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EL ARTÍCULO [del día] 05-07-1993, EL MUNDO
Máximo
Querido, entrañable Máximo ¿de verdad crees que estás en un periódico de izquierdas? Tu rauda inteligencia barroca, tu ironía castellano/anglosajona, tu finísimo escepticismo de curado de espantos histórico/literarios ¿ha llegado a opacarse dentro del rotativo/sistema en que trabajas (y que no se merecen tu elegante cansancio caligráfico y diario), hasta el punto de hacerte creer que estás en el lado bueno de las cosas y los quioscos, hasta hacerte creer que hay lados buenos? Tú y yo y toda nuestra generación, que ya sabes de quién y quiénes te hablo, hemos estado siempre donde hemos podido, donde nos han dejado, repartiendo nuestra sonrisa gráfica o tipográfica, vendiendo nuestra alma literaria y provinciana al capitalista de ocasión, haciendo un signo de puta genetiana a los lectores, a los paseantes, al pueblo, a la calle, que es donde está nuestra parroquia. Y eso se nos paga, porque somos media docena mal contada con los dedos de una mano, y me sobran manos, y porque con ello aliviamos el plomo y la grisalla de tanta doctrina matinal y férrea, y hasta iluminamos un poco el espíritu almacenero del dueño, que alterna su periódico con una fábrica de fideos, una cadena de cafeterías, una tienda de playeras y un galpón de libros que se autodespachan. Difíciles tiempos éstos, Máximo, en que tengo que explicarte a tí, que tantas cosas me has explicado en esta vida, que esto de escribir, pintar y publicar es una excrecencia de los Bancos, los Gobiernos y las fábricas, más un sobrante de resmas de papel con las que el capo no sabía qué hacer. Fuiste primero de la clase, Máximo, en un colegio donde yo era el último, esto lo he contado muchas veces, y para mí sigues siendo primero de la clase en las aulas lóbregas de la política, el dinero y la dictadura democrática o la democracia dictatorial, donde nos han metido a todos, a muchos, a tantos, y entre los que yo alumbro con una cerilla a Raúl del Pozo, Haro Tecglen, Martín Prieto, Chumy Chúmez, Campmany (que era otra cosa), El Roto, Vázquez Montalbán, Manuel Vicent, Cándido, Forges y pocos más, que ya irán saliendo, o no. Y el primero de todos tú, Máximo San Juan Arranz, niño feo y listo, angelito blanco de Machín que ascendía a los cielos escolares todas las tardes y que sigue ascendiendo a mis cielos crepusculares todas las mañanas. Eramos, somos una generación, o dos en una, o tres, que hemos mostrado a España el rostro humano de la izquierda, incluso con una sonrisa. No esperábamos nada de la política ni de los Bancos, o sea que éramos libres, y nuestra libertad libérrima es lo único que nos pagan y respetan, perdona que te lo recuerde, Máximo, amor, de modo que no pierdas la tuya, de la que tanto aprendí, haciendo panfletos contra los colegas como si habitases en la caverna de Platón, que encima no era una caverna, o en la Academia de Academos, que encima no era una Academia, sino una casa de sodomía. Lo único, que a mí me dejan decir en este periódico «fascista» es que tú eres un genio, y a ti no te dejarían decir en el tuyo que yo soy un genio (prueba a ver, y si te dejan mejor para mí) ¿Cuál de los dos periódicos está más abierto a lo abierto, que diría Aranguren, nuestro maestro ácrata común? Hemos sido putas en todas las casas de lenocinio, Máximo, amor, amigo, maestro, compañero, condiscípulo, pero siempre las putas más caras del mercado, y ésa es nuestra única gloria. Piensa que lo que te pagan es tu independencia, tu libertad, tu sonrisa, tu templanza, tu oreo de humorista inglés de El Viso. No les entregues eso, no seas alquilón de ti mismo, a la vejez, pues que entonces te malvenderán en el zoco de esclavas viejas. De eso es de lo que tenemos que salvarnos, Máximo, amor, por muy poderosa que sea la rotativa mental que nos imprime ideologías cambiantes y bursátiles en el alma. Sólo que yo a mi jefe le pego broncas cuando nos cabreamos y tú al tuyo no lo ves más que en fotos borrosas. Por eso, quizá, le respetas y sirves tanto: porque no existe.


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