La última vanguanlia
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TADEUSZ Kantor nose proponía hacer vanguardia, sino autobiografía, pero él sabía muy bien, por otra parte, que estaba haciendo la última vanguardia. Kantor o el teatro de la memoria.
Wielopole, Wielopole, La clase muerta, Nunca volveré aquí. Tres obras que son la misma, tres éxtasis de una misma biografía/autobiografía. Porque Kantor, rompiendo las tres unidades clásicas e insoportables (que han seguido secretamente vigentes incluso en las vanguardias y el hiperrealismo norteamericano), supone uno de los rarísimos conatos de un teatro expresa y enteramente autobiográfico (el yo, la patria, la historia, todo uno), escribiendo y montando sus obras como al hilo natural de los recuerdos, sin argumento lineal o en crescendo. Y subrayo el como porque, naturalmente, Kantor era un agudísimo hombre de teatro (judío polaco) y consiguió la espontaneidad y la libertad representativa siempre bajo su presencia, incluso física, de autor que no pierde el hilo. En cualquier caso, Kantor constituye un ejemplo casi único de memorias teatrales.
Cuando un escritor tiene vocación memorialista, recurre al libro: novela o memorias propiamente dichas, confesiones, autorretrato literario. Pues claro que hay autobiografía en el teatro de todos los tiempos, pero ejemplarmente soterraña en este género, mucho más que en la novela o la poesía. Y de aquí sale, entonces, la casi absoluta novedad y audacia de Kantor, creador de un género nuevo, las memorias teatrales: Este profundo movimiento de su alma, traducido a creación, es vanguardia, y de ese vanguardismo íntimo se deducen los otros, externos, todos los demás,que dan a sus obras la presencia y violencia de un neoexpresionismo nada gratuito ni decorativo, como ha solido serlo el alemán, ya en sus degeneraciones.
Más dolorido que Ionesco, menos didáctico que Brecht, menos metafísico, esquemático y abstracto («unamuniano», diríamos los españoles) que Beckett, y más artista que todos ellos, Kantor, con sus tres espectáculos obsesivos y repetitivos, instituyó, sí, la última vanguardia y el mejor teatro de los ochenta, que rotaba por el mundo entero (excepto Polonia, su patria, claro). Sólo el teatro bailado, y expresionista también, de la alemana Pina Bauchs, nos recuerda a Kantor.
Este autor/director partía de la memoria personal y colectiva de su país para construir una nanación escénica donde el destino trágico de Polonia (que hoy se recrudece con el vaticanista Walesa), la escuela y la familia son los tres planos con que se juega hasta 'llegar al formidable hallazgo estético y teatral de reconstruir una convencional foto de guerra con soldados de verdad, bajo el éxtasis sepia de las viejas fotografías del 14.
Por su invención del teatro memorialista, por su gloriosa abolición de las tres unidades (que todavía rigen vergonzantemente en Beckett), por su renuncia a la construcción piramidal o en suspense, por su humanización tragediante del expresionismo decorativo, por su narratividad fluida y como dispersa, por su presencia continua (pero nada insolente) en escena, que convertía toda representación en un ensayo, quitándole énfasis y convencionalismo, Kantor es vanguardista mayor que todos los clásicos de la vanguardia, y postrero. Ya nos lo dijo, personal y escénicamente: «Nunca volveré aquí».

