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EL ARTÍCULO [del día] 11-10-1990, EL MUNDO
Que gane el mejor
EL premio literario por antonomasia, o sea el Nobel, me parece que se dirime esta tarde. Curiosamente, dentro de los Nobel, el de Literatura es el que más interesa al mundo entero. Esto quiere decir que la literatura no está tan muerta como dicen los que no venden. Entre un señor que trasplanta páncreas y un señor que cuenta cómo sedujo a una señorita en quinientas páginas, a la humanidad le sigue interesando más el ligue que el páncreas. Esto no es sino la magia y supervivencia de la fábula, que Cela exaltó en su discurso de Estocolmo. Luego, hay otro matiz curioso en la sociología/psicología del Nobel: don Severo Ochoa, por ejemplo, sólo tiene que responder del ácido ribonucleico. Un premio Nobel de literatura, en cambio, tiene que responder de la situación del Golfo, la nueva literatura coreana, el SIDA, el arte abstracto y la soledad del hombre contemporáneo. Es una tendencia, en fin, a hacer del escritor (a quien Eugenio dOrs llamara «especialista en ideas generales») una síntesis de todos los otros Nobel. Se supone que un novelista, por haber escrito con buena prosa la infancia en su pueblo, tiene que saber un poco de medicina, un poco de política, un poco de filosofía y hasta un poco de literatura. Pero, como dijera una vez Miguel Delibes, «para ser escritor no hace falta haber leído el Quijote , porque Cervantes no lo había leído». De modo que el Nobel literario se convierte en el «hacedor de lluvia» de la tribu cultural durante un año. ¿Y quién va a ser esta tarde el próximo hacedor de lluvia? Hay Nobel espectaculares, como Cela, y Nobel que no venden una escoba de barrer la librería, como la doña Selma aquella, y Nobel disparatados y descaradamente políticos, como Winston Churchil. Esta es otra leyenda que arrastra el Nobel: la de que es un premio político. Suecia, pequeño país fuerte y democrático, modélico en tantas cosas, no renuncia a intervenir en la política mundial con la singular herramienta de su premio, y casi siempre con buena mano y sentido del equilibrio. Los Nobel a Juan Ramón, Aleixandre y Cela son el reconocimiento de tres grandes poetas (CJC no es otra cosa que poeta) y la salutación a una España democrática, progresiva y europea, o a un exilio testimonial. En cuanto a los Nobel de este año, hay más eternos merodeadores que grandes nombres. Octavio Paz, Milán Kundera, Uslar Pietri y siguen las firmas. Estos tres, por su progresismo aseado, pueden llevarse la olla exprés de la tómbola. Entre el resto, yo no veo el nombre espectacular, empujador, neto, porque tampoco lo hay en el mundo. Como diría el Papa, que gane el mejor.


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