Sueño y mentira de Franco
Gran floración de ojos en la cabeza, dramática floración de lenguas en la boca, la ternura redonda protegiendo a un niño dormido o muerto, los ojos estrellados de otros niños, esa barbilla al cielo, acusadora, que agudiza los cuellos femeninos de Picasso, un manojo de senos y de niños huyendo de la casa de las llamas. Picasso. Nos lo transmite mi querido Carlos Fresneda desde Nueva York. 1937/1945, dos guerras que fueron la misma, la sangre negra de Picasso en el Guggenheim de aquella ciudad. Quizá Picasso pintó la guerra por los periódicos, él no quería ser un mártir de nada, pero nos ha dejado el testimonio numeroso, en blanco y negro, todo luto, del gran estampido fascista, primero en España y luego en el corazón de Europa. Picasso, hombre de su tiempo. El tiempo, obra de Picasso en el siglo XX, todo dibujado con la crispación, el borrón, la energía, la rectificación, la violencia y la distorsión a que el artista somete su arte cuando quiere reproducir o crear el drama humano, el crimen largo de la especie, la fiesta negra del fascismo. No hay referencias concretas, salvo algunos títulos, como las había en Goya y en los pintores de Historia, pero es que Picasso está diseñando la condición última y sangrienta del hombre, que se hizo mortalmente locuaz en la apoteosis europea de los nazifascismos. Lo peor de estos cuadros es que tienen actualidad. Las guerras de ahora mismo, los bombardeos de la OTAN, las rencillas interiores de los países sin ley, todo esto queda bien ilustrado por Picasso con sus obras de entonces. Cuando se pinta una constante humana, vale para siempre. Nuestra Guerra Civil tiene el lóbrego privilegio de haber quedado como la guerra. El fascismo no es un fenómeno histórico, sino una constante de la Humanidad y una componente del hombre. Se nace fascista o pacifista como se nace bizco o simpático. Claro que el fascista también se hace, mayormente, pues que el fascismo, como doctrina, no supone sino la exaltación del mediocre, el dotar de personalidad y destino a los individuos y las masas que nunca habían pensado salir de esa masificación. El fascismo herboriza resentimientos. El fascismo, «sueño y mentira de Franco», tiene una mitad de paz y otra de guerra. La guerra como motor de la Historia, como «única salud del mundo» (Marinetti), es la invocación de los ritos tribales, de la sangre primitiva, del odio africano que no nació precisamente en Africa. Es la vuelta a la tribu como simplificación de la política y justificación de la muerte. En aquellos años, Picasso pinta lo que está pasando, pero Picasso es profundo y pinta asimismo lo que ha pasado siempre, la sangre y el fuego como grandes candelabros a cuya luz final transcurre la Historia. Y como la Historia es irónica, ahora cuelga los horrores de Picasso en un gran museo, los disfruta exquisitamente, los sentimentaliza. Fruir el horror es haberlo superado, y en esta superación hay un algo de cinismo. Somos tan exquisitos, tan superiores, estamos tan lejos de aquello. No es verdad. En el mundo late la guerra. Picasso, más que un testimonio, nos dejó un aviso.

