Artículos Francisco Umbral

Adiós, Guerra, adiós


ES ingrata de hacer la columna de despedida a Alfonso Guerra porque con él despedimos la sombra descamisada y contradictoria del socialismo español, una utopía anciana y hermosa, joven de diez años y muchos gritos, que ha pasado a través de nosotros sin rompernos ni mancharnos. Ha sido la sombra de la tercera república, como un cruce del buque fantasma y el padre de Hamlet, que se disipa por segunda vez en el siglo. Adiós, Alfonso, adiós, pero tú, con o sin hermano, eras la avena loca y subversiva de un PSOE que en seguida empezó a salir de noche.

O será que a uno, un poco masoca, le van las causas perdidas. Parece que el nuevo Gobierno, cuando lo hubiere, va a ser de énfasis socialdemócrata (pseudónimo marengo del liberalcapitalismo), y entonces sí que Guerra, con o sin Ferraz, va a ensayar su segunda espanta, como los toreros, que siempre se van y siempre vuelven. Quizá en uno funcione más la cardíaca que la lógica, como decía Unamuno, pero Alfonso Guerra, todavía, es el que más nos devuelve al tiempo perdido de Suresnes, el que más perfuma a pana, tipografía pauloeclesial y chico de provincias que se hizo rojo en los teatros del SEU. Con todas sus mañas, se ha quedado más adolescente que ninguno, personaje él mismo de «Escuadra hacia la muerte», de Alfonso Sastre, aquel arranque hermoso y único de un teatro de ideas en España, luego no continuado dignamente por nadie.

De modo que, congelado Guerra en aquella foto de entonces, color de tiempo, todos hemos movido mucha risa con el caso del hermano, que invalidaba, sí, a un político, pero de paso (y eso es lo que importa en la derecha y el solchaguismo) cambiaba agujas al proyecto socialista, un tranvía llamado deseo que no volverá a pasar por nuestras vidas. Ahora parece que al fin, uf, puach, ya era hora, grapados a los yanquis por cada telegrama bélico de Bush (esta guerra ha sido nuestras bodas de sangre con esos generales pentagonales, gordos y de apellido intransitable), vamos a ser democapitalistas a braga quitada, que Nicolás Redondo y la UGT ya están marcando nuevas distancias con el Gobierno que viene. Todo sigue igual después de la batalla, sólo que más a la derecha, y sin otro correctivo que el muy elocuente, arrojado y reducido de Nicolás Sartorius y Julio Anguita. Keynes va a ser el Padrino III de todas las bodas en la gran familia que hemos llegado a constituir, hombre, entre millonarios ciegos, estrellas travestís, aristócratas con ramalazo, banqueros de Dios, escritores de la CIA, putas de cinco tenedores, rojos del Tesoro y Nati Abascal, que la pobre no se mete en nada y lo preside todo. En el triple naipe que se presentaba ayer para gobernar, Fernández Ordóñez es el único socialdemócrata con añada (como tal entró en el Gobierno). Pero Solchaga es monetarista obsesivo y Serra es otanista converso. Por sobre ellos, don Felipe González lleva adelante su proyecto más entrañable y tenaz: convertirnos en un híbrido de provincia del Imperio o estrella de la bandera con un touche de distinción europea que perfuma a Estrasburgo.

Adiós, Guerra, adiós. Con tu retirada del siglo, que bien te la has ganado (o te la han ganado los de tu tribu urbana), se va también, o me lo parece a mí, el penúltimo nieto de don Pablo Iglesias, la imagen de un socialismo generacional que es el nuestro, más la canéfora utópica, rubia y nacional de la España que no pudo ser. Adiós con tu Azaña y tu Besteiro, con tu Machado y tu Sastre, con tu rebeldía adolescente, que fue la de todos nosotros. Aquí nos quedamos, ya ves, en el cóctel ambrosiano de cada tarde, en la cena kuwaití de cada noche, festejándonos a nosotros mismos por lo listos que somos. Reza por nosotros.

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