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EL ARTÍCULO [del día] 17-04-2000, EL MUNDO
Trotsky
Dentro de la gran oferta cinematográfica de EL MUNDO me llega El asesinato de Trotsky, de Losey, película que ya había visto pero que me emociona volver a ver. El asesinato de Trotsky, como la crucifixión de Cristo, es un drama silencioso que se está repitiendo todos los días de la Historia. En la política de hoy y de siempre podemos asistir al sacrificio del mejor. Lo de Borrell fue un modesto asesinato de Trotsky. El estalinismo es un cáncer político que se da a derecha e izquierda. Matamos a Trotsky cada vez que relegamos a Gómez Llorente, a Pablo Castellano, a Miguel Herrero, a Nicolás Redondo, a Dionisio Ridruejo (por abrir el abanico nacionalista), a Múgica, a Marcelino Camacho -ahora que se va Gutiérrez-, a Julián Besteiro, a Julio Anguita, a Gorvachov. Quiere decirse que el asesinato de Trotsky es uno de esos ademanes de la Historia que se perpetúan, como la cicuta de Sócrates o la guillotina de Robespierre. El poder tiende siempre a seleccionar por abajo, a deshacerse de los mejores, a sacrificar la inteligencia, a ponerle la trampa al Ché Guevara o a Nicolás Redondo. En política no se trata de que llegue el mejor, sino de llegar primero. Trotsky era «la revolución exportable», el comunismo como redención de los pueblos, quizá una utopía, pero una utopía razonable y de buena fe. Stalin era la revolución en un solo país, Rusia. Lo que Stalin quería exportar no era la doctrina de Marx, sino la guerra. Stalin, militar de alma, uniformado de espíritu, mandó muchos pequeños o grandes Trotsky a morir en los copiosos Gulag, archipiélagos de sangre. Su pacto con Hitler no podía durar porque iban a la misma cosa. Stalin mantuvo el imperialismo americano a raya durante mucho tiempo, pero Trotsky, fundador del Ejército soviético, también lo hubiera hecho. La última consigna agonizante de Trotsky fue «No le matéis», refiriéndose a su asesino. Había que dejar a Ramón Mercader que hablase hasta delatar a Stalin. No fue así. Mercader se prepara durante largos años para cumplir su misión casi regicida. Como es poco inteligente, está convencido de que pasará a la Historia como un héroe. Luego resultó que Moscú tampoco paga traidores. Lo de Trotsky y Stalin era un duelo personal. Aparte las diferencias teóricas, Trotsky era un intelectual, y Stalin odiaba eso. Mató a Trotsky porque pensaba, porque era un profesional del pensamiento. La inteligencia acaba estorbando hasta en las revoluciones. Hoy Trotsky está mucho más vivo que Stalin en la cultura de Occidente. Los «troscos» españoles fueron una anécdota madrileña de los sesenta, pero el nombre de Trotsky denomina el lugar de encuentro de la cultura con la revolución. Franco también mandaba un Mercader contra los mejores, como el citado Ridruejo o Serrano Súñer. La muerte de Trotsky y la muerte de Cristo -lo digo en Semana Santa- son dos sacrificios inútiles del hombre/dios, porque no mejoran la Historia ni avisan el futuro.


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