Viva Franco
Criticamos a Alfonso Guerra su autobeatificación, pero luego ocurre que estamos celebrando, conmemorando, recordando el año que se cumple de su salida del Gobierno, en una especie de ordalía periodística y política donde, al socaire de «la verdad» de Guerra, están saliendo nuestras verdades, como la de ese militar que ha gritado viva Franco en un lapsus freudiano. Cada vez que lapidamos a Alfonso Guerra, algo en lo oscuro de nuestras mitades interiores, en la espuma de nuestros gritos exteriores, está gritando también «Viva Franco».
Ni más ni menos. Cuando Guerra compareció en el Congreso para explicar eso que los periodistas, con un ingenio no precisamente deslumbrante, llaman el «Waterguerra», más que explicar, lo que hizo este político fue amenazar, profetizar, mediodesvelar que en España había mucha más corrupción de la que cabe en un despacho sevillano. Hoy, la Historia le come en la mano y le ha dado la razón, las razones, todas esas razones que se llaman Renfe, Filesa, Cajas de Ahorros, investigadores espontáneos de la población y más y más. De modo que Guerra no era el palabrón que entonces dijimos, sino el hombre que sabía la verdad y la sugería. Descontado todo lo que hay de cierto en la corrupción que ha crecido en torno a esta figura, descontado (quiero decir asumido) el perfil ingrato, resentido, baladrón y zahareño de este personaje, agotadas todas las justas acusaciones que se le hacen a diario, todavía queda en nosotros un excipiente de visceralismo antisocialista, de júbilo negro por la lapidación del último socialista verité que nos queda, todavía resta en lo más profundo de nuestras separaciones interiores un implícito «Viva Franco».
Quiero decir que odiando a Guerra odiamos el socialismo, que odiamos el socialismo a través de Guerra, y lo que más profundamente rechazamos en él no es el affaire ni el chiste, sino el metal último, inequívocamente socialista, del personaje. A los periódicos y la opinión, a la golden jet y los ministros de derechas, que son plurales, se les está escapando del alma, calladamente, un «Viva Franco», como a ese militar distraído del otro día. Guerra es el que agua las fiestas democapitalistas, el que llueve sobre la felicidad mansueta que llena los restaurantes, el que se mea en la kermés heroica del desarrollismo neoliberal y dioríssimo. No me gusta coincidir en nada con la derechona integrista, con el fundamentalismo del dólar/peseta, y por eso no quisiera participar en la lapidación colectiva y festiva de Alfonso Guerra, a quien estamos convirtiendo en el toro enmaromado de Tordesillas o por ahí, del que los mozos tiran por un lado y otro, hasta marearle y crucificarle como un cristo con cuernos, por la fiesta del pueblo, que es ahora, al año de la dimisión de Guerra. Hay un antisocialismo visceral, genital, telúrico, en los ataques a Guerra, que van mucho más allá de Alfonso. Me lo decía la otra noche Charo López: «Mira, Umbral, hay que perderle el miedo a volver a decir visceral». La palabra ha sido devaluada, sí, por los epilíricos, pero el antisocialismo de esta sociedad instalada, expresado a través de Guerra, es visceral.
Guerra no es ya, a estas alturas de la Liga, en los periódicos, sino el muñeco del vudú al que se pincha, quema, tortura y corta por lo que representa: el último sintagma humano del PSOE. En nuestra felicidad de crismas y próspero año nuevo no nos falta, entre los juguetes de Reyes, ni siquiera ese juguete inverso, siniestro, con el que hacer misas negras contra el socialismo residual y rampante. Guerra es el teleñeco que divierte e indigna a una sociedad que ha confundido el socialismo con el zapping y la velocidad con la nocilla. Viva Franco.

