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EL ARTÍCULO [del día] 07-06-1997, EL MUNDO
El estilete
Mi viejo maestro Luis Apostua, a quien tuve de señorito en el Ya, ha observado finamente que de la política retórica hemos pasado a la frase corta y la puñalada rápida, lo que yo llamaría una política de estilete. La cosa fue cuando Belloch le restaba a Aznar autoridad jurídica, y ciencia, para defender a Fungairiño. Aznar le contestó rápido al ex ministro de Justicia que él sí carecía de autoridad y conocimientos: votó a Eligio Hernández, que luego no sacó más que suspensos. Efectivamente, la política de espada larga, de espadón o sable, se ha sustituido últimamente por un arte de cuchilleros y nuestras sesiones parlamentarias ya están amuebladas de puñales como un cuento de Borges. Con eso de la crispación, unos y otros se han enseñado y ensañado en el arte del estilete, la puñalada trapera y damasquinada. El presidente Aznar, hombre más bien de tardanzas, como un «ser de lejanías» (Heidegger), también ha aprendido a manejar el estilete y lo del otro día con Belloch fue un viaje al corazón. Ahora que estamos celebrando (casi clandestinamente) el centenario de Josep Pla, recuerdo una página magistral del gran prosista catalán, que viene a Madrid por primera vez en 1920 y se mete en el Senado -que todavía no era la casa de la Bernarda Alba que es ahora- y observa a los políticos, arzobispos y grandes padres de la patria que se congregaban allí, o sea los senadores, que llegaron a tener un prestigio como el de los Lores en la Cámara de Londres. Aquellos caballeros hacían una política de frase larga, una esgrima elegante, como del maestro Afrodisio, con estocadas muy floreadas y bajonazos de buen estilo. Todavía en los primeros años de esta democracia, bajo la Santa Transición, Alfonso Guerra se lucía con el estoque, Felipe González se abría de capa, Herrero de Miñón hacía su minué sapientísimo, como Ruiz-Gallardón (padre), Fraga era tan barullero como siempre, pero muy vivaracho, Pío Cabanillas le sacaba filo a la frase con amor -«Vamos ganando, pero no sé quiénes»-, Santiago Carrillo seguía la estrategia de la araña, Adolfo Suárez hacía sonar sus verbos castellanos como doblones o rimas del Romancero, y en este plan. Luego han venido los macroeconomistas con su rollo patatero, los nacionalistas con la traductora pegada al culo, los del grupo mixto en plan Antología de la Zarzuela, y sólo Julio Anguita ha seguido practicando una oratoria pulcra, y una esgrima elegante de caballero antiguo, para que luego digan de los comunistas. Pero he aquí que viene la Santa Crispación, que nos tiene a todos con un globo importante, y ya los viejos cuchillos no tiritan bajo el polvo, sino que salen a brillar en cualquier acto, reunión, sesión, declaración, juicio o Cámara, y se hace la política del insulto rápido y Felipe González dice que Fungairiño es «el capitán de los amotinados», con definición literaria que le vincula a la escuela de su odiado Alfonso Guerra. El presidente Aznar, que, como burócrata que es, nunca había utilizado más arma blanca que el abrecartas, ahora abre las cartas con un estilete y, ya de la que va, ha tomado unas lecciones de arma corta, según los que venimos observándole. La última exhibición y la penúltima víctima ha sido Belloch, que cayó exánime en su escaño y estando pálido tornose lívido. Como es sábado diremos sencillamente que gane el mejor, pero esta oratoria de estilete es más distraída que el muermo de Toval o Rodríguez. Que no decaiga, tíos, y derecho al corazón.


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