[ACTUALIDAD]
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[RECIENTES]
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EL ARTÍCULO [del día] 10-05-1994, EL MUNDO
Pujol
El honorable señor Jordi Pujol está transaccionando, barajando, compravendiendo Cataluña en sus conversaciones con Felipe González, ya que se supone que fue elegido por los catalanes para independizarse del Gobierno centralista de Madrid, y Pujol, en una prodigiosa inversión de los fines, es hoy la base y justificación de este Gobierno, que además vive bajo sospecha y todos los días se anda espulgando, tirado al sol de la Moncloa, como un perro viejo y cansado. El señor Pujol, abarrotero de la Barceloneta, le está sacando a Felipe pesetes y pesetes, sin tener en cuenta que las pesetes se gastan, y lo otro, lo que queda, son los fueros, si saben ganarse, que él no sabe o no quiere. Pujol es el viajante de tejidos catalán que lo que vende, lo que anuncia y pasea es Cataluña entera, como retal de España o pieza barata, y no dudamos de que muchos pequeñoburgueses catalanes, encandilados con el 15% y lo que venga, secundan la política de zoco o medina del president, de manera que son ellos mismos quienes están entregando la futura independencia de Cataluña por una teoría de pesetes que, como digo, se gastan y luego qué. La derecha catalana, como la de todas partes, prefiere las monedas fenicias a la dignidad. Y la izquierda catalana, que es la que sabe lo que quiere, no gana nunca, porque las fábricas son de los fabricantes y las únicas hilaturas en que trabajan los intelectuales son las sutiles hilaturas del pensamiento, que no delinque, pero tampoco mueve el mundo. Ni siquiera mueve Montserrat. El señor Pujol está muy contento de mandar en Madrid, de decidir los destinos de España, pues lo que sueña, en realidad, no es la liberación de Cataluña, sino la catalanización de toda España. Entre un sueño de Carlomagno bajito y una realidad práctica de viajante de comercio se mueve todo el subibaja de Pujol, que se presenta en Madrid en un pispás y le dice a Felipe lo que tiene que hacer. Al señor Pujol, tan ladino, ocurre que le engañó Carlos Solchaga, que sólo es de Tafalla, quedándose con los derechos universales de Salvador Dalí, que no tuvo inconveniente en desheredar a una Cataluña burguesa, provinciana, resentida, nacionalista en pequeño (con olvido lamentable de la gran Cataluña de Gaudí y Eugenio d»Ors, que era la que le comprendía y merecía). El caso Dalí, que se pone de manifiesto en estos días, explica bien el mucho daño material, moral y estético, artístico y universal que un catalanismo pujolista está haciendo a la Barcelona de Maragall, Riba, Espriú y Vázquez Montalbán, o sea toda la orilla izquierda de las Ramblas o rieras. Hubo en los 60/70, y todavía dura, un Carlos Barral cuyo catalanismo consistía en suprimir al «castellano» Juan Ramón Jiménez de las grandes antologías. Fue aquella gauche divine que ya desde el nombre se quería francesa y no catalana. Fueron los modernos, los elitistas de Bocaccio que soñaban con el triunfo en Madrid, los intelectuales malpagados de José Ilario, quienes dejaron a Cataluña sin Dalí y sin Pla. De estos entrefinos al catalanismo ferrocarrilero de los viajantes, todo el vacío, en que se hunde la gran Catalunya, como una Atlántida gótica e inversa. Con aquellas filosofías tenues de madrugada, con el pensamiento borracho como pensamiento débil, con aquellos Vattimo de Pedralbes y drugstore literario ha decorado Pujol su «regeneracionismo» practicón, «deconstruyendo» el catalanismo duro de Marsé, el catalanismo lírico de Montserrat Roig. Por eso Pujol no tiene ninguna fuerza moral en Madrid. Pero pesetes se lleva, oiga, ya lo creo que se lleva, o sea que tranqui, Jordi, tranqui, como le dijera ese rey cheli que es Juan Carlos.


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