Pascualillo
Este periódico acaba de reeditar la famosa novela de CJC La familia de Pascual Duarte. Cela nace escritor cuando descubre que puede escribir de las cosas que le rodean, grandes y pequeñas, antiguas y actuales, viejas y nuevas, y que eso es ya literatura. Me parece que se ha tratado poco o nada este punto de vista husserliano en la obra de Cela, quien sin duda ensayó muchos caminos mentalmente, incluso el surrealismo, antes de ponerse a escribir con voluntad profesional. Así, su primera novela, el famosísimo Pascual Duarte, es una novela visual, táctil, donde los objetos y las personas están unos cerquísima de otros. Cela empieza hablando de niños, de cerdos, de escopetas, de mujeres, de perros muertos, de mulas malditas, de mujeres malparidas, todo un pueblo, todo un mundo estrecho y atroz que el novelista da directamente, esto es, al margen de cualquier meditación o consecuencia mental sobre el asunto y el paisaje. Aunque se trata de una novela escrita en primera persona, al protagonista no se le escapa ninguna reflexión, no se le desliza hacia las páginas ninguna trascendencia de juicio o glosa. Las ideas de Pascual Duarte son elementales, directas, inmediatas, referidas a lo que está haciendo y ni siquiera a lo que va a hacer. Es decir, que Pascualillo resulta tratado también como una cosa, y así todos los personajes. Por otro camino que el citado Husserl, este tratamiento objetual de las personas viene del Barroco español y no otra cosa es que manera barroca de ver y pintar el mundo, con los resultados grandiosos que todavía disfrutamos. Cela ha dejado siempre el beneficio del pensamiento puro para sus ensayos, prólogos, estudios, erudiciones, etc. Aquí se ve lo novelista que es, no deslizándose jamás hacia especulaciones que es el lector quien debe hacerlas. En libros como Oficio de tinieblas o El asesinato del perdedor, Cela, muy avanzada ya su obra, se entrega a veces a la reflexión, al hilo de lo que está contando, o sustituyendo el relato con tales reflexiones. Pero incluso el pensamiento literario o filosófico de Cela es tan plástico y movedizo que seguimos dentro de su territorio cuando leemos un ensayo de su pluma. Pascualillo era un mozo de poco numen, pero en La colmena hay ya cientos de personajes, y todos van, vienen, hacen muchas cosas, reflexionan a su manera pero nunca incurren en el pensar filosófico o literario, por donde asomaría su truco el autor, como asoman otros. Así, podríamos ir viendo en cada libro de Cela el amor a las personas y las cosas, todo lo que él puede transmitirnos a través de una cristalería de café o los zapatos viejos de una mujer. Pero donde mejor se aprecia esta concepción tectónica del mundo que tiene el autor es en sus libros de viajes, cuando los personajes quedan aún más cosificados por la brevedad de su actuación mientras que el universo de las cosas, la naturaleza, se despliega con cadencia y variedad para la mirada del viajero, que sabe nombrar el primer vuelo del primer pájaro, la última flor de la sigilosa noche, el color de la mañana y el naufragio irremediable de todas las estatuas del crepúsculo en el río del pueblo.

