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EL ARTÍCULO [del día] 22-04-2006, EL MUNDO
La anorexia
La anorexia es la enfermedad romántica de las chicas románticas que no tenemos, porque ahora la soñadora y volandera coge una moto acuática y cambia de continente para cambiar de novio. Cada generación nueva trae su minifalda, su ombligo particular y su enfermedad generacional. Ahora toca la anorexia, que es una enfermedad que la chica se provoca a sí misma porque si es un contagio del seguro pierde todo el encanto. No se sabe si la anorexia es un contagio de otra chica ni se sabe siquiera si es un contagio. Parece ser que nace en las grandes superficies, pero no por inducción de bacilos sino por inducción sentimental, una especie de corazón que duele entre las piernas, que en los desfiles de moda ya son demasiado delgadas y desfilan con una energía enfermiza por la pasarela. Pues a eso voy yo a las pasarelas, coño, a ver anoréxicas a punto de salvación, pues uno cree que la mujer va y viene mucho entre la vida y la muerte, y ahí está Rocío Jurado descolocando a todos los médicos de España y América, y eso que algunos son buenos.La anorexia, ya digo, es un corazón que palpita donde no debe y una elegancia que duele donde no pica. No saben estas niñas dónde se han metido. La mayoría no sabe o no recuerda aquello de que «la mujer es un hombre enfermo».Esto, a niveles más altos, se traduce como «doce veces impura», y la mujer está tan identificada con sus enfermedades que confunde la mala cara con la cara fascinante o con la cara lavada. El día en que la novia se presenta sin cara de gripe ya no es una mujer con misterio, sino que se le ve a la futura esposa que luego nos usará toda la vida como paño de lágrimas, o al revés. Esto de salir a una pasarela a pasear su enfermedad es una actitud romántica aunque ella no lo sepa ni los médicos tampoco, porque el romanticismo profundo sólo se cura con los años, y con los años se entierra. En esta época superficial, frívola y mentirosa, los políticos juegan con las guerras y las revoluciones, mientras las mujeres juegan con sus dolencias, que consisten en evocar el hambre de una posguerra, o sea en evocar a la madre. Pero aquel muslo desnutrido de antaño es hoy pieza lírica de un esqueleto que en la pelvis toma forma de ancla marinera, haciendo de la mujer toda una navegación sin regreso. Amamos a esas esquelaturas que sólo son arrobas de silencio y sombra desfilando casi desnudas por la pasarela de la media noche.Pero por eso mismo les recordamos no olvidarse de que el pez carnívoro del que venimos es un personaje que come mucho; el hombre nació pescador y a los hombres nos gustan delgadas pero no anoréxicas. Ahí es donde debiéramos pararnos, en el delicado equilibrio entre una convalecencia de parque temático y una supervivencia de pasarela donde la muchacha se va vestida de noche y vuelve desnuda de otra, lo que quiere decir que no vuelve nunca. Estas delgaduchas anoréxicas hacen juegos de manos con su anatomía y hacen juegos de amor con nuestra cardiología. Hay varios desfiles cada tarde y un ancla de mujer desnudamente vestida de adolescente. Y esto todos los días o todas las noches. Hasta que, al tercer golpe de tos, advertimos que los anoréxicos somos nosotros y por eso nos toleran y nos miman. O eso dicen.


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