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EL ARTÍCULO [del día] 23-10-1994, EL MUNDO
Grandes de España
Jaime Peñafiel nos ha dado hace poco una nomenclatura de los nobles y títulos nombrados por Franco y luego por el Rey. Muchas de esas aristocracias son ociosas (en todos los sentidos de la palabra), y más cuando los estudiantes aclaman el «Discurso de la República» de Trevijano, como el otro día en el Paraninfo. Pero es que, además, algunos de los personajes de esa nomenclatura de Peñafiel quedan como nobles de brochazo, esperpentos de Goya o espatulazo de Valle-Inclán. Veamos. Doña Carmen Polo, señora de Meirás. El Pazo de Meirás era de la Pardo Bazán, que sí era ilustre con la pluma, y aristócrata de raza. La viuda de Franco sólo fue la sombra negra que proyectaba el dictador. Carmen Franco Polo, duquesa de Franco. Aquí a los dictadores o les hacemos duques o les mandamos al exilio, pero nunca les hemos colgado por los pies, como los italianos a Mussolini, y la Historia queda más vistosa y aseada con un sátrapa colgado por los pies en cada siglo. Carlos Arias, marqués de Arias Navarro, «carnicerito de Málaga» según Cuco Cerecedo, o sea el represor más aplicado y sangriento de la postguerra, el que ponía estancos a la familia y lloraba a Franco por la tele en días alternos, el que inventó el primer culebrón llorandero por la tele, un reality show como para haberle hecho marqués de Prado del Rey. Duque de Fernández Miranda. Este sí se merece el ducado, a nombre de su padre, supongo, que era el hombre que tenía en la cabeza la transición y la democracia, que le arrancó algunos indultos a Franco y se inventó a Adolfo Suárez como Homero se inventó a Ulises. Adolfo Suárez, duque de Suárez. Otro bien nombrado y bien plantado. Legalizó el Partido Comunista, con lo que mató el Partido Comunista, hecho para la clandestinidad. Desde su punto de vista fue una jugada maestra. Ese sí hubiera legalizado la droga para acabar con la droga. Pero Felipe González no entiende ese juego o no tiene demasiada prisa por terminar con los camellos (y me refiero a los camellos de yate, no a los de esquina, o sea que hablo de los dromedarios con alforjas de oro y heroína). Andrés Segovia, marqués de Salobreña, guitarrista, olé ahí con un par. Entre la aristocracia española siempre tiene que haber un guitarrista, un sarasate y una puta, que si no las duquesas se aburren y a lo mejor dan hasta en leer un libro. Carlos Luis del Valle-Inclán y Blanco, marqués de Bradomín. El título se lo tenía que haber dado Alfonso XIII al padre, que es el genio del siglo y, sobre todo, paseó por Madrid unos botines de piqué que no los mejora ningún marqués de los que vienen de Viriato. Salvador Dalí Domenech, marqués de Dalí de Pubol. Otro marqués natural de la vida, al que le habría ido mejor lo de marqués de Sade. José Tarradellas, marqués de Tarradellas. Llevaba lo de «honorable» con más elegancia y no habló nunca de esa horterada del 15%. Era un señor. Juan Antonio Samaranch, marqués de Samaranch. Hizo unos Juegos Olímpicos donde y cuando tenía que haber hecho hospitales. Fernández Campo, un general que te habla como un intelectual. Eso me parece más importante que salvar el Alcázar de Toledo. Gutiérrez Mellado, otro general de cuya petaca se puede fumar. Luego viene el lote de los generalotes que mataron miles de españoles, los falangistas líricos, un par de inventores, un curato, un título industrial, Conde de Fenosa, que huele a nitrato y contaminación, la Primo de Rivera, el Dampierre, que parece un champán, y Carrero, que debiera ser duque de la CIA, que fue quien le voló. El naipe nacional de la nueva aristocracia democrática, como se ve, es borbonero, militarista, cuartelón y goyesco. Pero los estudiantes de Trevijano piden República. A ver.


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