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EL ARTÍCULO [del día] 25-06-2003, EL MUNDO
Una mujer
Belén Esteban es una mujer como tantas que pasan por la calle. Es decir, una mala imitación de las bellezas cinematográficas y una pobre repetición de su vieja juventud, que vuelve. Belén Esteban va al día, pero el día ya no acompaña, como un rastro de fuego de este verano, el cansancio de vivir y de no ser, la alegría triste y estampada de su vestido faldicorto. El otro día sacaron por televisión a Belén Esteban, sin cómo ni por qué. Pero vale la pena reseñar este programa, aquel programa, porque, dentro del brillante contenedor de basura que es nuestra televisión, Belén Esteban, concéntrica a todo el despojo de la gran ciudad, marcó el punto más bajo a que han llegado los medios en su avilantez comunicativa, escandalosa, vendedora de intimidades en plena compraventa de pecados sucios y trapos que huelen a sopa anterior.Belén Esteban era como la mujer lapidada del Evangelio, pero cobrando. Hay un programa, o muchos, donde se lleva a una mujer o un hombre (mejor hembra) y se la paga bien, con dinero que será siempre negro, por contar lo que ella cree que es la novela corta y fascinante de su vida cuando no es más que un jirón de miseria drapeado de ignorancia y autoestima. Se trata, en fin, de profundizar, no ya en la sordidez, sino en la sordidez solitaria, para disfrute de un público que aplaudía unánime y maligno, creando una temperatura triunfal y completamente falsa que sólo vivía en noche de gloria la pobre musa malvestida y que no ha leído a Carrère. Por arriba, el Real Madrid ganaba la Liga. Por abajo, Belén Esteban perdía los papeles, se reiteraba en su dolor (un amor fracasado con macarra) y hacía las delicias de quienes efectivamente viven en las Delicias y otros barrios de las traseras atroces de Madrid.Primero fue prensa del corazón, luego televisión rosa y ahora televisión negra que brinda como espectáculo humano la mendicidad sentimental y encorpachada de una señorita que todavía se cree guapa y todavía se cree su historia. La televisión ha entrado en unos galpones de envilecimiento que la otra noche tocaron el punto máximo o mínimo. Un presentador serio y un punto cínico dejaba hablar a la pobre lapidada que se lapidaba a sí misma al margen del Evangelio, creyendo que se ponía aureolas de sangre y sol en torno de su bella y cansada cabeza. Pero pasaron los tiempos de la lirificación de aquellas «malas musas bestiales y profundas que dieron de beber agua de sueño a los grandes desvencijados». Las musas están todas en la calle Montera haciendo el avío y los grandes desvencijados están en la política haciendo juegos de villanos con los votos de la mesocracia ingenua. Hoy no queda literario, sino canalla, sacar a una engañada por su novio y por sí misma, no con intención lírica sino con la sana intención financiera de lograr mucha audiencia. El público, que rastrea su paraíso artificial, la mierda, garantiza audición y publicidad. No queda otra higiene que la de los detergentes.Los higiénicos se han ido a tirarle piedras como aplausos a la pecadora evangélica que justifica toda una televisión plural, poderosa y democrática, eso sí, muy democrática.


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