Artículos Francisco Umbral

El Prado flotante


El señor Todolí, futuro director de la Tate Modern, aboga por el Reina Sofía como referente cultural de España y ha dicho que «tener un buque insignia como el Prado, que flota sobre el pasado, es un error». Es uno de los nombres más influyentes del arte internacional. Su frase sobre el Museo del Prado es tan retórica como esnob. Según eso del Prado flotante, también serían buques fantasma la Gallery de Londres, el Louvre de París y algunos otros santuarios o catedrales pictóricas de Europa. Eso de que el Prado es un buque insignia nos parece un tópico, y en cuanto a que el museo flota sobre el pasado, es una metáfora medianeja y construida, pero completamente errónea. El Prado no flota sobre el pasado sino que es punto de encuentro de todos los mares y ríos de la cultura, una catedral pictórica por la que hay que pasar antes o después para conocer en profundidad el presente de Europa, que no es sino consecuencia de un pasado abrumador, pobladísimo y plural. El Louvre es más frío que el Prado, y no hablemos de Londres. De vuelta de esos museos que atrapan el tiempo y el espacio de las Europas, uno ha vuelto siempre al refugio numeroso y cálido del Prado, donde, afortunadamente, nadie ha conseguido nunca poner orden definitivo, ya que es un museo donde los cuadros parecen cambiar de sitio todos los días. El Prado hay que verlo como lo vio Gómez de la Serna, de noche y a la luz de un farol, y no por artificio sino porque esa visión corresponde a la mayor realidad intrarrealista de nuestra basílica pagana. El Prado tiene menos disciplina que el Louvre y que la National Gallery, menos pesantez que el Ermitage ruso, pero la clave del Prado no me la dio ni siquiera el maestro D'Ors, sino una pasotilla de la movida madrileña, esa movida que ahora se cierra tardíamente con la muerte de su más pura víctima, Carlos Berlanga. Decía la pasotilla que el Prado hay que verlo con el colocón puesto, y, de hecho, ella iba allí bien fumada y así me llevó una tarde, mayormente para entrar en el inframundo del Bosco, aunque, con un petardo de has, todo el Prado se vuelve Bosco y todo el Bosco se vuelve Prado. Es el nuestro un museo donde al atardecer entra el sol por algunas ventanas, ese sol de Goya, pero de un Goya enfermo, llovido y amarilleante. Digamos, por decirlo fácilmente, que el Prado es un museo vivido e incluso malvivido, y las tres famosas horas me las he pasado yo allí, tres veces tres, con el libro de don Eugenio en la mano, para aprender a escribir, porque uno escribe con imágenes, como los primitivos, más que con lexicones. No vamos a hacer catálogo ni valoración del Prado, sino a dejar dicho que este museo tiene temperatura de taller, porque los otros son más antiguos o más modernos. Los antiguos parecen iglesias y los modernos parecen boutiques, así la Tate Gallery de Londres, donde tanto he convivido con los ángeles de William Blake. El Prado no es un buque fantasma ni un buque insignia, aunque lo diga don Vicente Todolí, sino el museo más vivo del mundo, que está bien como está y más vale que no lo toquen mucho los decoradores de actualidad. Es una herejía decir que el Prado flota, pues se trata del museo más raigal y asentado de todos. Todo él es un éxtasis de realidad y después de habérselo tragado sólo encontraremos realidad mayor y nutritiva en un mesón de la Cava, o sea Lucio.

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