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EL ARTÍCULO [del día] 10-02-2003, EL MUNDO
Gongorinismos
Recuerdo confusamente haber dedicado hace poco tiempo una columna gongorina y quevedizante al brioso portavoz socialista señor Caldera. Ahora no sé si lamento o agradezco la oportunidad de asegundarme en el uso y los personajes, si bien es cierto que este cuentecillo, salga bien o mal, me ha ocurrido ahora por casualidad. Estábanse la otra tarde, cuando el debate de Sadam el de la boina, ya recalentada la atmósfera de las Cortes, la presidenta Luisa Fernanda Rudi, muy señora mía, y el socialista encorpachado señor Caldera, debatiendo una contrarréplica, cuando ella, con su regia autoridad, decidió sentarle y callarle, mientras el sociata incurría en insistencia que era de ver, por no perder la última pelota de la tarde, y menos en las liliales manos de una dama. -Siéntese, señor Caldera. La presidencia le responderá. Esto, una y otra vez. Pero aquí entra la apostasía de los clásicos, Quevedo y Góngora. En una de fregar cayó caldera. Quevedo dice su letrilla con sonsonete de burla y Góngora endiabla y envenena a Caldera (Góngora era del PSOE) para que se enroque y siga de pie. Por sobre el entrecruce de los clásicos engolados, en aquel barrio parlamentario que es el suyo, o Barrio de las Musas, asistimos al entrecruce del socialistón tenaz y la popular impopular.Cosa de un minuto duró la cosa, minuto de fulgor con nuestros clásicos más desclasados, nuestros socialistas más boxísticos y nuestras madamas parlamentarias más ilustradas en hombres y su manejo, que son unos niños. Minuto de luz de democracia española, de tensión y resplandor, minuto fugaz como una estrella fracasada, qué grandes fueron todos en ese minuto, incluso Zapatero, el zapaterito prodigioso, que asistía cortés y curioso al tema como un cisne del Retiro que nunca hubiera estado en el Retiro. Aquella tarde, a aquella hora, la democracia bizarra y española tocó su límite y se prestigió. Ni Caldera rozó la ordinariez ni Luisa Fernanda pidió las sales.En una de fregar cayó caldera, reincidía nuestro padre Quevedo contra la elegancia indiferente de nuestra madre gongorina. Caldera sentarse hubo y pasamos a otra cosa. En periquetes así se ve la madurez de una democracia, se siente una veteranía de siglos que nos condecora, se sabe que somos españoles desde La España defendida de Quevedo. Caldera fue un aureolado galeote de la España profunda, de la mar profunda, y Luisa Fernanda fue un compendio rubio de leyes y de manos.Entrambos clásicos se miraban perplejizantes y felices ante la continuidad de un país que ellos hicieron y la oportunidad de un lance de guerra y política que libraron en cuerpo la tenue dama y el futbolístico socialista. ¿Quién era allí más demócrata de todos? O sea que lo nuestro viene de lejos y va lejísimos.Sólo un país de cernícalos da caballeros así. Sólo una puebla de mozas al trote distingue damas como la exquisita Rudi. Qué lección a medias de democracia natural y qué momento gongorino y quevedesco para una tarde confusa. Fue un acierto de situación digno de una república, como a veces se los permite la democracia monárquica. Desde entonces amo a Rudi y respeto al socialista. En una de fregar cayó caldera. Pero supo salir.


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