Artículos Francisco Umbral

El humorismo


Nos enseñaron nuestros maestros verdaderos en el columnismo que el humor mejor olvidarlo. Precisamente la sutileza del columnista está en rondar la gracia, el disparate, el punto de vista largo que nunca se queda corto. Humoristas fueron los españoles hasta después de la guerra. Porque las guerras, lo que atizan es eso que llamábamos humor sin serlo, sea el tropezón, el juego de palabras, el chiste con o sin ilustración, pero siempre cosa de autor poco ilustrado. Digamos que el humor español termina en la Guerra Civil, de donde nace un humor nuevo que es el de Jardiel Poncela. Miguel Mihura, al que yo visitaba mucho en su cojera de General Pardiñas, me decía siempre: «El humorista soy yo y no ésos que salen por la televisión» (tengamos en cuenta que Mihura estaba criticando la primera televisión española, la de los primeros 60. Efectivamente, el humor es lo más lejano al chiste. El humor es un punto de vista que tiene la vida y el chiste es un sabor que tiene el café. El género chico, el sainete y todo aquel teatro fácil, barato y sin gracia, no tenía humor, pero tenía chiste, que es un humor de matrimonio para contar en la cama. El verdadero humor, el humor que a España nos trajo Julio Camba, es el humor inglés, que consiste en una gracia sosa y eficacísima, sutilísima, cuyo maestro no fue un escritor sino un político, Winston Churchill. La clave de esto es fácil: el humor es sustancialmente político y las guerras exacerban la política y dan mucho humor, pero también hay muchos chistes malos. Me contaba Dionisio Ridruejo que él, en la División Azul, muerto de hambre, de tisis y de lujuria, encontró un balde de leche reciente, al parecer. Con el egoismo de la guerra se bebió él solo casi todo el balde, hasta llegar a un final escatológico que, muy a su pesar, le nutrió, le alimentó y no diremos que le gustó. Pero cualquier otro divisionario hubiera fabricado 100 chistes con la leche y una copa de Soberano. Bueno, pues justamente ése es el humor que no es humor. El humor quizá haya que hacerlo en serio, sin gracia, en seco, pero por encima de todas las fáciles dificultades. En nuestra posguerra tuvimos un humor abundante que principia con La Codorniz y La ametralladora, para terminar con Hermano Lobo, cuando ya el humor se había disecado en pena de muerte. Actualmente hay chistosos cuya gracia es una sucesión de frases o greguerías. Las de Ramón eran geniales porque tenían mucho más humor que malhumor de posguerra. Y sobre todo porque eran más poesía que prosa. Toda la poesía, por ejemplo, que puede caber en un pareado. Pero el gran Ramón no pareaba sino que sencillamente greguerizaba. Los humoristas de La Codorniz se movieron entre la risa y la crítica hasta el último día, que fue el día en que, a su vez, nos dimos el último abrazo. Mientras tanto, traían a Ramón de Buenos Aires, muerto en su cáncer y sólo César González-Ruano, que nunca hacía chistes, hizo un chiste en aquel entierro. Hoy tenemos en la prensa muchos humoristas políticos, pero sobre todo ilustrados de manera que el público busca la gracia del dibujo más que el posible tópico de la frase.

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