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EL ARTÍCULO [del día] 04-10-1999, EL MUNDO
Carmen Jodra
«Mi alma está cansada y triste y tiene frío». Carmen Jodra es gongorina y pasota, neoclasicista y «ramera» (así se define), sanjuanista de dieciséis años. Con su libro Las moras agraces, primero, ha ganado el premio Hiperión. Ya es suficiente que un septiembre anacreóntico y de secano nos traiga un puñado de moras como el de Silone, pero en mano niña, rompediza y ella. «Porque en dieciséis años / no ha habido tiempo aún para los daños / de tiempo cruel o práctica natura, / que sacrifica el arte a la simiente; / en el cuerpo yacente...» El Cutural ha sido presto, madrugador, vivo en encontrar a la niña, Alvaro Delgado ha sido intenso en retratarla con pasión, Luis María ha aplicado a la poesía la celeridad periodística de la política, por ejemplo, o si no Blanca, qué lección para todos, y ya podemos leer a Carmen Jodra, antologizada y desnuda. Uno teme que la barroca y espesa voz de Góngora pueda quebrar el vaso o himen de la poetisa, pero ella sigue, porque ha descubierto incluso la rima interior o doble rima, «como provoca vértigo la boca», lo cual que se las sabe todas, rima ésta que es gran recurso de verdaderos prosistas, de Cela a los actuales. Uno teme que el peso de la contundente rima del Barroco español (criticada y plagiada por Borges), vaya a quebrar la voz de esta niña, pero su verso aguanta. Desde que yo me inventé una poetisa, en los 80, no se había visto cosa igual. Carmen tiene más fundamento. Ha asumido el armónium de toda la poesía del Siglo de Oro y lo vierte en contenidos actualísimos, urgentes, procaces de sinceridad, «bajo el peso del cisne temblorosa». Los famosos paralelismos de Quevedo, que también le crujían a Borges, los maneja esta chica con algo de Patti Smith y algo de Santa Teresa, si le añadimos a Sor Juana Inés de la Cruz. Y la ironía: «¡Qué buena he sido!». Carmen está entre los poetas malditos (su cualidad blasfematoria y mística) y los poetas de la litrona. Asidua del satanismo y los venenos, confiesa su vida con sinceridad que sería colegial si no hubiese trascendido el prodigio inesperado de la forma. Cuando la forma trasciende el fondo y lo mejora, cuando la forma se desentiende del fondo y habla, es cuando el poeta está logrado. Sobre una ingenuidad párvula y deliciosa, Carmen Jodra elabora unos poemas gongorinos, juanistas, musicales, que de pronto desgarra un grito callejero de chica de ahora mismo. No vale creer, pues, de modo reaccionario, que toda la juventud es tórpida, ágrafa, indolente y cínica, porque Carmen no es sólo un poeta, sino también un síntoma. Criatura así no puede darse sin un entorno coherente. Su vuelta a los clásicos es irónica y valiente, una amalgama audaz que renueva nuestra poesía sin anacronismos. Ya está bien de poetas burgués/realistas. Son peores que los socialrealistas de antaño. Entre la actualidad acelerada del fin de siglo tenemos que dar noticia urgente y demorada de una mujer que hace versos en mitad de la calle, al cabo de la calle y de la noche, pero llena de noches sosegadas. Toda nuestra gran poesía barroca suena hoy, actualísima, en la voz blanca e irónica de Carmen Jodra.


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