Artículos Francisco Umbral

El poeta


Y José Hierro trajo la música. Después de aquella catástrofe -¿humanitaria?- del 36/39, unos trajeron herramientas, otros trajeron la Historia, como un piano desgonzado, un zapato de don Antonio, una metáfora de García Lorca, un billetero de Cernuda, quien nunca tuvo billetes, unos versos de Pedro Salinas encontrados en un sombrero. Y José Hierro trajo la música. La música no sonaba aquí desde Rubén Darío, abolida por la fabulosa imaginería del 27, pero Pepe era el que había salvado la música, y en su música verbal estaban las herramientas, un pedazo de Historia, el peor, el zapato de don Antonio Machado, todo. Estaban y están. El tiene una conferencia donde lo explica todo muy bien, él está aljamiado de arabismos que no se ven ni se oyen, soleado de Juan Ramón Jiménez, musicado por Rubén. El lo ha hecho todo, del surrealismo al socialrealismo, pero sobre todo ha hecho José Hierro, o sea autobiografía. Autobiografía más cantada que contada. Las obras completas del nuevo académico pueden leerse como una novela. JH no se ha parado en un éxtasis del mundo, sino que ha dicho el mar como cofre de los hombres, la guerra como destino, «somos mala gente que pasa cantando por los campos», la cárcel como un entero jardín de grifos al alba, su quinta del 42, los españoles que se mueren transterrados, «cuando caía un español se mutilaba el universo», reportajes y alucinaciones, surrealismo propio, y la música de la música, Bach o el hombre Bach, creando un espacio por donde pasa y pisa el poeta despacio, como pisando muerto devotamente, paseándose por el muerto mientras le oye al piano. Un gran músico, para JH, es una catedral visitable a cualquier hora, una sucesión de espacios por los que perderse en las ingencias que va abriendo la música, siempre que haya una taberna cerca. La música, su único lujo, lujo de pobre, como madre o hija de esta otra música, la de su verso, que es una sabia monotonía o un contenido, creciente y vibrante deseo de cantar. No «un acordeón tocado por un ángel», como glosara d'Ors a Bécquer, sino, quizá, un ángel pulsado por unas manos obreras, por unas manos femeninas, por unas manos maltratadas o que maltratan: de todo ha habido en la poesía y en la vida de José Hierro. Guardó veinte años de silencio, o así, desde los primeros sesenta, dejando ya ahí un lema calderoniano y un libro: «Tuve amor y tengo honor. /Esto es cuanto sé de mí». Y luego el Libro de las alucinaciones, apoteosis y asunción de todas las imaginaciones contenidas en el luto de la posguerra. Era una especie de despedida que le despidió veinte años, ya digo, y los amigos decían: «Pepe no se falsea, si no escribe es porque no tiene nada que decir». Se daba por supuesto que le sobraba oficio para seguir hilvanando eneasílabos, pero eso es justamente lo que él no quería: vivir del oficio, hombre de mil oficios. Académico de mutuo acuerdo con la Academia, ahora, no por conspiración sino por inspiración mutua. La madurez humana es el otoño de las reconciliaciones, y el que no sabe reconciliarse de viejo es como un árbol que no supiera dar flores de otoño. Pepe, otro milagro de la primavera. Ustedes me entienden.

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