[ACTUALIDAD]
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[RECIENTES]
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Como colofón a la exposición “Francisco Umbral, libro a libro” que se está celebrando en la UAM, en la Sala de ...
Con motivo de la exposición “Francisco Umbral, libro a libro” que se está celebrando en la UAM, en la Sala de ...
EL ARTÍCULO [del día] 06-11-1990, EL MUNDO
La concepción
LO dijo Ortega: «Nadie nos ha asegurado que persistirá el espíritu científico en la humanidad, y la evolución de la ciencia está siempre amenazada de involución, de retroceso y aun desvanecimiento». No confiaba el filósofo, pues, en la vocación científica de la humanidad. No confiamos nosotros, ahora, en la voluntad científica de nuestros gobernantes, cuando la ciencia va siendo la nueva y última mísitca sobre la tierra. Me refiero a la Clínica de la Concepción. Querido ministro, querido García Vargas, no necesito recordarte que con la crisis y posible clausura de la Concepción se interrumpiría en España no sólo un servicio asistencial de gran eficacia y prestigio, sino la tradición misma, tan quebradiza y fina, de la medicina española (en buena medida), esa tradición moderna que. va de Cajal a Marañón, Teófilo Hernando, Lafora, Severo Ochoa, Jiménez Díaz y algunos otros. Que no sea durante tu égida, querido amigo y ministro, cuando se mutile nuestra sanidad de uno de sus santuarios más prestigiosos y vivos. Tampoco necesito recordarte los nombres de los maestros que han pasado por la casa de Jiménez Díaz, y de los que actualmente ejercen en ella, siempre entre la mejor herencia médica y las verdades más recientes de la investigación y la tecnología mundial. No puede interrumpirse la ilustre y frágil continuidad de la ciencia y la medicina en España por un problema de intendencia, aun siendo fuerte el problema. Tiene uno observado que los ministros «técnicos», los que se ocupan de realidades inmediatas como la salud o las obras públicas, hacen menos «política» que los ministros ideológicos, siempre con un pie en la Moncloa. Tú estás, querido García Vargas, entre los que manejáis realidades, negociáis la vida de la gente y actuáis sobre el cuerpo caliente del día de hoy. De ti cabe esperar, en este caso concreto y radical, urgente y último -la Concepción-, una comprensión abierta de que el«socialismo real» está en las cosas y no en sus teóricos. Porque salvar la Concepción no es hacer arqueología (que también hay que hacerla, por otra parte), sino dar continuidad a la realidad espléndida y en peligro de la sanidad española y, sobre todo, hacer justicia a los enfermos, los médicos, los paramédicos, los obreros y empleados que allí trabajan. El malogrado Joaquín Garrigues, que se extinguió de leucemia en esa clínica, la comparaba literariamente con un gran barco donde él estaba haciendo un crucero (hacia la muerte). Por la dedicación que le tuve, me permito hoy retomar su metáfora y pedir a las autoridades sanitarias y las otras que no dejen que la Concepción se hunda como los viejos galeones españoles, cargados de oro y sabiduría, que todavía aguantan en el fondo del mar. Ahora que hablamos del gran Madrid con motivo de cuarquier cosa (el 92, Azaña, Besteiro, la capitalidad cultural), no podemos consentir que ese gran Madrid renunciea una de sus catedrales científicas más venerables y vivas. ¿Permitiría tu colega francés, querido ministro, que se cerrase el Instituto Pasteurpor una cuestiónde intendencia? El gran Madrid no se hace sólo con rascacielos y museos, con la Torre Picasso y el nuevo Auditorio, con el Planetario y la depuración del Manzanares, sino que se hace, sobre todo (como las grandes capitales europeas), conservando la tradición, máxime cuando la tradición está viva y estudiosos y estudiantes de todo el mundo (por la Fundación pueden verse médicos negros y argentinos, europeos y americanos) acuden a ese centro a estudiar y practicar. Si Ortega temía por la vocación científica de la humanidad en general, qué no hubiera temido de esa vocación en esta ciudad urgente, hermosa y distraída. Y lo que digo de la Concepción vale para tantos centros médicos y científicos de Madrid, claro. Pero ahora se trata de éste, de su vida y, ay ministro, de la Vida.


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