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EL ARTÍCULO [del día] 04-12-1996, EL MUNDO
«Váyase, señor González»
El libro Pacto de silencio. La herencia socialista que Aznar oculta, cuyos autores son los periodistas José Díaz Herrera e Isabel Durán, está profundizando realmente (y no sólo publicitariamente, como suele ocurrir) en el lector español, en la gente preocupada, no ya por la política, sino por la realidad nacional. No se trata, pues, de un best/seller más, fugaz y brillante, sino de un informe inquietante a todos los niveles. Pero además no se trata de un informe cerrado, sino que la segunda parte de su título, «La herencia socialista que Aznar oculta», abre este informe hacia el futuro, pues habrá que echarle siete llaves al sepulcro del Cid del PSOE o abrir todas las ventanas, en «un fracaso de cristales», para que la verdad sea libre. El proceloso dossier de estos dos colegas no ha suscitado sino una precaria reacción de Pérez Rubalcaba, que se limita a decir que no es verdad, pues no tiene tiempo ni papeles para desmentir un solo dato. Así es como los autores periodistas siguen paseándose por la calle pacíficamente, pues la verdad todavía es buen pasaporte en una democracia, incluso en la nuestra. Hay dos aspectos del libro: el de investigación y el de deslumbramiento. La verdad hacia adentro (tramas, robos, estafas, muertes, convolutos, mentiras) y la verdad hacia afuera: derroche, lujo, jardineros y chóferes de La Moncloa. Esta segunda parte, la referida al lujo y el despilfarro, es la que menos nos interesa, ya que un presidente puede vivir como quiera, según sus gustos y necesidades. De un político importa su vida política, no su vida privada. Pero vengamos a la conclusión. Este es un libro que Aznar conoce aun sin haberlo leído. Toda esa herencia de sangre, miedo, dineros, estafas, difuntos, mafias y cuentas corrientes es precisamente la herencia de Aznar porque él la ha asumido, en lugar de hacerla pública o judicial nada más tener acceso a ella. Y en seguida nos asalta aquel famoso y enérgico eslogan parlamentario de Aznar, que cerraba todas sus intervenciones en el Congreso: - ¡Váyase, seor González! Así, con un castizo seor. Contrasta aquel valiente, duro y decidido eslogan, con el silencio sumiso que Aznar guarda ahora sobre lo que denunciaba entonces. ¿Para qué quería que se fuese el seor González? ¿Para guardar él toda la mierda que ya conocía? Aquella urgencia, aquella prisa de una frase que quedará en la historia, no se ha disipado en el aire del Congreso y en el aire de los tiempos. El único culpable de que España no vuelva a la normalidad democrática, y de que nos pasemos más tiempo en el juzgado que en el gobierno, es el presidente Aznar, que está cayendo en una culpa política profunda. Víctima de la fascinación del contrario, vive en pleno síndrome de Estocolmo y sufre la manía persecutoria y la alucinación de lo real: ha asumido las culpas del otro, que ciertamente le pueden hundir de rechazo a él. Quiso hacerse cargo de la historia -«Váyase, seor González»-, aun sabiendo que la historia les abrumaría a todos, y en su pacto de silencio, paseándose entre la herencia socialista como entre cementerios, teme a sus propias palabras más que a las de Felipe González. Quisiera que la Justicia se los llevase a todos, él incluido, porque se siente débil para ser fiel y cobarde para ser infiel. Glez. sigue ganando la batalla por otros caminos, incluso gobernando desde escaños de sombra, y para el pueblo es más culpable el usurpador que el culpable. Pero el pobre Aznar no ha usurpado más que una corona de mierda y suflé.


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