Artículos Francisco Umbral

El show


Era inevitable. Al fin se ha pronunciado la palabra show con respecto de la boda, la boda por antonomasia. Como muy bien decía ayer este periódico, la Monarquía es espectáculo, y la Iglesia también. Monseñor Amigo, el cura que manda en Sevilla, ha estado muy puesto denunciando el show, la degeneración de la boda en algo que poco tiene que ver con la fe. Pero monseñor es ingenuo, pese a todo, ya que sólo denuncia los destrozos en la catedral, algún santo que saldrá quebrado, alguna Virgen por rastrojo. Y le ha pegado la bronca y la homilía, la homilía/bronca a Pilar Miró, a quien ya me imagino sentada en el altar mayor, con vaqueros y a lo moro, como ella hace, dirigiendo el holliday. Lo que no sabe el señor Amigo, porque no es cismundano, es que esa señorita Miró ha sido elegida porque es la mejor, pero también porque el encargo es así como oficial, o sea gubernamental. Lo dije aquí el otro día: esta boda le viene muy bien al Gobierno y a Felipe González. Es, como dice Mingote, el primer suceso del que no tenemos que avergonzarnos.Esta boda real es una pausa de lujo y azul cristina que el Gobierno le pone a la política, al país, a la historia, para que la gran movida del escándalo, la devaluación y el halcón laosiano se vaya sedimentando, que esto tiene más película que el halcón maltés. Me contaba un día el rey Juan Carlos, recién anunciada la boda, que, ante su deseo de hacer una cosa sobria, en alguna radio le habían llamado «tacañete». Y Juan Carlos reía. ¿Quién ha cambiado, pues, el designio de este acontecimiento, pasando del rey tacañete (prudente, diría yo) a la boda de los Reyes Católicos, que se casaron en mi Valladolid, palacio de Vivero, hoy juzgados, con gran circunstancia y monumento? Uno diría que la razón de Estado. El otro día cité aquí al autor que dijo que detrás de toda razón de Estado se esconde un crimen. Y el crimen no es precisamente de los Borbones. La razón de Estado es evidente que aconsejaba en este momento hacer un gran bodón, una cosa que asombre y perplejice al mundo, que pasee por España a todas las grandezas y heráldicas del planeta (los emperadores japoneses se han abstenido, muy dignos, por las víctimas del terremoto, como aquí podían haberse abstenido por las víctimas del terremoto del paro y la ley laboral). ¿Para qué más terremoto que el señor Cuevas, que acojona él solo al extenso proletariat nacional? Monseñor Amigo, puro como son los hombres de la Iglesia, se queja de que la boda haya degenerado en un show, cuando nunca, desde el principio, fue otra cosa que un show. Mayormente desde el momento en que él, el monse, cedió la catedral de Sevilla, la Giralda árabe y cristiana y pagano/andalusí, para casar a un chico y una chica. Como bien dice el editorialista de EL MUNDO, magnífico e incógnito, si hubieran querido sencillez se habrían casado en una ermita pirenaica cualquier martes por la tarde. Lo que realmente hubiera sido poético, y no esta fanfarria visual de azures y oros rampantes, aunque la Miró va a hacer de todo ello, dado su talento, un cruce de Sissí emperatriz y Visconti. La razón de Estado, insisto, aconsejaba cinemascope e eatsmancolor, porque no está la Magdalena social para tafetanes, y entonces es cuando hay que echarle más tafetanes a la Magdalena. Esto es lo que abuela Luisa definía como «a mal Cristo, mucha sangre». Y, volviendo a Haro Tecglen y su diccionario (del que hablaré, repito), si la entropía existe, todo este polvo de estrellas no es sino la entropía ¿de quién? No de los Borbones ni de la democracia del pueblo, sino de Felipe González, que se hace soluble en el Estado, como el Estado en el Acontecimiento. O sea.

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