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EL ARTÍCULO [del día] 05-07-1992, EL MUNDO
Lo barroco
La fiesta barroca que monta mañana, lunes, Miguel Narros en la Plaza Mayor, nos lleva a reflexionar sobre la actualidad de lo barroco (no del Barroco, una época concreta de la Historia y la cultura) como constante española. Así, hoy tenemos una Monarquía neoclásica, carlotercista, y por contraste tenemos un Gobierno confuso de macroeconomía, socialistas, yuppies, hacendistas palabrones y Serra, que toca al piano música barroca con mucho gusto y oído. Hoy la Monarquía está clara y el Gobierno está oscuro. ETA pone la nota barroca en el Tour y Javier de la Rosa hace unos negocios barrocos de millones que han provocado una de las mayores suspensiones de pagos de este país. Como decía Salvador Dalí, «de lo que se trata es de desacreditar la realidad», y lo barroco supone una exasperación abultada de la realidad y de la vida. Hoy vivimos un manuelino exterior y banal de supermercado, por debajo del cual corre la ironía de los listos, el descrédito de la,. realidad, el «no» de Dinamarca a Maastricht, el «no» de los sindicatos al palabrismo europeísta y verbalista de Felipe González. Hemos entrado en el verano, que no es sino el prólogo caliente y apasionado a la gran estación barroca, el otoño. Alejo Carpentier, embajador de Fidel Castro en París, me leía en la embajada capítulos de su «Concierto barroco», una grande y breve novela que viene de la España barroca de Quevedo y Valle Inclán. Entre el consumismo irónico, hedonista, de las masas, y el churriguerismo redicho y fallido del Gobierno, lo que nos falta hoy en España, quizá, es una grande voluntad barroca (ese último esplendor de las decadencias), una afirmación abultada, popular y macho del vivir. Una política barroca de la España que se imponga al horterismo nacional y al maquiavelismo internacional. Andamos todos como medio amariconados y medio agachapandados, tirando como podemos, aguantando como sabemos, hechos unos gerundios humanos, entrejodidos con los impuestos, la Sanidad restrictiva, la mili peligrosa, el paro letal y letárgico, y las jubilaciones recortadas. El 92, la Expo, el Madrid Cultural, la Olimpíadas y el Descubrimiento no son sino un Barroco de diseño, trampa oficial y cartón publicitario, es decir, todo lo que se inventa cuando no hay un barroquismo real, nacional (1492, el siglo XVII, todo el siglo XX, hasta la carlistada del 36), que es lo nuestro. La España de Gracián, Quevedo y Góngora, ironistas y barrocos, tiene su renacimiento en Castelar, Unamuno, Valle Inclán, Ortega y dOrs, la política barroca de Azaña, el teatro y la poesía de Lorca. La II República fue un levantamiento barroco, en cuanto popular/culto, frente a las derechas neoclásicas, conservadoras y jesuitas. Todo eso es lo que pensábamos que traía y retraía Felipe González en el 82, pero luego se ha ido convirtiendo en un hombre anterior a la República, en un político sagastacanovista que ensaya un neoclasicismo de contención y teatro. Como no se atreven a dar salida al barroquismo invasivo de nuestras masas, de nuestras inmensas minorías cultas/incultas (nada de referéndum Maastricht), nos propician unas fiestas barrocas de teatro que son una arqueología de la actualidad, por hacer histórico y muerto el presente. El Barroco es nuestro siglo mejor y lo barroco es nuestra constante nacional. Todo eso está hoy reprimido por la democracia de los ejecutivos, la barricada de los supermercados y la ironía de los banqueros que se han comprado un socialismo. Nos creemos irónicos, dalinianos, escépticos, individualistas, pero sólo somos una democracia resignada y burocrática. Nos hemos vuelto entrefinos. El barroco Fraga es derrotado por el mercantilista Pujol. Gore Vidal se atreve a proponer que un tío se tire a otro tío por evitar la superpoblación. Vivimos acollonados por la estadística. Qué explosión de barroquismo y verdad necesita España.


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