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EL ARTÍCULO [del día] 24-05-2004, EL MUNDO
La lluvia
Me levanto tarde y veo los periódicos llenos de boda, hasta que me doy cuenta de que no estoy buscando la boda sino buscándome a mí mismo en la boda. De modo que lo dejo y me pongo a escribir lo reglamentario. Pero la boda ha dejado Madrid barrido, el mundo barrido, y no hay noticias. Mi única actividad política de ayer fue un leve encuentro con Rajoy. Rajoy da para mucho, pero no para tan poco. Peor que la lluvia es la inminencia de la lluvia. Ese clima de puertas abiertas a la espera del fantasma diurno de la lluvia.Todos sabemos lo de Borges: «La lluvia es una cosa que siempre sucede en el pasado». Los días de lluvia el periódico debiera darnos vacaciones para no hablar de política porque sólo apetece escribir de la lluvia. Llueve en mi corazón. Verlaine, los poetas malditos, todo eso, ya saben. La lluvia nos deja siempre sin actualidad, sin tiempo, sin noticias. La lluvia desamuebla la casa y hay que quitar del balcón las plantas que viene a matar la lluvia. Escribo en ese momento de inminencias en que todavía no llueve pero existimos dentro de un poema a la lluvia. Las grandezas y catástrofes felices de la semana pasada se han quedado en papel mojado, y ahí están los periódicos que alguien echa por encima de la verja y que nadie ha recogido. Eso pasa también el día que nosotros salimos en el periódico, y la constatación de esto nos deja empapados de fracaso y de una tristeza falsa y literaria que sólo se quita volviendo a la cama hasta hoy lunes, cuando ya algún político habrá asesinado a otro político con el papel secante, y tenemos tema. Escribir es un poco como la lluvia. Teclear es llover palabras para fluidificar el mundo. El cielo teclea gotas de agua, agua multiplicada, dividida, como escribió mi entrañable y muerto José García Nieto, porque los poetas muertos vuelven socapa de la tormenta y nos acompañan todo el día hasta que les sustituyen, como siempre, los políticos, que son más taquilleros. Hemos ventilado un asunto de Estado y no nos queda más que la lírica tras el gran momento de la épica. Después de la boda estuve en otra boda.Era una boda sencilla y como de pueblo que me hacía falta para contrastar con la pompa y circunstancia del Palacio Real. Quizá el pueblo se divierte más, pero grita demasiado. Perdido, pues, entre las clases sociales, las páginas de la Historia y los hombres del tiempo, miro desde el ordenador la lluvia que ensombrece la ventana, aunque no llueve. Claro que los días de lluvia son para escribir a mano. La lluvia es una caligrafía mejor que la nuestra y siempre dice lo mismo: que llevamos mucho tiempo viendo llover en Madrid. La lluvia le saca a Madrid lo que tiene de capital de provincias y los fanáticos de la meteorología se suicidan en los charcos de Cuatro Caminos. Madrid es una ciudad de varios millones de paraguas. El último que me prestó una chica me lo guardé como recuerdo. En el silencio pardo de la lluvia que no cae ladra un perro que no es mío, porque yo soy hombre de gato. De gata. Loewe duerme mucho con la lluvia y no soporta eso de mojarse. Digamos que el perro es pastor y el gato es un buen burgués. Mi gata se estira entre almohadones como una bailarina antigua, como una Isadora Duncan o una Tórtola Valencia. Ahora que llueva, el artículo está hecho.


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