La charla
Se prohíbe ahora a los periodistas e informadores parlamentarios abordar a los políticos en los pasillos de las Cortes. Más que un mero formulismo (tendentes todos a restringir y melancolizar la vida parlamentaria, como lo que el presidente dijo anteayer sobre sus problemáticas apariciones en el escaño), lo que se produce ahora, con el obligado distanciamiento político/periodista, es nada menos que la abolición de la charla.
La charla es una institución social española, una vieja costumbre de pueblo verbalizador y ribereño, aquí todo el mundo charla con el vecino, con el desconocido viajero de ascensor, con el amigo en una esquina, con los íntimos en el café y con la portera al entrar o salir de casa. Hasta el rey, este rey, como su abuelo, Alfonso XIII, charla con la gente y los fotógrafos, y este continuo charlar, echarse párrafos, teje la convivencia española y una forma de democracia natural que nos caracteriza y hace el país más habitable. Los políticos han charlado siempre de muy buena gana con los informadores, y Romanones, por ejemplo, era un gran charlista para la Prensa, con todo lo que eso humaniza y verifica la vida política.
Cuando el rey, como digo, se dirige abiertamente a nosotros los periodistas, ocurre que un diputado por Logroño va a ser más regio que el rey, va a ser un intocable para el informador o cronista de Cortes.
Me decía ayer Pastor, maestro de todos los reporteros gráficos de España, grande y brillante veterano, que con las fotos les está pasando lo mismo.
Esta abolición de la charla, tan española, supone, sí, un avance más en el proceso de faraonización de nuestra democracia, proceso que ya hemos estudiado aquí otras veces. Ya no sólo van a ser intocables y sagrados el presidente Felipe González y el. Gobierno, que amagan con desaparecer para siempre del Parlamento, sino que la estética de la desaparición se hace extensiva hasta el último diputado o portavoz. Y. saben lo que se hacen, porque en la charla es donde se dicen las mejores cosas, donde el político larga más, y, charlando/charlando, llega a confesarse con el periodista, hace sus frases más felices, libre del apresto del hemiciclo, y suelta sus confidencias más definitivas y sus noticias de primera página, aparte la relación, la dialéctica natural que se establece entre unos y otros, con la que todos salimos ganando, y mayormente la democracia.
Nuestros políticos, sí, han sido siempre muy enrollados con la prensa, y ahí, cuando nace el diálogo entre español y español, es cuando anda suelto el genio latino y socrático de la parla, la verba y la verdad final, de modo que la imposición viene de arriba, es ya dictatorial y antiparlamentaria (los pasillos también son Parlamento, el español es hombre de pasillos), pues que los actuales políticos, incluido hasta Fraga, han sido siempre accesibles, palabrones y parleros con el periodista, por instinto del país y porque saben que la Prensa los hace y deshace.
La prohibición, sí, viene de arriba y tiende a hermetizar aún más la vida política. Nos hablaron mucho de «transparencia», en paralelismo con la glasnots rusa, pero la transparencia natural española, que es la charla, se la han cargado tal que ayer con silenciosa y fría brutalidad caudillista.
Entre la faraonización de la política que está imponiendo el Gobierno y la vieja herramienta castiza y nacional de la charla, cada día perdemos una palabra en el lenguaje de la democracia. Como hemos dicho, el español es hombre de pasillos, pero ya no nos van dejando ni los pasillos para charlar, conspirar, interpelar, informar.
En los pasillos hay otro Parlamento, más fluido y natural que el de dentro. El notición sale siempre de los pasillos. Del hemiciclo sólo salen leyes. Y últimamente, muy duras.

