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EL ARTÍCULO [del día] 26-08-2001, EL MUNDO
Noche de José Hierro
Entró en mi huerto, caído el cielo, diciendo versos de Rojas por sobre la gola de punto y cremallera. Lo recuerdo ahora, agosto rojo, cuando José Hierro sale de otra orgía de oxígeno y aparece en la Menéndez Pelayo de Santander con su lección de matemática celeste. El discurso de la Academia lo hará sobre Juan Ramón Jiménez. Entró en mi huerto, roto el tiempo, diciendo versos de Rojas. Detrás venía Lines como su sombra rubia. El coche esperaba y nos fuimos a Avila a echar poesía. Melibeo soy y en Melibea creo. El coche perdido en el invierno y Pepe en el fondo del asiento bebiendo algo y haciendo su monólogo exterior, ese monólogo alucinado, burlón, repetitivo, fogueado de genialidades, ese monólogo que dura lo que dura su vida, a veces escrito y a veces delirado. Qué haces mirando a las nubes, José Hierro. Suena el móvil de Lines y hay una conversación a tres. Que le han dado el Premio Miguel Hernández, o algo así. Devuelve el móvil y sigue con el monólogo del dormir, que no quiere perder el hilo, qué hilo, el hilo de la vida es su vida, ya se ha olvidado del reciente premio. Avila adusta en la noche recibe a unos poetas como un decorado para la soledad de España, como una provincia de luz, herida la ciudad por el frío y sin nadie. En el hotel, Pepe pide copas para todos y para mí pide un whisky. Luego dibuja en las servilletas de papel, se levanta a por más servilletas, usa flores, aguardiente y lapiceros para dibujar estos pañuelos de papel que va regalando por ahí. El valor de un invierno se vuelve intenso mirado desde agosto, ahora, con llamas de sol en lo alto de los árboles. Eramos más íntimos, más cercanos y nos queríamos más en aquella provincia del pasado. Preso en mi laberinto, quisiera escapar ahora mismo a su Santander luminoso en nublado, melancólico, para leer su discurso sobre Juan Ramón, maestro y padre, abuelodiós que nos une para siempre, desde aquellos años de estopa y estepa en que no se podía ser de Juan Ramón y sólo había poetas oficiales, oficialmente de izquierdas o de derechas. Te han retirado la copa, José Hierro, y cómo vas a cantar ahora, esto no se hace. Cabeza de maldito, hombría satánica, la edad le va volviendo más atroz, y su poesía de conducta pura no consigue apagar la llama de Rimbaud que hay en sus ojos. En la ciudad solitaria, la casa de los versos era un panal de luz y expectación. Pepe estuvo abrasado, tembloroso, dominador del público y el verso. Luego nos fuimos a la infame noche y él seguía recitando, muy poseso. No sé qué noche digo, pero él ha estado herido varias veces, llegando sano y salvo a este verano, donde vuelve a reunirnos Juan Ramón. Entró en mi huerto, ya digo, diciendo versos de La Celestina. Noche de José Hierro que ahora digo. Cogió una flor de invierno y nos marchamos.


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