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EL ARTÍCULO [del día] 21-03-2001, EL MUNDO
Vera y Barrionuevo, revisitados
La Ley, que es como la mar, devuelve a veces sus cadáveres, sus ahogados, sus hombres perdidos. Ahora nos devuelve a los libertos Vera y Barrionuevo, que habían salido por un indulto (en cambio lo de Liaño se protestó). Lo cual que estos dos hombres, de caída y funesta popularidad, tendrán que dormir de nuevo en la cárcel, el tercer grado, o sea. Al margen de las decisiones judiciales, que respeto, y sin dudar de que estos dos hombres serán culpables, cuando así ha salido la cosa, se me hace dura la condena, el hecho de volver a dormir diariamente a la cárcel, porque eso supone robarle a un hombre su entraña psicológica, sus mejores fantasmas familiares, todo ese imaginario que liberamos durmiendo, o quietos en la mera oscuridad, una experiencia repetida toda la vida que nos permite renacer distintos, digamos, cada mañana. Escribió Borges que «cada amanecer nos promete un comienzo». Pero no hay amanecer para el que ha maldormido en la cárcel, sino ganas de irse a casa a dormir de verdad en la cama propia. Desposeerle a uno de la noche, de su noche, es desposeerle de su alma y su infierno, de los orígenes y los pantanos del sueño donde herboriza la personalidad. Me parece menos grave desposeer a un reo del día, de su día, porque de día es cuando vivimos hacia afuera, reprimiendo el interior, visitando oficinas, cogiendo autobuses y comiendo en los comedores de lujo, donde nos volvemos impersonales a medida que ganamos peso. El día es para los demás, pero la noche es para uno, la noche es uno, y en la cárcel, en una celda áspera, que siempre tendrá algo de orfanato para adultos, no aflora el Yo, no se reúne el Uno consigo mismo, no se reestructura la personalidad como en la cama familiar. Los hay que se vuelven locos -que es a lo que lleva la pérdida del sueño-, y hay otros que se acostumbran y ya quisieran dormir para siempre en reclusión. Esto es porque la cárcel ha entrado en ellos y el catre es ya su catre. Esos se salvan. Pero ese tercer grado que digo encierra más claves férreas de lo que parece, es una media libertad llena de cerrojos interiores, una trampa para el yo nocturno, soñante, imaginativo, lacaniano, liberador e integrador al mismo tiempo. Ni siquiera las camas de hotel llegan a domesticarse como la propia cama. El sueño es la parte en sombra de la personalidad. El tercer grado parece una medida optimista, previa a la liberación, pero es una pena psicológica insalvable donde el hombre se va quedando sin atributos. El sueño, con su numerosidad de imágenes y emociones -aun el sueño más tranquilo- enriquece continuamente la personalidad y dispersa los demonios interiores, de modo que luego nos levantamos duchados de subconsciente. Vera y Barrionuevo se merecen alguna pena por lo que hicieron. Pero quizá nadie ha pensado a fondo en ese peculiar castigo de volver todas las noches a la celda, ese hotel sin sueño. Cabría dormir durante el día e irse luego a la cárcel a hacer crucigramas. Todo menos la noche despierta de la ergástula, los sueños del trullo, donde uno sueña que está preso donde efectivamente está, pero, como lo sueña, ya no lo está. A dos delincuentes se les ha robado la noche. Y los sueños no dormidos monstruizan al durmiente. Gran cuidado.


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