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EL ARTÍCULO [del día] 02-07-2004, EL MUNDO
Mortal y rosa
Un verano de guerras viene de Oriente Medio. Guerras con muchos niños. No sabe uno si los fotógrafos sacan tantos niños porque venden más o porque la piedad universal y burguesaza pide niños en quienes arrepentirse de un pecado que no es nuestro. La muerte de tantos niños en Oriente Medio tiñe de rosa la perspectiva mortal de esos crepúsculos incluso artísticos que la televisión nos sirve cada día en la parcela. El último fin de semana que pasé en una parcela amiga, el tedio crepuscular goteaba de sangre y de infanticidio. Contra lo que creía Hitchcock, el niño es un gran animal cinematográfico que siempre da bien, y mejor muerto. Esto lo saben los profesionales y no se atreven a decirlo. El que un niño árabe salga bien en una foto no significa que de mayor vaya a ser Gary Cooper. Sólo significa que de mayor le llorará alguien como la sentimental Pilar Miró lloraba a Gary Cooper. La guerra es un inmenso negocio que se divide en múltiples sucursales, y el que no se trae dinero de una guerra es que no ha estado nunca allí. Mortal y rosa. La guerra no tiene otros matices. El número de la muerte y el número del miedo, que es el rosa, el color expresivo de los miedos de un niño. La guerra de Irak estuvo justificada por las agresiones del terrorismo internacional, que tiene su rascacielos hundido en un mar de petróleo. Nunca se sabe si la tropa va a visitar al muerto rosa o viene de fusilar al vivo en rojo. Compara uno con las guerras del siglo XX y se diría que en éstas de ahora hay más comercio de niños, funciona más el sentimentalismo de los niños y ese color rosa, que quiere alcanzar la belleza floral del lazo, o sea la cinta rosa. Se vienen estudiando múltiples tonalidades de la guerra, pues todos somos ya entomólogos del crimen, detectives del asiático, pero no se ha estudiado nunca a fondo por qué las guerras de ahora, siglo XXI, florecen más en el número de niños muertos, y obsérvese que procura uno darle al tema la mayor austeridad posible, porque llorar por un niño asesinado es cobrarse en lágrimas el precio de ese niño, y todos los niños tienen un precio, máxime ahora que andan perdidos por las traseras y latas islamistas, escribiendo o leyendo, en la bella letra de Juan Ramón Jiménez, el epitafio de otro niño que se adelantó en su muerte o en el encuentro con el ángel mortal y rosa de su vida. Mueren más niños porque hay más guerras y porque nacen más niños. Si de algo sabe uno, después de haber probado que sabe un poco de todo, es de la geografía infantil y lírica del niño. El niño, siempre y en todas partes, se apresura a vivir porque sabe que cada verano, cada invierno, le trae el hospicio prevenido de su tumba ya avisada. Los niños, ricos o pobres, se revuelcan mucho por la tierra, erigiendo una guerra donde no la hay. Qué vocación de muerte en estos niños. Quizá lo han aprendido del hombre. En el despacho mortal y oval de Bush, en los cementerios de rosa y geometría, miles de niños, ajardinados de muerte, se ponen ramas y flores rosa por el pelo. Algunos han aprendido a posar por la televisión, que les da un dólar. Qué oscuro y pueril trato éste de los niños y la guerra. Se me olvidaba. Yo escribí un libro con ese título.


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