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EL ARTÍCULO [del día] 26-12-1995, EL MUNDO
La ministra Jitanjáfora
Jitanjáforas y jinojepas eran unos juegos y aljamiados poéticos, cultísimos y cachondos, que hacían los del 27 para quitarle trascendencia a lo que, efectivamente, era trascendente en su vida y obra. Doña Carmen Alborch, como ministra de la cosa cultural, nos ha salido una ministra jitanjáfora, con perdón. Aquí Carlos Boyero ha tenido la paciencia miniada de anotar puntualmente unas palabras de la señora Alborch cuando le preguntan por el Ministerio de Cultura: «Un Ministerio de Cultura es importante porque la cultura para este país es importantísima y más en un país como el nuestro en el que nos podemos sentir orgullosos de nuestra cultura en el pasado, en el presente y estoy segura de que también en el futuro». Esto se pone en verso y sale una jinojepa/jitanjáfora del 27. Doña Carmen es del 27 sin saberlo, como aquel personaje de Molière que hablaba en prosa también sin saberlo. Pero además la ministra conecta el 27 con Ionesco y Tristán Tzará, con Dadá, Ollendorff, el palabrismo y otros ismos. El señor Bonet tendría que haberla metido en su reciente, monumental y admirable Diccionario de las vanguardias. No es que sea culturalmente frígida, sino que domina las diversas disciplinas de la tautología, el pleonasmo y el retruécano. Cultiva la más ilustrada ignorancia y hace frases de circuito cerrado, como los analfabetos que salen en los concursos, pero queriendo. Así, «un Ministerio de Cultura es importante porque la cultura para este país es importantísima». Fino y logrado pleonasmo, que se aclara a continuación: «Y más en un país como el nuestro en el que nos podemos sentir orgullosos de nuestra cultura». Corolario: la cultura es importante porque es importantísima. La cultura es importante para este país, y más en un país como el nuestro. El efecto boomerang está logrado. La frase de ida y vuelta, lo definido dentro de la definición. Doña Carmen pisa sin miedo en todos los pantanos que prohíbe la sintaxis, entra con alpargatas y tacón alto en todos los albañales de la incapacidad locutoria y se baña desnuda en ellos, como ayer Ana Obregón, y mañana otra vez, cuando cante las doce uvas. Menos mal que ambas tienen buenos cuerpos y el espectáculo vale la pena, pero las pobres salen rebozadas en mierda semántica como aquellas boxeadoras sobre barro que entrevistaba yo hace pocos años en la carretera de Extremadura, y que fueron el punto más alto de la movida madrileña. Pero la movida cultural no ha terminado y la ministra incurre gozosa en todos los pecados ágrafos de la locución, practica tautologías gloriosas, construye frases circulares, ya digo, donde el efecto no se explica por la causa, sino la causa por el efecto. Es una deslumbrante exhibición de miseria mental ilustrada de afiches y solapas de libros. Es una incapacidad verbal llevada con bizarría, ejercida con locuacidad e ignorancia. Bueno, pues de esta intelectuala dependen los museos, los libros y los premios. No me extraña que a su funcionario, el buen Paco Bobillo, se le haga la picha un lío con los números. A don Felipe Glez., cuando no le sale un gobernador del Banco de España trincotrilero, le sale una ministra de cultura que marujea el idioma con sólida incultura y buena voz. Pero las elecciones las ganan de todas todas. Doña Carmen Alborch construye oraciones reiterativas como los personajes de Samuel Beckett. Su incultura no es vulgar, sino que aparece ilustrada por todo lo que ignora.


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