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EL ARTÍCULO [del día] 07-04-1998, EL MUNDO
Ultragol
La basca periodística anda muy catastrófica con el number de Ultrasur, la violencia, la destrucción y el gamberrismo negro. Dicen que se ultraja un deporte tan bonito y que a la cárcel con esos fanáticos y violentos. Vale. Pero uno, por el contrario, cree que los ultras del fútbol no son sino la verdadera cara de este espectáculo, la verdad no dicha de un juego que ya no tiene nada que ver con aquel culto deporte de caballeros ingleses. La rebelión de las masas es semanal (ahora casi diaria) y se limita a los estadios. Pero en verdad/en verdad todos estamos deseando que se produzca la patada, el mordisco, la zancadilla, el cabezazo en los huevos. Lo que más calienta el furbo -porque esto no es fútbol- es ver cómo un ídolo que vale millones rueda por el césped con una orquitis de caballo. Un gol no es sino la metáfora de un fusilamiento. «El hombre que trabaja y juega», del filósofo, se ha convertido en el hombre que vocifera e insulta. El furbo ya no es un juego, sino una guerra de etnias, de millones, de figuras, una guerra que, irónicamente, la capitanean unos cuantos extranjeros sin otro patriotismo que el del dinero. Cobran por brindarnos cada semana o cada día un espectáculo de «canibalismo primaveral», como titulaban los surrealistas, de antropofagia deportiva. Es lo que estamos deseando ver, aunque luego comentemos las jugadas como si fueran un concierto de Debussy. Los Ultrasur son buena gente, no tienen culpa de nada, a lo mejor están parados y cobran por arrasar porterías o semáforos, en la calle. Viven de eso porque está muy malo el paro. No hacen sino escenificar la conciencia colectiva de unas masas bárbaras que quisieran hacer lo mismo. Antes sólo se insultaba al árbitro. Ahora se insulta a Dios vivo. El gran espectáculo cultural de España y parte de Europa es una guerra a muerte, con el balón como disculpa, un odio del hombre contra el hombre, como en el Circo romano. Tampoco importan los países o regiones representados en la camiseta. Los ganadores son siempre los mismos, y no por deportividad sino por dinero: el que se gastan en traer dioses con el menisco de barro. Estas masas que quieren sangre humana, como en los toros sangre de toro, de caballo y de torero, son las que luego votan en las democracias, rezan en la misa o se dan el hostiazo del fin de semana en la carretera, en una prolongación de la violencia característica de esta especie, la humana, descompensada y mediocre. Los animales no hacen un solo movimiento innecesario. Los hombres hacemos guerras. Las masas piden sangre el domingo y el lunes votan exquisitamente al concejal más recto, honrado, guapo y progresista. Así sale lo que sale. Contando con este fondo lóbrego del furbo y sus espectadores, algún club, muy cautamente, encarga a unos cuantos parados que desahoguen a sueldo la violencia de todos los demás, por aflojar tiranteces. Ultrasur son ustedes, Ultrasur somos nosotros, aunque yo no gasto. Este escándalo con Ultrasur es hipócrita porque el furbo ya no es más que violencia, millones, horterismo directivo y mala educación. En manos de esas multitudes aberrantes, que disfrutan con el deshueve del portero contrario, está la democracia, la sociedad, la cultura, el trabajo y el amor. Ultrasur nos expresa y nos explica. Por eso nos pone tan nerviosos. Todo padre de familia modelo lleva dentro un Ultrasur. Los únicos desapasionados, correctos, caballeros y cultos, son algunos directivos que no buscan sangre ni violencia, sino sólo hacerse millonarios con el necio primitivismo de los demás.


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