El catastrofismo
LOS obispos, como son muchos, y algunos salen de diócesis imprevisibles, pegando gritos, constituyen el verdadero cuarto poder de este país, y no aquí nosotros, los de las páginas amarillas, que ya está preguntando Felipe quién hay detrás de los periódicos.
¿Y quién hay detrás de monseñor García Gasco, que acaba de colocarse una homilía catastrofista?
Porque los obispos hablan en homilía hasta para pedir el chocolate.
De todas las muchas cosas que ha dicho monseñor, lo que me tiene más perplejizado es eso de que la culpa de todo la tienen «la ausencia de Dios, las encuestas y la política». Ya dijo Borges, que era como el obispo de la biblioteca de Alejandría, que «la democracia es un abuso de la estadística».
Sólo que Borges iba cínicamente de reaccionario y nuestros prelados se lo hacen de profetas catastrofistas: «Esta democracia podrida está abocada a un desastre que ya empieza a intuirse». La misión histórica de los obispos españoles, por eso hay tantos, es hacer de heraldos negros de las guerras civiles.
La carlistada del 36 también la anunciaron así. Sólo que aquí, aunque todos andemos cabreados con el NIF, no empieza a intuírse nada. El catastrofismo profesional de nuestra curia tiene culatazo y nos devuelve, por contraste, a la progresiva realidad española y democrática.
Mejor democracia sin curas que curas sin democracia, que es lo que hemos tenido cuarenta años y cuarenta siglos.
Pero vuelvo a lo mío, hombre, que es que es ya una fijación. Lo de monseñor García Gasco, me refiero, que dicta, como males de la patria, a lo Lucas Mallada, y en enumeración caótica, «la ausencia de Dios, las encuestas y la política». La enumeración caótica es un recurso literario que inventaron los surrealistas y Pablo Neruda y que sigue teniendovigencia si se sabe fabricar ordenadamente el caos. Pero ¿qué tiene que ver la ausencia de Dios, efectiva y lamentable, o la putrefacción política, innegable, con esa ciencia casta y nueva que es la estadística? Monseñor García Gasco ve ahora al demonio en figura de estadística. Para este monse, los tres enemigos del alma son el mundo, la carne y la estadística.
Huye los números, aunque sean romanos. Decía Bertrand Russell que «los obispos son partidarios de tratar el problema agrario mediante la oración». El tiempo y Tamames han demostrado que es más eficaz la estadística, pero nuestro secretario del Episcopado no ha leído a Tamames, claro.
El catastrofismo del obispo auxiliar de Madrid es extensible a toda la Conferencia Episcopal (reciente está el obispazo de Suquía), y uno, aunque es niño, ha leído un poco de Historia y sabe que cuando la Iglesia española le coge miedo a la estadística, como en la República, un suponer, en seguida se saca una Cruzada. Nuestros clérigos intelectuales, por secretos atavismos históricos, identifican estadística con República, y es que las estadísticas suelen perjudicarles, como al Logroñés la quiniela. «Encuestas», dice García Gasco, por no decir directamente «democracia». Pero ¿qué es la democracia sino la forma épica y trascendental de la encuesta? Cuando los obispos, repito, le cogen manía a la estadística y se constituyen en heraldos negros de la guerra civil, no es que estemos en una catástrofe, que obviamente no lo estamos, sino que ellos han optado por el catastrofismo para tener voz y voto y sacar el Cristo Dios Señor de los Ejércitos.
La contracampaña «Propóntelo, propónselo», tardía y de ingenio pobre, más un ataque directo a la «partitocracia», que es como este obispo llama a la democracia, devuelve la clerecía española a su lóbrego ritual de augures negros.
Y encima, ahora, también es pecado la estadística.

