Viernes 12 . ME dice Raúl del Pozo que una ciudad con palmeras es un decorado, refiriéndose a Sevilla, pero esta frase lograda e injusta, la ha acuñado después de vivir a tope, en un fiacre, la noche sevillí, aunque dejándose en el cuerpo los pecados que Flaubert imaginaba/realizaba dentro de los fiacres. Ay, Raúl, del que va del mundo a alguna parte y no encuentra una rubia en el camino. Ni morena, tío, aunque vimos pasar a Jesús Quintero con un tractor lleno de chicas guapas. Jesús es que trabaja su propio terreno y en el terreno de uno siempre se caza mejor, lo que yo te diga, Raúl, amor, y esa novela se la repartes de tampax a tu serrallo, si es que te queda serrallo y no lo has cambiado por un campo de golf. Ymelda Navajo se rubrica de bellezas oscuras en la noche de la fiesta, con ropa negra y un maquillaje remoreno que acentúa en ella el enigma sentimental y el otro, que en este caso era el literario. Ana Gabín tiene algo de Ana Gaviota y Carmen Rigalt enamora a unos cuantos amigos que no la conocían más que de firma: - Pues decídselo a ella, coño, que yo no soy su agente artístico. Del otro lado Fernando Vizcaíno-Casas hace el crucigrama de La Vanguardia (todos los días del año), que es el más difícil de la prensa, y lo saca. Lo que no me gusta son los playeros/señor serio que lleva, iguales a unos que tiene Haro Tecglen, y que por fortuna no ha traído. Se ve que el mal gusto masculino se reparte por igual a izquierda/derecha. En cambio Rosa Mora, muy inteligente y rápida, de El País, me dice en mi suite: - ¿Y tú por qué tienes tan buen gusto para los colores? - Porque no soy más que un esteta, Rosa. Estamos en Sevilla, sí, una punta de escritores y periodistas madriles malheridos, y ya he besado la mano a Soledad Becerril y estrechado la de Chaves, que me saluda con una simpatía seria de primera autoridad, y a Lara junior, viejo lobo, y a su bella morena que ahora va de rubia. Torcuato Luca de Tena con su dandismo de caballero solitario, de hidalgo entre plebeyos de la información. Gironella, viejo y legendario, homenajeado como un daguerrotipo que se borra en la memoria joven de la prensa. - Ahora gano cuatro mil pesetas con un libro y antes ganaba cuatro millones. El citado Haro y su Concha me llevan a radios madrugueras donde Fernando Delgado ejerce su conocida voz que sigue España. Para la cena, Eduardo se había puesto un traje negro de chaleco, o sea un terno, prodigio de elegancia y luto que sólo es pesimismo literario. Quizás he conseguido rescatarle de la guardarropía. Cándido y Aida como recién llegados de Ibiza, con un bronceado loewe y una amistad urgente de gente que viaja mucho. Máximo y Pili. Cierta dama me dice que siempre le ha gustado mucho Máximo. También ellas me cuentan a mí sus pecados. ¿Tendrá uno algo de confesor sádico, aplaciente y mundano? Ya se me confiesan hasta los homosexuales. Miguel García-Posada, con Graciela y Catalina, como es de Sevilla nos lleva a pie a los Reales Alcázares tardando mucho más de lo necesario, porque lo que quiere -santa intención- es que vivamos el anochecer cálido y táctil, como un cuerpo, de esta ciudad que dilapida sol de día y ahorra bombillas de noche, se me ha olvidado decírselo, hombre, a la ilustre alcaldesa. Terenci Moix, el amigo entusiasta, el lector ávido, el hombre que me habla siempre de lo mío como si fuese su autor de cabecera. Hace crónica sentimental de los amigos, comenta los libros con lucidez apremiante y canta copla española con Vizcaíno-Casas. Terenci se sabe mejor las letras, pero Fernando tiene más voz. Podrían hacer un dúo dinámico con sus dos Españas. Fernando Sánchez-Dragó es un amigo leal y real, un duro muy tierno y un novelista otra vez en gestación. Lourdes Ortiz siempre en escritora francesa, y tan cordial y sutil. El barrio de Santa Cruz, como ese decorado que dice Raúl, sólo que vivo, confidencia oscura tras de la cal blanca, y la palabra roja de un geranio como la metáfora de un beso en el silencio pobladísimo de las plazas sonámbulas y herméticas. Fernando Quiñones, Antoñito López, Benítez Reyes, Antonio Burgos, toda la Andalucía literaria en un espesor de perfume y palabras que es como la primera borrachera de la noche, la que paga la casa. Me dice Burgos que él ya no hace novela y que en los toros sí que hay un lenguaje. Queda elegante con sus trajes viejos, que ahora vuelve a usar porque ha adelgazado mucho. Nunca imaginaré a Antoñito con un niki. Reales Alcázares, tertulias en la sombra, cena bajo los tapices, historias de Pedro el Cruel que se hacen mitología entre el ciprés y la sangre del poniente. A mi izquierda Haro, a mi derecha García-Posada. Consigo preocuparles con un gin-tonic y un valium. Toman mi corazón como un reloj de tapadera y esperan preocupados a que se pare. España me organiza flores y la espuerta de cal ya prevenida. No comprenden que estoy haciendo un juego con los papparazzi, que se ponen a cien detrás de mí como si yo fuera Diana o el moro. Adonde voy yo va la electricidad, esta noche, pero la electricidad hay que cuidarla y no como en las calles de Sevilla, querida alcaldesa. Cuando ya entra la noche voy a pilas. José Manuel Lara Hernández, por la mañana, bruñido en plata, irónico e icónico, me dice: - Y tú a escribir y menos tomar copas en el Palace. Fina mano confidencial que desliza en la mía. Allá queda el Sur con sus caballos y su catedral, que no es la de los calendarios. Con sus poetas atardecidos y sus mujeres que no me ha dado tiempo a ver, ay. Con su tiempo encantado que sólo es una gran quietud atareada de lereles, pasiones y endecasílabos. En Sevilla, que ya se me olvidaba, me han dado un premio literario.

