Artículos Francisco Umbral

Los otros matrimonios


Izquierda Unida presenta al Congreso el primer proyecto de ley para matrimonios homosexuales. El texto, auspiciado por lesbianas y gays, modifica tres artículos del Código Civil. Esta movida progre nos parece muy oportuna, ya que viene a darle a la libertad pactada toda su dimensión de libertad libre. La libertad es o no es, pero no admite restricciones. Una ves que se ha apostado por la libertad no vale condicionarla. Se trata, en realidad, de formalismos para quedar bien con unos y con otros. El Gobierno no puede dejar que se le desflequen sus mayorías, decepcionadas, por cumplir con unas minorías que son vanguardia, pero rentan menos. La libertad no está para engañar o distraer al personal. Es el botellón en mitad de la calle y todo el mundo tiene derecho a probarla. La libertad condicional yo creo que ya no se usa ni en las cárceles. Uno sólo cree en la libertad sin condiciones, porque ser libre es ser un hombre o una mujer, librado a sí mismo, al que no se le pueden sujetar las alas con esposas. El que se ha elegido homosexual, el que se ha elegido gay, la que se ha elegido lesbiana, hace una apuesta muy fuerte con su vida, y hay que tomársela en serio. Cosa no muy diferente ocurre con las apuestas políticas. Sólo es respetable el hombre que, equivocado o no, sostiene su opción política mediante la conducta, la coherencia y el peligro. El Congreso, con todas sus ventajas, tiene el inconveniente, en cualquier Gobierno, de que convierte las cuestiones en un educado minué de opinión. Al Congreso, más que a corroborarse, va uno a lucirse. El torero, realmente, no sale a matar un toro, sino que se conformaría con cortar una oreja. ¿Por qué le dan el toro entero? De igual manera, al que sólo quiere cortarle un artículo al Código Civil, le colocan todo el Código por delante, como un cuerpo muerto y sangrante. Lo único que quiere la izquierda de Chueca es recortar una cláusula, pero pretenden que se despache la res completa. Son astucias de los políticos y los revisteros, pero ese paso adelante de que ahora se trata -la libertad sin restricciones para «los otros»- tenemos que darlo nosotros, el Tercer Milenio: adopción de niños, y otras cuestiones todavía indefinidas, lamentablemente, como las pensiones, etc. Si una política liberal se mete en la aventura de la libertad, tiene que empezar sabiendo que la libertad en porciones no es libertad. Estas pequeñas o grandes diferencias que se plantean parlamentariamente, una vez resueltas se incorporan a la vida común de la calle, al procomún de los días, y no pasa nada. Entonces comprendemos que, según frase de Adolfo Suárez, «estamos haciendo realidad lo que ya es realidad en la calle». El Gobierno sabe de sobra todas estas cosas y no vamos a explicarle rudimentos, pero parte del electorado necesita tiempo y buenos alimentos para ir pasando estas verdades. Lo que ayer era pecado mañana es costumbre, incluso costumbrismo, como costumbrismo es ya en Madrid. Hay muchas razones para auspiciar las leyes liberales y «libertinas» que suscitan los grupos forzadamente marginales, pero sobre todo está la razón de que la cosa es irremediable, realísima, y sólo viene a hacer más natural la naturaleza.

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