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EL ARTÍCULO [del día] 11-03-1992, EL MUNDO
El liberalismo
El liberalismo publicado de los Rubio, los Solchaga y los Boyer ya se ve a lo que conduce: a que los que saben de números nos engañen a trapicheen a quienes no sabemos de números. El liberalismo proclamado de nuestra derecha no hace otra cosa que remitirse a las Cortes de Cádiz. Pero invocar un progresismo caducado también puede ser una forma de reaccionarismo. La misma derecha que está con Corcuera en la reforma/represión de las costumbres, está con el liberalismo económico (los otros ya los tenemos y no hay que cantarlos), que no es sino el libertinaje de los banqueros, los economistas, los marianos y los guapos. El control del dinero tiene que llevarlo alguien, y hasta ahora lo llevaba el Banco de España, pero resulta que el Banco de España necesita alguien que lo controle, porque anda descontrolado, fundando sociedades ectoplásmicas y cosechando beneficios personales y familiares en el pajar del dinero. El liberalismo, que fue el progresismo del XIX, es hoy el antifaz reaccionario de una derecha que pide libertad de explotación o de una izquierda nominal que, en nombre de la «modernidad», pide libertad en el juego económico. Carmen García Bloise ha dicho la bobada que dicen siempre las mujeres en política: «Mariano Rubio no tiene nada que ver con el socialismo, el PSOE está limpio de culpa». ¿Y el presidente del Gobierno, rica, no tiene nada que ver con el Banco de España ni con su Gobernador, cuando lo ha puesto él? A ver si don Felipe González se entera de los peligros que tiene eso de estar jugando al liberalismo económico desde el socialismo sociológico. El socialismo supone intervención en los dineros públicos, socialización de esos dineros, pero aquí nos hemos quedado en la «familiarización» o «marianización» de esos dineros, que don Mariano lo llevaba muy bien, hombre, a cuenta de M. Jiménez, como la de las lentejas envenenadas. El liberalismo a braga quitada (perdona, querido Ussía, por no tener en cuenta tu condenación de la braga, palabra y fetiche que yo adoro, así como los gatos, que también condenas, ignorando a Baudelaire, Borroughs y tantos, como María Zambrano), el liberalismo a braga quitada, digo/decía (el gato es el animal/fetiche de los intelectuales), ya vemos los frutos que está dando en Estados Unidos, donde las finanzas son mafiosas o culpables (American Psycho) y donde a un negro se le castra judicialmente, dejando que sea el reo quien disponga la pena (aberrante). Lo siente uno por los kennedianos de oficio, pero aquí en España el kennedismo liberal, aparte los impecables/intocables Garrigues y sus miméticós Camuñas, no puede funcionar después de una guerra civil donde se dirimieran las dos España. El liberalismo es la receta de los ricos y los economistas (salvado sea mi gran Tamames) para engañar indefinidamente a los que somos de letras, como dijera una vez, despectivamente, mi amigo Almunia a mi admirado Herrero de Miñón. El liberalismo, digámoslo de una vez, es la bandera hipócrita de una derecha que no se atreve a decir su nombre. Ya el César Visionario entregó su economía autárquica al liberalismo blanco del Opus y López Rodó, y en seguida estallaría el caso Matesa, o sea Vilá Reyes. De modo que el liberalismo ya no funciona ni con las dictaduras. Felipe González ha puesto la hucha en manos de los liberales estuartmillerianos y en seguida ha estallado el caso Renfe, el caso Ibercorp y otros casos. El cerdito/hucha del liberalismo en seguida hay alguien que lo rompe para llevarse la calderilla de oro. Los doceañistas publicaban un liberalismo moral, que entonces la economía no era ciencia en España. El liberalismo de la calle Alcalá no es sino un inmenso fraude al pueblo que vota socialista.


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