Artículos Francisco Umbral

Culis Monumentabilus


El Culis Monumentabilus irrumpe en una plaza vetusta de Oviedo con algo de heroína picassiana y algo también de falo/falúa por la eslora del petrefacto, que tiene 4 metros de alto y pesa una tonelada de acero. Es como una irrupción recentísima y poderosa en la temperatura gris de la ciudad, en el color lluvia que pintó Clarín y en la paz sombría de los magistrales de la catedral. Todo el mundo de La Regenta invadido, asustado, penetrado por un desnudo del pintor asturiano Urculo, sobre cuyos culos artísticos tengo escrito más de un ensayo. En vano escribió Clarín su novela, levantó su ciudad de lluvia, consagró una moral burguesa e hipócrita. El culis de Urculo viene a abolirlo todo mediante la juventud del acero y la belleza de la mujer. La obra es encargo del Ayuntamiento de la ciudad y se ha instalado ante el teatro Campoamor, el de las grandes solemnidades, las grandes óperas y los premios Príncipe de Asturias. La poderosa levedad de Urculo ha conseguido que su moderno grito haga juego con el gótico de la catedral y el novecentismo del teatro, pero ahí está ese culo liberado y esbelto, dentro de la esbeltez de lo mayúsculo, denunciando el culo nunca visto, el culo de mal asiento de la señora Ozores que tanto juego dio entre magistrales y donjuanes. Es el optimismo de la libertad contra la mentira y el fingimiento de aquel mundo de niebla y moralina. La oposición, naturalmente, se ha pronunciado contra el culis. Como son socialistas no han alegado causas de moralidad sino de autoplagio, que es la querella cultural que está de moda. Dicen que Urculo tiene instalado otro culis igual en Barcelona. Pero, según el poeta, todos los culis son el mismo culis y todas las rosas son la misma rosa. El de Barcelona sólo mide 2 metros y los concejales del PSOE confunden esta vez la personalidad de un artista con una vulgar repetición. Los culos femeninos en general no admiten más que tres distinciones: grande, pequeño y de becaria. Esta irrupción de Urculo en Oviedo es algo así como lo de las Torres de Manhattan, sólo que todo lo contrario. Una irrupción creadora y sugeridora que disipa las caligrafías de la lluvia, el canto de los canónigos y el bisbiseo de las beatas. Asturias ya ha logrado larga universalidad con sus famosos Premios, y ahora logra plena modernidad con el culis de Oviedo. Nada blasfemo por otra parte. Ahí está la estudianta de Picasso en Nueva York, el «Peine de los vientos», de Chillida, en San Sebastián, las gordas de Botero en Madrid, etc. Esta derecha eficaz y faltona está haciendo cosas que no se hubiera atrevido a hacer la izquierda socialista, como suprimir la mili o meter un gran culis en el recinto sagrado, literario y eterno de Clarín, que también quiso levantar un culis de denuncia en la ciudad, pero se paró a medio refajo. Luego ha venido un economista, Tamames, a enmendarle moralmente. Hablo con Urculo y parece satisfecho de su culis y muy tranquilo respecto de la querella, aunque él es un asturiano tranquilo que no suele buscar querellas, sino que en sus frescos y repetidos culis suele manifestarse la paz. Los talibanes mitrados del Principado ya tienen donde orar. O, subiéndose la faldumenta, donde orinar.

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