Artículos Francisco Umbral

Guerra


EN el programa de Julia Otero pudimos ver el rostro humano del rostro de Alfonso Guerra. Cuando se le preguntó si creía en Dios, dijo que no, y lo dijo muy bien, con sencillez, sin la altanería anticlerical de los ateazos de Galdós o los agnósticos de Baroja. Con firmeza, pero con respeto para cualquier clase de creyente. Vale.

Pero hete aquí que, andando la conversación/monólogo, ella le pregunta si es hombre de doble personalidad o algo así, y él responde admitiéndolo: «Ten en cuenta que soy Géminis». De modo que el señor Guerra no cree en Dios, pero cree en Géminis. Pues, ya puestos, uno opina que Dios tiene mejor literatura que Géminis. De Dios han escrito desde los Evangelistas hasta San Agustín, desde Heidegger a Zubiri, etcétera. De Géminis sólo escribe Pitita Ridruejo. Es esa herramienta hortera que se utiliza para ligar: «¿y tú de que signo eres?»: No creíamos, realmente, que la cultura del cultivador de Mahler y Machado se moviese a niveles de horóscopo de peluquería. Andando la entrevista, Guerra reitera su amor por los niños y llega a entronizar la sonrisa o el dolor de un niño, o sea la inocencia, como lo más conmovedor de la vida. Pero más adelante dice que a él le hubiera gustado ser el niño de «Muerte en Venecia». Y resulta que este niño es un niño/niña diabólico, destructivo, que con sus miradas de esquina y sus reojos al volver una calle desertiza y aniquila el alma y el cuerpo de un hombre que le ama a distancia.

Ese niño metaforiza toda la belleza hermética y siniestra del demonio, ese niño es el Mal para cualquiera que sepa leer literatura o ver cine, porque el Mal es la ambigüedad, la anfibología inocencia/reticencia, masculino/femenino, niño/hombre. Nos parece, pues, que Guerra no acaba de aclararse con los niños y confunde a los suyos con los de Visconti. A propósito de Visconti y Mahler (a quien Guerra admitió haber puesto de moda en España, cosa que no es cierta), algunos profesionales de la música me califican a Mahler como un genio que a ratos hizo cosas que parecen «música para películas». Y aquí la anécdota malvada que circula entre músicos: «Visconti se encontró hecha, en Mahler, la banda sonora de una película, y entonces hizo la película para esa banda, y no a la inversa, o sea Muerte en Venecia». Bueno, pues esta banda sonora es la que confesó Guerra haber oído treinta veces en el cine. Pero hay sobre todo una confesión suya que nos ha revelado muchas cosas, y es cuando dice que lo suyo era la música (dirigir una orquesta, como dirigía la música de la radio en su casa, de pequeño), el teatro, la poesía, pero que, cansado de topar contra el muro franquista, se fué radicalizando su protesta de artista y un día se encontró en el partido. El que habla mucho se confiesa, claro, y Guerra habló mucho en la noche catalana, hasta descubrirnos el origen espurio de su filiación socialista, que es el de un «rebotado», como se decía antes, rebotado de la creación artística. Pero, siguiendo con esto, uno le recordaría a Guerra que ese mismo muro lo encontraron Buero Vallejo, Alfonso Sastre, Cela, Delibes, Blas de Otero, José Hierro, Gabriel Celaya, y tantos otros que hicieron una gran obra -ahí está- a la contra, y entre ellos dos Nobel: Aleixandre y Cela.

Las plurales vocaciones adolescentes de nuestro político nos hacen pensar que confunde vagos y comunes anhelos juveniles con verdaderas y bizarras vocaciones. Político de raza (ahí sí que sí), intelectual/artista de afición, meramente receptivo, como usted y como yo, uno siempre había creído más coherente intelectualmente al adulto Guerra.

Quizá estas entrevistas/homenaje al poderoso se convierten invitablemente en un peligroso «tobogán de hambrientos», como diría un escritor que a Guerra no le gusta nada.

Comparte este artículo: