El muro de Bonn
Los alemanes del euro han sustituido el muro de Berlín por el muro de Bonn. Aquél no servía para entrar y éste no sirve para salir. Quiero decir que el señor Jospin, francés, revolucionario, socialista y triunfador, se ha dado de cara con el muro de Bonn, que está empedrado de marcos fuertes y que es como el pecho amplio, vigoroso y violento del señor Kohl. A Jospin le han dicho que nascis a lo de las normas de empleo y reducción del paro en Europa. Nascis de rien de rian, o sea en francés para que lo entienda. Y el señor Jospin, último bastión del socialismo europeo, ha aceptado que le dejen para septiembre, que le suspendan en socialismo, porque le han hablado de una reunión o un comité allá para el otoño, y cuando todo lo que se decide sobre una cosa es formar un comité, la cosa se hace soluble en el comité y ya hay más gente con sueldo y dietas, pero la cosa desaparece para siempre y nunca más se supo. Los alemanes sujetaban el muro de Berlín de este lado y los rusos sujetaban del otro lado. El muro cayó cuando se pusieron de acuerdo y dejaron de empujar al mismo tiempo. Pero los alemanes tienen ya el vicio del muro, donde hacían sus pintadas y sus necesidades, y ahora han levantado el muro económico de Bonn. Del lado de allá empujan los socialistas y los parados, 18 millones de parados empujando, pero del lado de acá empujan Kohl y el Buba y Aznar y otros bastiones de la derecha occidental y de las JONS. Lo cual que Kohl está en plan canciller de hierro y Chirac hace mariconaditas francesas con las manos y los labios, pero Jospin se ha vuelto con la sonrisa helada de quienes se topan por primera vez con la realidad de la Historia, que es una realidad muda y definitiva. En Francia todavía se pueden montar garatas en plan 68 o Revolución o Diderot, porque Francia es muy literaria y lee su propia historia como literatura (Saint-Simon, Michelet), pero en Alemania, después de tomarse un bock con salchicha a las doce del mediodía por los relojes unánimes de Baviera, todo el país se pone firmes y le aseguro a usted que «acojonan», como decía el pobre Luis Escobar, acojonan. La Alemania se dispone por tercera vez en el siglo a ponerse al mando de Europa, pero esta guerra va a ser financiera y ya la están ganando, con el fervor sandio de los aznarines y los solanas, mientras los nórdicos, que tienen memoria histórica, se lo piensan dos veces, y los suizos guardan sus vacas de los huevos de oro, por si las flais, y los mediterráneos, o sea Italia, se aplican la dieta de su nombre, chulean el turismo, venden automóviles y slips y relegan el entierro de Romano Mussolini, el pianista de los pianos de hierro y las manos de guante fascista, a las páginas de la prensa lila, que no en vano el melómano estuvo casado con una hermana de Sofía Loren o algo así, y eso le convierte en carne muerta de paparazzi. El socialismo francés, que ha entrado muy puesto, nos sirve de contraste y de test para comprender que Maastricht es una cervecería de millonarios del acero que juegan a los dardos contra la cabeza de Mitterrand o de Jospin, el que les pongan, da igual, o sea la odiada y codiciada Francia, con su sprit y su finesse pascaliana. En esa cervecería, Aznar y Solana están de macarrillas sureños para irles a por tabaco a los grandes. Maestro Lyotard, la última «gran narrativa» de Occidente, la Europa unida, se desvanece sola mientras el muro de Bonn coge cuerpo y el marco fuerte está hecho un hombre. Lo del euro no era más que cursiva y literatura.

