El poder irónico
El poder terrorista es siempre o casi siempre un poder irónico por cuanto derrota con la honda infantil de David la grandeza de Goliat. El terrorismo, fenómeno de nuestro tiempo, ha sustituido a las grandes guerras. Antes se guerreaba de Imperio a Imperio y dijo Nietzsche que las montañas se comunican por las cumbres. Pero ya no hay más que una montaña, que es el Poder global, y las minorías nacionalistas, religiosas, belicosas o fanáticas se justifican haciendo una guerra mínima, unipersonal, el tiro en la nuca, el avión secuestrado, el kamikaze u hombre/proyectil. El efecto no siempre es grave, pero siempre es irónico. El Poder no queda gravemente herido, pero sí un poco en ridículo, como esos millonarios de antaño que iban perdiendo la calderilla en las viñetas humorísticas. En plena globalización, el último recurso que le queda al débil es el de la ironía, pues se trata más de denunciar un gigante o un exceso que de acabar con ellos, empresa imposible. Los etarras, cuando queman una bandera española en la plaza de Vitoria o en otra, no están quemando España, como quizá quisieran pero están minimizando el símbolo español y dejando su águila heráldica en un pájaro frito. Esto es lo que funciona ya en Estados Unidos después de la catástrofe. La prepotencia de Bush se refugia en un búnker cuando nada menos que el Pentágono arde como un pañuelo. El Poder se alimenta de símbolos y la blanca simetría del Pentágono era un símbolo máximo del poderío militar americano. Casi nunca había generales allí dentro, y esto hace aún más gratuita la destrucción del Pentágono, donde puede que estuviera Fukuyama, en su despacho, elaborando más pensamiento único. El contraste entre el poderío militar americano y la fácil destrucción de su emblema es la contradicción de donde nace la ironía. Los terroristas, que dice Aznar que son iguales en todas partes, no parecen unos tipos con mucho sentido del humor. Desacreditan al enemigo como un chiste de periódico desacredita a un Banco: con un rasguño. No vamos a decir que lo de Manhattan sea humorístico, pero sí que al terrorismo no le queda más que el humor involuntario para hacerse fuerte. Esperemos la respuesta de Estados Unidos a los culpables para saber que el efecto humorístico desaparece en cuanto se desembalan los misiles. No habrá una Tercera Guerra Mundial porque no hay enemigo, pero el gag del avión estrellándose contra el rascacielos nos parece haberlo visto ya hasta en el cine mudo, y si le quitamos la sangre no deja de dar risa por lo elemental. El terrorismo internacional está haciendo humor con los Poderes que no puede abolir, como esa gran movida de funcionarios que no saben adónde van en mangas de camisa y necesitarán, para enterarse, ver la cosa en la televisión y saber qué es realmente lo que ellos han protagonizado. La catástrofe ha proporcionado a miles de funcionarios en huida esos cinco minutos de gloria que Andy Warhol reivindicaba para todo hombre corriente.

