Valle Inclán. Los botines blancos de piqué

Puesta en común del libro de Francisco Umbral “Valle Inclán. Los botines blancos de piqué”, como colofón a la actividad “Majadahonda. Una ciudad, un libro”. Los lectores podrán compartir sus opiniones y experiencias con la lectura del libro. En el evento, abierto al público en general, intervendrán la presidenta de la Fundación Francisco Umbral, España Suárez y Bénédicte de Buron-Brun, profesora de la ...
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EL ARTÍCULO [del día] 03-01-2005, EL MUNDO
Ana Obregón
A mí la figura más triste de nuestra alegre Nochevieja me parece que es y ha sido siempre la señorita Ana Obregón. Ana es algo así como ese fracaso que esconde el triunfo, como ese triunfo que esconde un fracaso. Recuerdo a Ana en un gimnasio de la Castellana cuando se preparaba obstinadamente para Hollywood. Me hizo una confidencia que llegó a ser casi una noticia: la habían llamado de Hollywood para intervenir como artista en A Chorus Line, el musical más esperado y más inteligente del cine, como pudimos ver luego. Pero allí faltaba Ana Obregón, y digo que faltaba porque la barroca presencia de Ana vale siempre por tres o cuatro vicetiples y dos kilos justos de gomaespuma pectoral. Así y todo, pese a la ausencia de nuestra chica, que se les olvidó, A Chorus Line quedó como el musical más inteligente de un género que no deslumbra demasiado por su inteligencia. Todos fuimos ingratos olvidando a esta chica. Desde entonces, Ana Obregón se ha quedado colgada de una aguja del reloj de Sol con un cacho de sostén que no le alcanza por un lado y otro cacho de gomaespuma tan voluminoso que no lo envolvía la capa del galán ni el visonazo de la estrella. Los pelos rubios y como fritos, el cuerpo pectoralísimo, los glúteos injustamente desproporcionados, escasos, el vientre con estética de faja de cuando se usaba faja y las piernecillas pataleando en el aire, delgadas sin lirismo y prolongadas en unos zapatos altísimos o coturnos de rabiza griega. Por sobre todo esto sobrevuela una sonrisa abundante, excesiva, una falsa alegría que se consigue manteniendo siempre los ojos muy abiertos y una boca que el maquillaje ha llevado al exceso y a la espuma, no sabemos si con o sin goma. Uno vive de observar el monstruario social que nos rodea, y uno de mis monstruos preferidos es Ana Obregón, tan derrotada como Don Quijote, ahora que estamos en el centenario (en el centenario de El Quijote y quizá también en el centenario de Ana Obregón). Asiduo visitante del Museo del Mal Gusto Nacional, le extraña a uno que el señor Pérez reclame para sí los archivos de Salamanca y no reclame los archivos, en años y novios de Anita. Porque Anita es pura Comunidad de Madrid si entendemos Madrid como una creación de Churriguera más que de Carlos III. Porque no basta con decir que Anita es una belleza barroca (desde luego a mí me pone), sino que hay que especificar. La Obregón es una obra de Churriguera o de la familia Churriguera, que todo quedaba en casa. El poeta Verlaine hubiera definido a Anita como una belleza maldita, musa de sus poetas malditos. Porque el Barroco genuino, de Quevedo a Bernini, es ya una cosa académica, pero nuestra bella sigue pecando con Churriguera, o séase con la voluta de oro falso de otras volutas. A la Obregón le falta de todo y le sobra de todo, aunque a uno no le importaría empezar por cualquier parte. Pero ella es la máxima mixtificación de Madrid en una ciudad mixtificada que suena horas como uvas de moscatel. Lástima que el moscatel de Ana sea industrial, pero ella llena su imagen, contenta a su público, estupidiza a los estúpidos y se merece un ensayo de José Antonio Marina sobre la inteligencia frustrada.


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