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EL ARTÍCULO [del día] 19-06-1992, EL MUNDO
Estoy pinchado
Por un programa de televisión, «La clave», he sabido el otro día que estoy pinchado, que mi teléfono está pinchado desde el 82, que llevo diez años pinchado. José Luis Gutiérrez leyó una lista de periodistas pinchados en aquella fecha y allí estaba yo. Si el Estado y el CESID están pendientes de mis conversaciones con Pitita, es que soy importante. El programa iba de escuchas telefónicas, pero supongo que Balbín no quería hacer una letárgica tertulia sobre la telefonía sin hilos. Sin embargo, el ingeniero nos explicaba esos ingeniosos mecanismos, el juez nos amuermaba con la legislación al respecto, el detective privado trataba de reivindicar su cinematográfica profesión, Senillosa hacía delicioso cinismo en la línea que le gusta a José Antonio Marina, el meditador del «ingenio», y sólo el citado Gutiérrez y Pedro J. Ramírez le dieron enjundia y lastre político a tan aéreo tema. De Gutiérrez hay que decir que es un gran periodista escrito, un gran columnista, como viene demostrando todos los días y toda la vida, pero en cambio es un muy mal periodista televisivo, o no lo es en absoluto. El estilo que adoptó en la tertulia, entre forastero de western y matón de Arniches, desdice en absoluto de ese medio frío que es la televisión, y le ganó el rechazo de los oyentes, según comprobamos y comprobó al final. Yo creo que le criticaban más la forma que el fondo. Pedro J. Ramírez, que tiene un revés de político felipista, aunque esto no le guste mucho, estuvo, por el contrario, medido y comedido, suasorio, controlado (si no sereno, que era imposible), concreto, esclarecedor y agresivo sin juguetear con ningún revólver. El periodismo, la televisión y la política encontraron en Pedro J. Ramírez un vehículo humano (lamentable maquillaje de niño que va de visita) que quiso darle enjundia al inane tema técnico refiriéndose una y otra vez, con claridad y evidencia, al reciente y vigente caso Ibercorp, que sin duda era el fondo de la cuestión. Pero los contertulios citados, unos por frivolidad y otros por ignorancia, no entraban en materia, salvo el señor Gutiérrez, que parecía más programado para darle vara a su antiguo director (el jefe es odioso y detestable por principio, y así debe ser) que para deslindar el más clamoroso y ominoso caso de escucha telefónica que se haya dado nunca en España, ya que las escuchas han sido seguidas de publicación, y todo ello entre graves amenazas al pinchado. Así, cada uno hacía su juego en tan lamentable programa, que Balbín no fue capaz de reconducir, sólo que el juego de Pedro J. Ramírez era el único interesante, periodístico, político, actual, humano. Luego, los glosadores televisivos han dicho, sencillamente, que fue un debate sucio, feo e indigno. Pero nos parece necesaria la salvación de un náufrago, Pedro J. Ramírez, que sí conoce el medio televisivo y sabe que ante la cámara no es prudente jugar a llanero solitario, Johnny el rápido, cheli anticuado o chispero de sainete. Lo que más me sorprendió de aquella cataclismática sesión fue el desinterés, inocente o no, que todos, salvo el citado Ramírez, mostraron hacia el tema Ibercorp. Incluso al final, con la intervención de los oyentes, pudimos comprobar que las críticas a unos o a otros (más bien a uno) se dirigían a la forma, con olvido del tema Ibercorp, único que salvó la noche. ¿Será que de verdad al pueblo español le da lo mismo este trascendental asunto? ¿Estaba Pedro J. predicando verdades en el desierto de las ondas? ¿Consiguió Gutiérrez, interpretando incluso excesivamente bien su papel, alejarnos del gran tema de actualidad? En cualquier caso, ya sé que mis confidencias sentimentales, mis trapicheos editoriales y las broncas telefónicas con mi cuñada la de Moratalaz constan en los anales del Estado y quedarán para la Historia. Me gusta estar pinchado. Soy un VIP.


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