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EL ARTÍCULO [del día] 13-03-2006, EL MUNDO
Un jardinero
Se llama Guillermo y siempre se ata unas tenazas al cinto por si hay que atornillar o desatornillar algo. Es algo así como el legionario de las flores o el jefe de negociado de las amapolas. Quiero decir que manda en los jardines y los jardineros de todo el vecindario. El pasado sábado le dimos un acto de despedida todos los vecinos, porque llevaba casi 30 años al mando de esta colonia, que es como un trasatlántico de turismo en seco. Los vecinos, que apenas hacemos vida social dentro de la urbanización, o sea que no nos vemos, acudimos en cambio a la convocatoria de Guillermo porque no hay un vecino o una vecina a quien Guillermo no haya recortado los rosales, arreglado una manguera o recauchutado la moto del niño. Meditaba yo, durante el acto de celebración (que tuvo lugar en la caseta así como canadiense de nuestro guarda mayor), sobre la paradoja de que a estos vecinos herméticos que no nos reunimos ni para el entierro de un perro, ni de nuestro propio perro, nos haya reunido la convocatoria humilde y como esquinera de Guillermo. En realidad, nos vinimos aquí a vivir con nuestras familias, hace tantos años como Guillermo, así como Gauguin se fue a sus islas, pero todas las mañanas a las 9.00 estamos en la carretera, con otros miles de coches, camino del curro y sin volver a ver la «estrella numerosa», que dijera Eugenio Montes, hasta la noche siguiente, cuando ya no hay estrellas. Guillermo, que era tan educado, ha sido en realidad nuestro primitivo, el único que reinaba en tanto silencio, entre tantos pinos y pinarcillos, con su buena mano para la cerradura rota o el clavel que ha perdido un tornillo o un pétalo. Esto que hago es la parábola del buen jardinero, que no escribiera ni Rabindranath Tagore.O sea una reflexión sobre la conquista y abandono del campo por los madrileños que ahora dejan de fumar cuando ya se han fumado medio bosque. Es el movimiento de ida y vuelta que se da hoy en todos los países civilizados que ahora pretenden, demasiado tarde, descivilizarse.Antes de Guillermo he conocido a otros jardineros y guardabosques que han pasado por aquí y se han ido pronto, incapaces de soportar tan monumental silencio, tan rubias adolescencias, tan enverdecida paz. Guillermo, la otra mañana, nos sacó una tortilla española y algunas latas. Las latas son muy prácticas para estas celebraciones, pues la gente no sabe de qué hablar y una lata que se niega a abrirse genera mucha conversación. Guillermo estaba afectado, pero sobrio, lleno de sí en su mediada estatura. No sabía él que sus vecinos éramos tan humanos y no sabíamos nosotros que nuestro guarda mayor estaba tan bien abastecido. Allí no se sabía bien si Guillermo nos invitaba a nosotros o nosotros a él. Pero eso también me pasa a mí todas las tardes en el hotel Ritz. Cuando llegué aquí, hace tantos años, Guillermo creía que yo era comunista y me llamaba Paco y de tú. No sé si ha cambiado. A lo mejor el que ha cambiado soy yo. A la salida de la cabaña, de vuelta del Canadá, las señoras parece que se han traído todo el jardín consigo. Los niños nacidos aquí no han conocido la lucha de clases. Los adultos no han conocido la lucha de sexos. Toda esta paz la difunde Guillermo con su abrelatas, sus tenazas y sus grandes tijeras de cortar por la cintura a la primavera.


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