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EL ARTÍCULO [del día] 08-03-2004, EL MUNDO
Letizia en Medinaceli
Aunque han pasado varios días y el acto no era oficial, lo cierto es que la presencia de Letizia y su novio en el besapié de Medinaceli ha sido el acto más significativo del noviazgo, el éxtasis de la comunión monarquía/pueblo, que se persigue por todos los caminos y se ha logrado por el sencillo y popular trámite del besapié, esa cita de señoras de fieltro y de piedad con la divinidad madrileñizada. Lo que menos nos preocupa a los escribientes de la cosa es el número de veces y de años que Letizia se había pasado por Medinaceli antes de ahora. Lo que debemos anotar es que la chica, con su abriguito jaspeado y su decisión popular, se ha dado el más auténtico baño de multitudes en su carrera hacia el reinado. Allí han besado las Franco, allí besó otros años la Reina de España, personalmente o por delegación. Y allí tenía que depositar su beso, como un voto, interrumpiendo la ola de besos paganos, nuestra doña Letizia.Quienes frecuentamos poco esas cosas, el besapié de Medinaceli, la Salve de Atocha, la sangre de San Pantaleón, etcétera, sabemos el valor que tienen como bodas reiteradas de los poderosos con el pueblo. Un rasgo de humildad de doña Letizia, que lo ha conseguido todo, nos hace sonreír con la vieja sonrisa amarilla del librepensamiento español, pero hemos de entender, en el fondo, que una conversación aristocracia/pue- blo sólo es posible en España mediante el trámite religioso, que viene a ser un ritual como las carreras de Ascot en Inglaterra. Nadie cree demasiado en la mitología de Ascot, pero los ingleses han elegido ese juego para contarse y recontarse una vez más, saber que son los de siempre y que nadie les moverá.El beaterío español también necesita reconocerse en sus abrigos de varias temporadas, en sus exvotos, que adornan la divinidad de Cristo, haciéndola posible, palpable. Es una permuta de besos por curaciones, de lágrimas por beneficios, en un descenso profundo a las ojivas sagradas y polvorientas del catolicismo español. Letizia ha pasado bien la prueba, inmersa por unos momentos en la profundidad bullente de nuestro pueblo ahí donde más le duele, en la fe, la tradición y el abriguito de fieltro dado la vuelta.Porque Letizia tiene que arrancar desde abajo, saltándose su pasado de progre, como si viniera de un origen tradicionalista para ser Princesa de Asturias. No se entienden estos ritos y ritmos de la tribu si no se considera el pasado de España y el otro pasado que Letizia tiene que penar calzándose el abrigo gris marengo y depositando su beso televisivo allí donde besaron las grandes beatas de España. Ese beso de Letizia a los pies de Cristo es como una flor deshojándose en el viento de marzo.Es como la rosa rilkeana, sueño de nadie bajo tantos párpados.Fernado Lázaro Carreter, gran conocedor de España a través de la palabra, habría entendido bien el beso de Letizia en lo que tiene de rito, de confidencia y de costumbre madrileña. Más allá del republicanote que se ha reído estos días en el periódico, más allá del beato que se ha conmovido con el beso de Letizia, está el beso en sí, como borrando todos los anteriores. Siguiendo con Rilke ¿es este beso pura contradicción? Aunque así fuese, sólo a quienes descreemos de los mitos nos pueden fascinar los ritos.


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