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EL ARTÍCULO [del día] 09-11-2006, EL MUNDO
Locutores
En este revival de la posguerra que inició Zapatero, ni él sabe para qué, en esta orgía franquista del revés, los locutores de radio en seguida fueron sobrepasados por los de televisión, dada la evidente superioridad de este otro medio. Un gran beneficiado con ese cambio fue Matías Prats hijo, que cogía la televisión desde el principio. Pero en esta generación de pioneros había buenos competidores. Por ejemplo, uno que venía como de Chile y se hizo el amo. Sí, Boby Deglané, a quien en vista de lo avanzado de sus programaciones atrevidas, se le puso Poppy Descaré. Y luego Pécquer y algunas mujeres y Luis del Olmo, que había dominado el mundo desde Ponferrada y ahora domina Ponferrada desde el mundo. Matías Prats fue el locutor franquista por antonomasia, el que iba bien con el himno falangista o Cara al sol, y con los discursos de Franco y con el sobaco apolíneo de las chicas de Sección Femenina, con el gol de Zarra y con toda aquella movida. Después de él viene su hijo, también Matías Prats, que ha esperado bastantes años a la jubilación de su padre para no restarle gloria al viejo. Es un chico que a mí siempre me ha caído bien, aunque hoy, metido en publicidad y seguros, yo diría que se está dejando comer el campo por las locuto- ras de «medias voraces» máxime cuando los escotes principian también a ser voraces. Pero Matías Prats junior, pese a venir de una heráldica radiofónica, es el más sencillo de todos, el más directo y cordial, el que a mí me permite tragar mejor la jalea real de las noticias, que es un jaleo. Un magazine le ha dedicado esta semana varias páginas al joven Matías Prats, un locutor de televisión que evita en lo que puede las palabras extranjeras ya utilizadas por otros, los neologismos tontos, como el ejemplo que poníamos ayer, «sofisticado», que viene de los sofistas y significa falsedad, pues éstos habían hecho de la sofisticación una filosofía y de la mentira fértil y conveniente una doctrina. Fueron los pillos de Grecia, si el doctor Obeso me permite robarle una palabra. Matías Prats quiere hablar un castellano sencillo y lo consigue. A muchos de los otros y de las otras les sale un inglés deteriorado a mitad del bachillerato. Prats prefiere parecer español mediante la sofisticación de que ya lo es. Asimismo, asistimos al Loco de la colina, a Gabilondo, a Luis del Olmo y una legión de despechugadas que saben llevar un escote o perderlo a mitad del programa. Pero hoy quiero saludar a Matías Prats, que ha hecho una buena serie publicitaria siendo nuevo en el género. Me saluda siempre muy amable en la vida social y ha sabido no heredar el bigote franquista de su padre ni el desgarro del gol de Zarra, grito masculino, último grito de guerra, que cruza la tarde del domingo como una electricidad de masas histéricas. El joven Matías lleva media vida a pie de micrófono, pero la gente le ve como un funcionario, pese a que trabaja en una cadena privada, a la que lleva tres millones diarios de espectadores. Cuando el estadio o el teatro están sólo mediados, Prats anticipa al público: «Poca gravidez, pero mucha gravedad».


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