El fuego
Ya los cronistas de 1917, verano, lamentaban los incendios forestales en la Costa Brava. De modo que el fuego, lobo rojo y alegre de nuestros bosques, no es un conato del terrorismo al día, sino una tradición de este pueblo español y delincuente.
Se queman los pinares del señorito, los bosques del Estado o del Concejo, porque el español no está de acuerdo con España. El español, que es una gloriosa degeneración de los judíos, los moros, los cristianos, los vacceos y los celtas, quiere tierra para pastos, quiere madera para vender, terrenos para especular, ahora. La repoblación forestal que anunciaran José Antonio, Franco y Felipe González, los peores españoles la entienden así, a la inversa. Un incendio forestal no es sino una repoblación al revés. Un incendio forestal, aparte intereses obvios, es la metáfora visual de una vieja obsesión de la raza, de las mil leches y malas leches que hacen España. La piromanía, o sea. Nos gusta el fuego, desde las virginales hogueras levantinas, que rimaban con las hogueras de los pastores griegos, hasta la cremá de Valencia, las quemas de conventos en la guerra, la hoguera para herejillos, en la Plaza Mayor de Madrid, el toro con banderillas de fuego y las cabras echando chispas por el culo, que saca Paco Nieva en sus teatros. La cultura del fuego, como se dice ahora, da suelta y expresión a una inercia vieja y bizarra de los peninsulares, que es quemar cosas (y la cosa más fascinante de quemar es una persona). El fuego explica nuestra condición salvaje, autodestructiva, guerracivilista.
Nuestras guerras civiles, incluida la última, por ahora, la del 36, no son sino grandiosos incendios forestales donde se sustituye a los árboles por hombres. El fuego es la dialéctica purificadora de la derecha medieval. El fuego no lo trae la Iglesia, el fuego estaba ya aquí, pero la Iglesia lo utiliza como categoría teológica para quemar brujas y libros, libros como brujas, porque de lo que se trata es de quemar la cultura, y hasta a Don Quijote le quemaron sus pobres libros. Así las cosas, yo no creo que los lóbregos intereses personales, económicos, sean la causa primera o última de la quema, sino la necesaria autocoartada para hacer lo que de verdad nos gusta: quemar personas o cosas, que viene a ser lo mismo. El moralista se inventa coartadas morales y el economicista se inventa coartadas económicas, pero, en el fondo, se trata siempre de hacer lo que realmente nos gusta: quemar el paisaje o colgar paisanos. Todos los nacionales somos ladrones de fuego, pero más los medievales (los medievales de hoy, digo), los tridentinos, los que creen en el infierno (el infierno funciona más en el catolicismo que en el cielo, es más purificador y castigador), los que levantan la espada de fuego, que es espada de fe, contra nuestras racionales dudas de hombres revoltés. El fuego no lo ha inventado la derecha, a través de los siglos (la derecha inventa poco), pero el fuego se lo ha encontrado ahí, y cuando un negocio, un hombre, un pinar les va mal, lo prenden fuego. Cuando una política les va mal, también la prenden fuego, o sea que llaman a Milans del Bosch. La Falange inició el fuego de las pistolas cuando perdieron unas elecciones. Rompieron las urnas, que es como romper la baraja cuando se pierde.
El fuego, en España, es municipal y de derechas. Ahí están los fuegos artificiales (nada artificiales, por cierto, que han matado gente) de todos los Ayuntamientos de España. Quemar a un político en efigie es tanto como quemarle vivo, si descontamos el muerto, y en todos los pueblos del país se quema a alguien, por el Cristo. Desde Saldos Arias hasta los pinares del estío, España es una pura llama que arde en la noche del Hispasat. En Marte, donde la NASA ya sabe que hay vida inteligente, nos miran con asombro. No me importa el amarraco que quema su pinar por cobrar el seguro. Me importa el origen del fuego, metáfora católica del infierno (toda religión no es sino un sistema de metáforas). Los cronistas ingenuos del año 17 creían que esto era pasajero.

