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EL ARTÍCULO [del día] 26-05-1995, EL MUNDO
La radio
Parece que el PSOE, en plena crispación electoral, pide al gentío que llame a las tertulias radiofónicas, que llame a la radio para expresar su convicción socialista, si es que la tiene. El PSOE no ha reflexionado en que si a las tertulias ésas llaman sólo enemigos, es porque amigos del PSOE ya quedan pocos, y no porque estén atareados, hombre, encajando una puerta, lavando el culo al niño, enroscando una bombilla, o porque se les han acabado las monedas para el teléfono de monedas. En cualquier caso, el recurso a la radio es un viejo recurso español y, contra lo que se diga, la radio ha pregnado nuestro pueblo mucho más que la televisión, porque la radio no hay que mirarla, y esto permite a las clases bajas, a los que viven por sus manos, recibir una cultura auditiva que les tiene al día en cuanto a candidatos y detergentes. La radio fue importante en la República, cuando toda España pudo oír muy de cerca la palabra, la voz de Azaña, desde su rincón o puebla, mediante el aparato de radio, que primero fue de madera caoba, como una arqueta, y luego de plastiqué y cubista. Hoy un viejo aparato de radio nos puede emocionar como la arqueta de la madre, donde están sus fotos y sus cartas, y desde luego las viejas radios, en el Rastro, están carísimas. Aquellas radios daban una voz sepia, que era la de Queipo de Llano en Sevilla, diciendo mentiras acojonantes a los republicanos, cuando el levantamiento o carlistada. Durante la larguísima postguerra, hasta las porteras tenían radio, y sólo los de la clandestinidad andaban de galena. La radio fue la gran arma de Franco y el fascismo español, que echaban muchos discursos, partes, fútbol, «Cara al sol» y okal, okal, okal es el remedio del dolor. Hoy, la radio ha pasado de «Ama Rosa» al debate político vivo, y de Gila al humor contra el Gobierno. La radio, políticamente, cuenta ahora más que la televisión, donde todo sale como de celofán, y aunque uno pruebe a decir cosas fuertes, sólo quedan como chistosas. El Gobierno se ha dado cuenta de que en general tiene perdida la radio, y quiere ganarla para las inmediatas elecciones, y que el gentío vote radiofónicamente, lo cual no es un juego muy limpio, pero sobre todo es un juego desesperado. Durante muchos años los nacionales hemos ido de transistor. «No hay parto sin dolor ni hortera sin transistor», se decía. La gente que anda a sus cosas, como los taxistas, tiene una cultura radiofónica, y hasta los ciegos del cupón, mayormente los ciegos, votan por la radio, por lo que dice la radio. Aquellos diez millones de españoles que votaron socialista, hoy están callados como putas y no llaman a la radio para pedir más Felipe. Por algo será. Y Felipe quiere forzarles al voto radiofónico, porque ve que también ése lo tiene perdido, y porque sabe que España no es más que un secarral con pastores de transistor. La radio, que los chelis dijeron «el loro», es la calle parlante, y los psoes, de pronto, han notado que les falta la voz de la calle, la alegría y adhesión del loro. A uno le resulta particularmente trágica, desesperada, prefinal, terminal, la llamada del PSOE a los socialistas de galena o transistor, porque los radioaficionados se han aficionado a otras cosas, a otras ideas, a otros nombres. Esta vuelta a la radio del partido de la modernidad explica bien que modernidad ya no les queda y quieren ganar las elecciones con la radio, como Queipo de Llano ganó la guerra. Pero es más fácil ganar una guerra que ganar el domingo. Yo, lo que diga el transistor.


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