una tercera revelación, después de la pareja reseñada, o sea el menestral Lauro Olmo, que luchaba contra el sistema en una corrala.


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