Panorama desde Miller
Conocí a Arthur Miller hace muy pocos años en una casa elegante de las afueras de Madrid. Durante toda su vida fue ese tipo de intelectual norteamericano que sin duda había figurado en su juventud como campeón de béisbol o alguna otra de esas tonterías con que en Estados Unidos los hombres cuidan su raza, su lámina personal, su larga salud. Hablamos poco, lo suficientemente poco como para no tener tiempo de preguntarle por la señora Miller, o sea Doña Marilyn, que llevaba mucho tiempo muerta, abrazada al nembutal como un amante de droguería. Miller era simpático y hablador. Hubiese quedado muy bien como Premio Nobel. No sé por qué no se lo dieron. En la reunión que organizamos en el jardín, aunque hacía viento, yo miraba sus manos grandes y laboriosas, aquella cabeza quizá un poco judía, aquella cabeza que había besado la mujer más hermosa del siglo XX, casi impersonal en su hermosura, porque la perfección no tiene personalidad ni documentos. Fue un matrimonio para los periódicos porque ambos eran noticia todos los días. Miller ha muerto sin haber estado enfermo, ha muerto de salud, porque la salud también se muere y no es una garantía de nada. Miller, con O'Neill, Williams y algún otro, formaban el núcleo duro y teatral de la generación perdida. Los demás, bien conocidos, apenas se estudian en España. Si hubiera que comparar a Miller con algún autor español, diríamos que está entre el realismo poético de Buero Vallejo y el minimalismo propio del arte norteamericano, especialmente del teatro de Broadway. La obra más famosa de Arthur Miller es Muerte de un viajante.Ni siquiera Después de la caída ha conseguido tanta divulgación mundial. En Después de la caída (y después del matrimonio y la separación), el mito y el icono de MM es tan fuerte para el público que su marido, AM, no puede tener otro papel que el de culpable.Tenía que haber contado con que los públicos del mundo iban a estar siempre de parte de ella. Muerte de un viajante es un retrato perfecto, puntual y realísimo de la familia media norteamericana, sometida entre la exigencia controladora de los bancos y el puritanismo oficial, sólo oficial, de la familia. Otros títulos memorables de Miller son Recuerdo de dos lunes, Panorama desde el puente, Todos eran mis hijos, etcétera. El matrimonio con Marilyn parece sorpresivo, pero era casi inevitable.Los dos eran famosos, poderosos, felices, y estaban solos. A ella le fascinaba un hombre protector, pedagógico y maduro. Lo dijo una vez en una entrevista: -Arthur es tan intelectual... De modo que se enamoró de él por intelectual mientras que él, quizá, tenía ya su propia gloria y no pudo soportar sobre eso la gloria de la rubia. Aparte de esa gloria teatral, Miller fue sin duda el más interesante y aleccionador de los hombres que hubo en la vida de Marilyn, incluido el presidente Kennedy. El intelectual americano no es sombrío e introvertido como el intelectual europeo, sino abierto, triunfador, comunicativo, aventurero y un poco cinematográfico, como Norman Mailer, Ernest Hemingway, Henry Miller, John Updike, etcétera. El teatro americano, después del minimalismo, está un poco muerto, sólo se mantiene gracias a los musicales de Broadway. Yo creo que Arthur Miller ya no escribía. Recuerdo aquella tarde de viento, aquel jardín elegante, amigos como Raphael, todos en torno a la simpatía de ese tipo de americano que no envejece. Se ha muerto de salud, ya digo.

