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EL ARTÍCULO [del día] 08-12-1999, EL MUNDO
El Estado irónico
Los mozallones del Frente de Juventudes perdieron su adolescencia dura y falangista cantando que no querían reyes y rimando cartón con borbón. Luego, cuando Franco instauró una nueva monarquía y nombró a Juan Carlos, todos venga de decir que eso era un paso atrás y un anacronismo. Hoy resulta que el mejor aval democrático de nuestro sistema es la monarquía parlamentaria. Franco se equivocó por una vez facilitando a la democracia venidera el naipe definitivo de legitimidad en la figura de este rey. Si ustedes se fijan, todas las monarquías que subsisten en Europa se constituyen en el aval democrático de sus respectivos países, Inglaterra, Suecia, Holanda, Bélgica, esas cosas. Somos la Europa de las repúblicas coronadas, y España la primera de todas: un Estado de raíz irónica, ya que, como digo, el máximo garante de nuestro jacobinismo es un rey con sus Ejércitos, que, para mayor plasticidad, salvó efectivamente la democracia por televisión en una noche pávida e inmutada. He pensado todo esto mientras Federico Trillo, ese talento que viene, me pasea por el Congreso y me muestra tesoros dinásticos y políticos, entre los que prefiero los grandes relojes al aire, como mostrando en sus ruedas el pericardio del tiempo. Escribió Ortega oportunamente del origen deportivo del Estado. Quisiéramos ahora pluma orteguiana para escribir sobre el origen irónico del Estado español que tenemos. Todo se basa en un malentendido, en un equívoco, en una «traición», como decían los tardofranquistas, pero habría que hacer el elogio de la traición política, que a veces es gloriosa y fecunda, como en los griegos y en Shakespeare. Nuestro aval era la hombría de Suárez, pero dimitió. Nuestro aval era el deslumbramiento de González, pero le quitó un castellano duro y de derechas. ¿Quién es nuestro aval ante el mundo y ante nosotros mismos? Juan Carlos I, y no tanto por razones monárquicas como por razones democráticas. Por eso no acaba de gustarnos que el rey se haga una casa en Lanzarote ni que el príncipe se compre un piso monstruo. Ellos son muy conscientes de su condición borbónica, pero tampoco ignoran su condición democrática, y nos están permitiendo vivir una tercera república con gobiernos autonómicos, exigencias de separatismo, libertades civiles, religiosas y hasta pornográficas. Todo esto es bueno para España, pero al ironista no se le escapa la ironía ya inofensiva de la situación. Se diría que estamos «en falso» si no estuviéramos tan arraigados. España es hoy una monarquía de pleno derecho en Europa, a veces socialista, y ni siquiera los republicanos hablan un poco de la república. Ay si el Otro levantara la cabeza. No pasaría nada. El Estado irónico que todavía es frecuente en Europa, el Estado entre socialista y monárquico, nos parece un síntoma de la lasitud elegante con que se está llevando la unidad europea y del poco porvenir que tienen en este contexto los fanáticos con boina.


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